29 de septiembre de 2008

Carmensita.

Al susodicho lo ví el viernes tocando quitarra en sensual pose que, combinada con el vino de guinda y el rock de los setenta, me provocaron algo así como una apoplejía imaginaria que curiosamente desbordaba imágenes de escenas eróticas a velocidad vertiginosa. Lo ví, de nuevo, al día siguiente, y esta vez hice como si nada y le fui a hablar.
Fue ameno, me sentí media jote pero siempre buena embajadora de mi persona. No pude evitar encontrarlo algo pastelito, pero su perfección anatómica obviaba cualquier defecto de personalidad. Conversamos unos diez minutos y llegó uno de sus amigos a pedirle un cigarro, él se lo dió y se excusó para ir al baño, dejándome a mí y al recién llegado hablando nimiedades.

Y resulta que el adonis no volvió. Se fue a revisar no sé que cosa, y yo cada vez más desesperada al ver cómo la mirada de mi nuevo interlocutor cambiaba de enfoque y empezaba a considerame en un plano digamos más allá del casual.
Me llegó a mí el turno de excusarme, y me fui a compartir la derrota con un amigo. Al decirle "Parece que no estaba ni ahí" me dijo "¿Porqué? ¿Se fue al baño o algo?" me sentí reverendamente estúpida. Comprendí de un sólo golpe una estrategia masculina que para no herir recurre a una salida quizá algo cobarde y que me molestó más de lo que quise admitir. Me sentí arrastrada, patética, fea, tonta y con cero profundidad. Miré una vez más al fruto de mi lujuria y el medidor de patetismo me subió tres grados, volví la vista rápidamente y recité mentalmente todo mi salmo coprolálico a ese metro ochenta de sex appeal y ojos claros.
Después putié a la primavera un poco, me terminé de un trago la cerveza y me evaporé del lugar.

Yeneréishon écs.

"Todo el mundo tiene un «extraño fundamental» en su vida, Andy, un extraño que sin quererlo ejerce un raro poder sobre uno. A lo mejor es el chico con los pantalones vaqueros cortados que te siega el césped, o la mujer que te registra el libro en la biblioteca... un extraño que si vuelves a casa y encuentras que te ha dejado un mensaje en el contestador automático que dice: «Déjalo todo. Te quiero. Ven conmigo a Florida», te irías con él."
Me encanta ese libro.

29 de agosto de 2008

Sólo para mí.

Esta soy yo, prostituyéndome de una manera deliciosa. Qué tanto que ya no sea la misma que hace cuatro meses, no es tampoco que esté irreconocible. Y ya, ahora puedo soltarme el pelo y jugar a que viene el verano, como si me gustara toda esa parafernalia de cuerpos exhibiéndose y jugos de frutas naturales con hielo picado, porque ahora soy otra, una puta, una puta producto de la sobreexposición a trabajos mentales prolongados que me han dejado el cerebro del tamaño de una pasita del Valle de Elqui.
Ya me veo a mí, en esa calle sin bifurcaciones ni letreros, con los anteojos de sol cuneta y el brazo afuera como taxista, pero de copiloto, imitando la típica escena de libertad adolescente hollywoodesca de sacar la mano por la ventana y hacerla subir y bajar por las olas de aire. Y la velocidad que entra por la ventana y desordena el pelo pero no la sonrisa, y menos la juventud, los pies apoyados en el tablero con algodones entre los dedos para que no se corra el esmalte y en la radio una canción antigua cuya letra se recuerda a medida que suena.
Yo quise transformarme en esta idea de mí misma, y si me cambia la actitud es porque no tengo el presupuesto para renovar el vestuario. Por ahora me conformo con la lycra imaginaria y la red que enfunda las piernas, parada en mi propia y utópica esquina, esperando a ese auto, justo ése auto, que bajará el vidrio y hará que esta profesión se vuelva lucrativa.
Pero ojo, que aquí por la falta de sinapsis y el exceso de literatura, se me ha pegado lo metafórico y lo de no limpiar lo devuelto con toalla nova, y es por eso que ahora dejo expuesto este lado b de un análisis interno muy extenso y que no necesariamente algo tiene que ver con el mercadeo sexual.
Finalmente, reconocer que lo mío no es más que una proyección mental que de absurda tiene tanto como a mí me falta el estoicismo. Seguiré leyendome esos libritos de bolsillo con las posiciones y comiéndome un sandwich, haciendo hora en Baquedano y jurándome que la dieta la empiezo mañana y que en un mes más estaré rica e irreconocible como me creo ahora. Pero bueno, de algún lado tengo que partir, y si no parto apenas yo quiera es porque siempre he pensado que esto de la prostitución necesita del proxeneta. Es que no soy buena en matemáticas y me dejo convencer con facilidad.

1 de agosto de 2008

Cosquilla.

Era tan lindo cuando salíamos al balcón y hacíamos que nos gustaba ver el atardecer cuando a ninguno de los dos nos gustaba el sol. Esperábamos que dentro la fiesta se encendiera como sólo lo hacen en las noches de verano y entonces yo me arrimaba tí alegando que me daba frío la brisa tibia de las diez y media. Me mirabas y yo contaba las entrellas en tus ojos sintiéndome hermosamente cliché, sin saber qué decirte. Veía cómo la sal se te pegaba en el pelo y hacía como que tu mano en mi hombro echaba allí raíces y nos quedábamos ahí en el balcón coordinando nuestra respiración, hasta que alguien llegaba con una cerveza en la mano y con tono alegre le comentaba a la comitiva que lo pudiese haber seguido que nuestra amistad era envidiable.
Eso fue el verano pasado y a mi tus ramas se me quedaron enredadas en el pelo. No me las saco porque las manos se me pusieron rígidas cuando las crucé a la espalda de tu nueva polola, cuando la abracé como a una hermana.

19 de julio de 2008

Catcher

Resulta que estoy total y completamente enamorada. Con él me acuesto cada vez que puedo sin temor a que nos oigan e ignorando los anticonceptivos, total, que el embarazo no me importa y él ya es muy viejo para embarazar a nadie.
Algunos especulan que él ya ha muerto pero a mí la lujuria no me la quitan con sus recortes de diario y discusiones de foro en internet. Porque a pesar de los cuatro años que lo vengo conociendo y todavia no sé nada de él, me encanta, me revuelve todo cada vez que cuento las cicatrices en su pecho y las ojeras de panda que luce en cada imagen. Trato en vano de acercarme a su mente como me sé capaz de acercar a su cuerpo y por eso inspecciono todo lo posible para leer lo mismo que a él le gusta, para entrar en esa tormenta tan artística y trillada que ya es propia del medio en el que el y yo estamos inmersos.
La diferencia es que sé de hecho que él desapareció hace más de trece años, pero eso no evita que me visite cada vez que lo evoco y que yo desee conversar con él para que me encuentre inteligente, para decirle que yo estoy enamorada y que él no es otra de mis obsesiones pasajeras como a los dieciséis fueron los huesos. No, yo quiero que sepa que haré lo posible por ayudarlo, pero que no quiero cambiar quien es, porque me gusta esa oscuridad y sufrimiento propios de su persona. Además, a mi me gusta el tormento que exuda por cada poro y queda más que perfecto en mi historia como aquel a quien amé devotamente pero que no fui capaz de ayudar, y que aun a pesar de mi presencia constante terminó desapareciendo y dejando su auto a un costado del camino.
Me gusta pensar que podré pavonear las lágrimas que por él voy a llorar así como las sendas de rímel que bajarán por mi cara por su culpa, de su profundidad mental, sus oscuros comentarios sobre el existencialismo que me susurrará todas las noches que yo quiera al oído luego de que hayamos hecho el amor.

After Eight

Exquisito dolor es aquel que se disfruta. El que se anhela: el que inspira.
Desafortunado es el que siempre se siente.
Cuando viendo fotos ajenas, escuchando inspiraciones líricas ajenas, sintiendo como dos manos ajenas se juntan,
se sufre.

26 de junio de 2008

Edwards

No me toleran mucho. Lo más triste de todo es que la gente que se acerca a mí lo hace por interés, por su imagen; algo así como para que los demás digan que por hablar conmigo tiene que ser una persona muy cuerda o muy buena. Algo de ese estilo. Que si son capaces de sostener una conversación conmigo por más de minuto y medio sin que se les note incómodos es porque son terriblemente empáticos, porque saben como comunicarse hasta con los más desvalidos, los más cagados de la cabeza, como yo.
Pero esas conversaciones triviales y siempre comentadas no duran mucho. Ya sea porque pierden el interés luego de un rato o se sienten perturbados, la mayoría de las veces se contentan con palmearame en la espalda deseandome una mejora en mi día o una mirada de lástima, de conocer más el mundo, de haber sido capaces de llegar a la adultez bien parados, de conmiseración. Y aunque me dan asco no les digo nada y los dejo esparcir mi fama, que cuenten lo sombrío que soy, lo increible que es que aun siga vivo con lo negro que lo veo todo. Que no son capaces de comprenderme, pero que igual soy "buena onda". Eso, y una mierda.
Por dentro quizás se alegran de no ser yo. Se contentan por ser capaces de disfrutar de una pizza entre amigos, de concentrarse para estudiar, que no comprenden cómo alguien puede ser tan inteligente pero estar tan atormentado, y se alegran del futuro orden de sus vidas, de las promesas de futuros éxitos, de vidas con pocos sobresaltos y anécdotas de cóctel.
Y yo voy a ser una de esas anécdotas: el loco que estudiaba con ellos en su "oh tan buena universidad" pero que claramente tenía trastornos de personalidad o psicológicos, que teía temas no resueltos con mis padres, un guevón desplazado que no conversaba con nadie. Obvio, después de su introducción exagerada de detalles sobre lo sombría de mi persona, procederían a narrar como hazaña épica esa tarde en que, apiadándose del leproso, le tendieron una mano y bajaron su magna mirada ante sus ojos suplicantes, y le preguntaron cual cura confesor "y a tí, hijo mío ¿qué te aproblema?" De cómo asinitieron ante mis cavilaciones, mientras se daban cuenta que las miradas se giraban hacia ellos y los murmullos comenzaban, cómo sonreían sutilmente para hacerse los que escuchaban pero realmente guardaban mis comentarios más extraños, para reproducirlos una y mil veces despues con la presición de un reloj suizo.
Y mientras ellos tras sus camarones y copas de champaña de segunda clase brinden en mi memoria con su sonrisita hipócria, yo, años antes, estaré lamentándome de sus patéticas y poco emocionantes situaciones, agradeciéndole a los cortes en mis muslos y mis brazos, las imágenes grotescas en mi cabeza y las uñas en las costillas, pensando que si bien soy más anecdótico de lo que quiero asumir, al menos puedo decir que yo viví realmente, que yo he visto el lado oscuro y que camino todos los días por aquellas calles en las que ellos ni sueñan en pisar. Y que yo me saqué el velo de los ojos y estoy ya tan acostumbrado a mi realidad que soy capaz de expresarla en tono monocorde y como si me importara poco más que una mosca, cuando por dentro me regodeo de su asco e interés ambiguos que mi persona les provoca.
Si al fin y al cabo no quiero que me dejen solo. Hasta yo me doy cuenta que lo que quiero es llamar la atención. Pero me justifico de interesante y verdadero conocedor de la vida, acato mi manera de pensar como verdadera, cruda, sin disfraces, en vez de considerar que verdaderamte puedo estar enfermo. Me siento lúcido por unos instantes y pienso en dejar de llamar la atención de esta manera, pero la verdad es que no quiero.
Si lo que verdaderamente le gusta a la gente común es el morbo. Las costras, el pus, las heridas ajenas. El dolor ajeno. Y yo se los doy.
Una relación emisor-receptor perfecta, actual. Bien acorde a los tiempos.

16 de junio de 2008

Sunburn

Como cuando para hipnotizarte te piden que pienses en aquel momento en que fuiste más feliz y hubieses deseado morir para llevarte contigo ese recuerdo perfecto, yo siempre escojo el mismo momento una y otra vez.
Es una pieza, pero el entorno no es el que importa.
Es una cama. Una tarde de primavera, con la ventana abierta hacia el atardecer cálido de los primeros días de Octubre y que contra mi espalda hacían llegar los rayos del sol. Pero la verdad es que de esto yo no veía nada porque tenía ante mis ojos mi propia sombra proyectada en la piel suave de un cuello en aquel entonces amado, mientras por la nariz me dejaba drogar por su olor y sólo entreabría los labios para no darle un beso. Me hacía la dormida, me acuerdo, y creo haber cerrado los ojos para dejar que sólo la luz entrara por los párpados, y me sentía el corazón palpitar en las orejas.Por todas partes me llegaba algo, y todavía soy capaz de sentir mi pierna izquierda entre otro par, mi brazo bajo su cintura y el otro sobre su pecho, todo inmóvil porque todo calzaba perfecto. No soy capaz de describir mis latidos irregulares, que creo se saltaba bombeos por la pura felicidad. Podría haber muerto. Ojalá hubiese muerto.En ése momento no tenía idea de traiciones, de esconderle cosas a mis papás, de preguntarme una y otra vez lo que estaba haciendo, si estaba bien sólo porque así se sentía. Me acuerdo que omitiamos el hecho que por uno de los lados había un compromiso, y que eso hacía de nuestro abrazo algo aun más especial.Porque nadie podía saberlo, o nos odiarían apenas supieran.
Y ahí termina. Cuando escuchamos a su mamá subir la escalera, y tuvimos que desprendernos del segundo útero con tanto dolor como la primera vez. Yo me senté en la cama con aire indifernte, mientras su madre tocaba la puerta de la pieza y nos preguntaba cómo estábamos.
De ahí no sé que pasó. No me acuerdo qué hicimos después, pero de lo que estoy segura es que ni siquiera intentamos abrazarnos nuevamente. No sería lo mismo y tampoco deseabamos tratar, porque ya lo sabíamos; se había terminado.Pero aun tengo su olor dulce en la nariz, el que a pesar de los años sigo reconociendo como su perfume cuando alguien se cruza por la calle. Tengo el sol tatuado en la espalda y las piernas siempre tibias entre las suyas, y la certeza que tengo para coleccionar uno de los momentos más hermosos de mi vida que sólo el olvido involuntario me puede arrebatar.

19 de mayo de 2008

Arrebato

El vagón comenzó a temblar. Las luces a nuestros costados se apagaban y prendían erráticas, denunciando el pulso moribundo del tren, vibrándonos en la piel el apocalipsis.
Sentada en el suelo en un extremo del vagón sentí como sus entrañas entre las ruedas comenzaban a arder, sacando un chirrido agudo de los rieles que sucumbían bajo el paso del armazón de metal y todos a quienes contenía. Comenzaron los gritos de los desconocidos, búsqueda frenética de miradas cómplices en el caos, invocaciones celestiales, nombres de amantes pasados.
Las luces se apagaron y las bocas se deformaron en su brillar anaranjado, una visión del infierno para todos aquellos que creían no merecerlo. Volvieron a prenderse titilando recuperando en nosotros una momentánea paz, hasta que vimos cómo el suelo comenzaba a resquebrajarse y derretirse por el calor, los gritos cada vez más agudos.
Volví desesperada la cabeza a la derecha. Sentada junto a mí se mantenía impasible una joven con audífonos, mirando hacia el frente como si lo que estuviera presenciando no fuera más que un montón de sucesiones icónicas de su banda sonora personal; los acordes finales de su película.
Y en tres segundos, mientras el agujero de acero hirviente se abría a lo largo del vagón, los extraños se abrazaban, se ponían en posición fetal, se cubrían los ojos y callaban, yo la tomé por la barbilla, la giré hacia mi cara, y la besé.

20 de abril de 2008

Veneno

Tengo miedo por el tiempo en el que voy a dejar de verte sonreír. Sé que no habrá nada en mis manos y que probablemente no querrás ver a nadie.
Voy a abrazarte en mi mente todos los días si es que no deseas que te toque.
Voy a llorar cuando no me veas para que pienses que soy fuerte, para sujetarte mientras caes y sigues cayendo y yo no tenga más que hacer que callar y estar.
Odiaré al mundo como tu lo harás. Te querré como tu extrañarás. Recibiré tus insultos, tus golpes, tus gritos de dolor.
Estaré para ti aunque no quieras.
Y ojalá un día veamos salir juntas el sol.

5 de abril de 2008

Diez cosas.

Es una noche amena pero un tanto extraña. Tengo la pizza devolviéndose por mi garganta y en la espalda un dolor punzante que nadie toma en cuenta por culpa de mi hipocodría.
En las ventanas de internet un libro de 500 páginas para el lunes, un trabajo de 11 para el martes y una fiesta de una muy buena amiga mía a la cual le deben estar cantando el cumpleaños feliz en este mismo momento.
Y es extraño, pero entre el momento familiar de hora y media del que acabo de salir, el casi llanto con una película que no se supone lo provoque y una llamada por teléfono a alguien a quien debería haber ido a ver, me dí cuenta de lo mucho que me hace falta reir.

Como esa canción de Postal Service, siento que no me río desde Enero, de las seis tardes con mis amigas respirando el aire salino de la playa y riéndonos tomadas del brazo por las calles nocturnas de Viña. Hace tiempo no me río como corresponde, pero no significa que me sienta miserable o que ahora sea algo así como una desadaptada social, no. Sólo que el pensamiento me azotó la cabeza cuando abrí el libro que no merece ser leído con apresuramiento y el stress de un trabajo a la vuelta de la esquina y que aún no está ni esbozado se me apoyó en los hombros.
Me hace falta esa carcajada ebria, joven, lúcida en su propia inocencia por haber brotado muy rápido. Esas que no se planean ni se buscan cuando se va a un lugar en el que se sabe uno la va a pasar bien. Quiero de esas que te toman por sorpresa y nos dejan llorando y sin aliento aferrados de algún hombro amigo.
No sé. Simplemente me di cuenta, y extraño esa risa sobremanera.
Pero nada que hacer, ya que no la puedo ir a buscar.

(Muchos adjetivos, me dijeron, pero no puedo corregirme en este momento de verborrea pura. Nada que hacer)

23 de marzo de 2008

Sometimes

La cosa es así:
Tocándose la nuca, busque una pequeña protuberancia. Luego de un rato rascándosela con cuidado, será capaz de tomar su dignidad por uno de los extremos. Hálela y guárdela dentro de un bolsillo bien cosido, para que no se le caiga completamente. Después, tome su celular, conéctese a messenger o escriba un carta. Durante todo este rato, mantenga presionada su dignidad para que no vuelva a su lugar o se caiga al piso. Es necesario mantenerla tranquila, así que si lo considera necesario puede tranquilizarla con algunas palabras convincentes, aunque en la mayoría de los casos suenen un poco falsas.

Posteriormente y luego de escritas las palabras correspondientes, con mucho cuidado tome nuevamente su dignidad desde el bolsillo, y presionándola entre en pulgar y el índice, déjela colgar de manera que esté a punto de rozar el suelo. Sólo en ese momento, le será posible enviar el mensaje, carta u oración que haya escrito en aquel momento de impulsividad.
Una vez enviado, y sin dejar de presionarla fuerte, introduzca nuevamente su dignidad por la protuberancia antes descrita. Una vez allí, comenzará a producirle un picor extraño, que se trasladará a la boca del estómago y le producirá una sensación de incomodidad un tanto particular, que irá cesando paulatinamente, siempre y cuando no recuerde con mucha intensidad las palabras enviadas, ya que puede hacer que su dignidad se sacuda un poco y le produzca espasmos breves en las extremidades o en los hombros, acompañados de una exlamación en general despectiva hacia usted mismo.
La resolución del proceso no radicará luego en su dignidad, pero será directamente proporcional a la distancia a la que usted la mantuvo del piso. Los resultados pueden variar en los extremos de aceptación o rechazo, y lamentablemente no se aceptan ni devoluciones o intercambios de dignidades.
Ante cualquier duda, consulte al fabricante, a pesar que éste no será capaz de responder ante los posibles daños o complicaciones producidos por el proceso descrito anteriormente.
La recomendación principal luego del proceso y que coincide en la mayoría de los casos de consultas, es simplemente A P E C H U G U E.

18 de marzo de 2008

Ámonfayer

L: esto de tener pics de fertilidad es como el pico
A: 'pal hoyo
A: literalmente
L: ojalá.

1 de marzo de 2008

Smoke gets in your eyes.

Algo en mí me dijo que no lo hiciera, pero me gusta actuar bajo los impulsos.
Un fruto de mi impulso, entonces. Pero sin leer entre líneas.

Engañémonos un momento y sintámonos amigos, casi hermanos.
Mirémonos con risa, palmeemonos en la espalda con cada chiste o frase ingeniosa, presentémonos mutuamente a amigos que consideramos dignos del otro.
Cuando nos pregunten por separado la relación que mantenemos, mostremos abiertamente la sonrisa y expresemos cómo nos queremos y confiamos, de lo felices que estamos que cada uno tenga su pareja y que todos sepan comprender el tipo de amistad que supimos desarrollar.
Riámonos de deslices y cosas pasadas, de titubeos, hagámonos los idiotas.
Seamos capaces de mirarnos a los ojos sin un rastro de lujuria, no dejemos que el alcohol nos nuble la mente y deje libres las manos para adelantarse en la mesa, los zapatos olvidados en el suelo.
Recordémonos lo pendejos que éramos y lo ilusionados que estábamos, cada uno por su lado.
Mandémonos cartas, pongámonos sobrenombres, escojámonos de antemano como los padrinos de los respectivos hijos.
Callemos los celos con frases capaces de convencer al diablo, mostremos libertad en los abrazos, hablemos correctamente y toquemos temas que no nos atrevemos a conversar con nadie más.
Seamos capaces de desnudar sólo el alma, brindemos por la amistad, cantemos sin vergüenza y recordemos los programas de la tele que veíamos cuando éramos chicos.
Sólo por un minuto, sigámonos mintiendo como tan bien lo hacemos, terminemos las frases del otro, no nos sorprendamos de lo bien que nos conocemos.
Suicidémonos un poco.

23 de febrero de 2008

Malos hábitos.

Algunos se pasan el día buscando guaridas de ratones. Otros que escuchan música y que les gusta dibujar escuchando a los Beatles. Un seminarista que trata de aprenderse el libro del apocalipsis. Unas que se agarran grasa inexistente frente al espejo y en un papel suman las calorías de los chicles sin azúcar y la lechuga de la cena para hacer abdominales después.
Jóvenes emprendedores que no pueden parar de jugar juegos de video mientras sienten a su espalda el trabajo a medio hacer y que a las cuatro de la mañana empezarán a considerar. Uno que espera que alguien se conecte a messenger para salir a tomar algo.
Otra que revisa algún capítulo de alguna serie gringa que aún no ha visto, mientras abre un chocolate con una mano y con la otra se sirve coca cola.
La que se come las uñas. El que se mete el dedo en la nariz. Los que se rebanan un brazo o muslo con un pedazo de vidrio roto preguntándose donde quedó su infancia.
Los que se meten los dedos en la garganta. Las que abren, solas, una segunda botella.
También están los que se quedaron pegados al asiento y la pantalla, tratando de terminar ese informe, esa investigación. Dormir puede esperar.
Y las que escriben y enumeran cuando no tienen nada que decir.

21 de enero de 2008

The awful truth

Dos vodkas en un estómago vacío y soy tuya.

13 de enero de 2008

8:42

Llevaba un vestido un poco demasiado corto pra su edad. De color azul con rayas oscuras, la tela se fruncía entremedio de sus piernas ya no tan lozanas, dejando a la vista un sector quizá muy cercano a su intimidad. El pelo suelto y alborotado, simulando el peinado de revolcón, le caía hasta los hombros en mechas de distintos tonos de rubio.Se echó un chal blanco a los hombros, en horrible disonancia con el vestido, y se miró al espejo orgullosa. El maquillaje, para ella, estaba perfecto. Ojos oscuros y labios fucsias que, a su parecer, invitaban a besar con pasión. Una capa de base y grumos de rímel en las pestañas, y se sentía de veinticinco de nuevo, sin darse cuenta cómo en la pista de baile su perfecto maquillaje cedería bajo el sudor y la opresión de las arrugas en la comisura de sus delgados labios rosas trizaría la tersura de su nueva cara. Dando una mirada completa a su cuerpo, se alegró de la edad que creía aparentar. Sí, era esbelta, pero su delgadez expuesta por los plieges del vestido eran mas gotescos que sensuales. La tela no se le ceñía a la cintura como ella hubiese querido, pero se conformaba con la exposición de sus piernas que definitivamente esta noche le conseguirían pareja.
Taconenado por el pasillo de su departamento, ensayó un contoneo de caderas que levantara el vestido de manera sutil y que permitieran a los futuros espectadores una fugaz mirada del encaje rojo que adornaba a si entrepierna. Se sintió irresistible.
Tomó las llaves del plato de peltre al lado de la puerta y las guardó en su cartera con cuidado de no arruinar sus uñas. Con una última mirada al espejo y un alborotamiento rápido de su pelo, se miró contenta y se dijo a sí misma que hoy, si bien no encontraba el amor de su vida, si quizás tendría una buena dosis de coqueteo y porqué no, quizá el beso húmedo de un extraño.
Y con un último mohín de autosuficiencia, abrió la puerta y se dirigió con confianza y autoestima elevadísima, a encontrarse con el taxi que la esperaba en la puerta del edificio y que la llevaría al matrimonio donde, tomando una coca cola light en lata esperaría con un cigarro en la mano frente a la puerta de la iglesia, esperando entrever la armadura de su príncipe azul, inconsiente de la imaginación de una prejuiciosa joven que enfundada en un vestido negro la miraba desde el otro lado de la entrada, y se contaba una historia mental que no podía esperar a escribir.

10 de diciembre de 2007

All Blues

Se puede decir que tengo distintas obsesiones.
Me molesta que los cajones y las puertas estén semi abiertos o abiertos cuando no corresponde. Me molestan los ruidos que hacen las tapas de los lápices y los pies de las personas hiperquinéticas cuando chocan contra la pata de un banco. Me molesta que la gente escuche música en el celular cuando voy en la micro, o que abra y coma cualquier tipo de cosa cuando están sentados al lado mío. Me molestan las manchas de comida en la cara de la gente y soy incapaz de concentrarme hasta que o les digo que las tienen o se dan cuenta ellos solos. No me gustan los besos ruidosos ni los sonidos al masticar (y qué decir de mascar chicle con la boca abierta...), y mucho menos que la gente se coma las uñas o se coma los cueritos con exagerados y babosos ruidos.
Si, se me puede llamar histérica. Loca, tal vez.
Pero yo misma me sorprendo a veces de mis reacciones, de mis fallecimientos leves cuando algo me pilla de sorpresa o me acuerdo de algo se supone debía olvidar.
La cosa es que me molesto, me enojo y me harto muy facilmente. Y cuando digo muy, me refiero a MUY.

Ahora, toda esa verborrea viene a un punto que simplemente olvidé por el afán de apretar las teclas mientras escucho jazz. La verdad es que esos pensamientos se fueron cayendo a las manos por una razón en específico, que describiré solo como "comportamiento psicópata" que no pienso detallar para no comprometerme. Eso es lo que pasa: estoy hecha una psicópata. Una buscadora en internet, espía en locomoción colectiva, una norteameicana de los 50 preparándose para la bomba atómica con una cantidad estúpida de arvejas en conserva y pizzas congeladas. Estoy atrincherándome contra un enemigo en aprticular con tal que no me tome desprevenida.
Y para eso, la investigación es necesaria. Y me he descubierto a mi misma dilucidando información desde diversas (y no siempre fieles) fuentes. Estoy jugando a la espía y no tengo siquiera binoculares.

Así es como me he convertido en obsesa y no en estratega. Un estratega no se deja atrapar, no se fuma un cigarro mientras camina vestida de negro bajo unos 34 grados de calor sólo porque algo la tomó por sorpresa. No se avreguenza de teclear y buscar en algunas páginas claves ciertas respuestas para sus interrogantes porque no pueda creer que haya caído tan bajo, que se haya metamorfoseado en serpiente maquivélica sin saberlo. No.
No se da cuenta que las obsesiones la consumen, la llenan y la excusan.
Y una obsesa tiene presente, siempre y a cada minuto, lo dcepcionada que está de ella misma, lo trágica que encuentra su sitación y lo nada que puede hacer para revertirla. Se da cuenta que es adicta a algo y que no puede controlar lo que haga por mucho que se averguenze de ello.
Y eso soy ahora. Una obsesiva, histérica, compulsiva y maniática adicta.
Para decirlo en chileno: UNA LOCA DE MIERDA.

23 de octubre de 2007

Me asustas

Sentí ácido en la

boca y tengo los

ojos rojos. Quince

minutos de

autodestrucción, y

lo tengo claro.

Pero el dolor de

estómago y la

garganta rasposa

no me molestan.



(Que quede claro que esto no es poesía vanguardista. Es sólo una manera de transcribir directamente de cómo fue en el papel.)

1 de octubre de 2007

Checkmarks

Tú nunca fuiste para mí más que un nombre en un papel, un ticket en una lista. (Es que tengo que acordarme de lo que hago para mi examen cada seis meses con mi ginecólogo)
Al lado de tu nombre puse tres estrellitas. El máximo, eso sí, es de cinco. O sea, bien, pero no sorprendente. Justo como tu personalidad: normal, pero no espectacular. Igual, también, que tu conversación, tu ropa, tus ideas y tus cambios de ánimo. Nada del otro mundo, nada que me afecte mucho al conocer o al dejar.
Diré que fuiste un interludio agradable, un tiempo de espera de comerciales en la cual la mayoría de la gente se para a rellenar su vaso o para ir al baño. Yo, en cambio, decidí variar mi rutina y ver qué pasaba en aquellos cinco minutos de propaganda contigo en vez de comer papafritas.
¿Alguna vez voy a arrepentirme de lo que hice? No, no creo. Es que sin mentirte, no lo pasé mal. Pero tampoco bien. Tampoco me enamoré de ti, pero no me diste lo mismo.
Es que contigo nunca fue blanco y negro, nunca fue ni cima ni depresión en el gráfico, nunca fue ni sol ni nieve.
Es que contigo, todo fue mas bien gris.