5 de noviembre de 2010

Just ain't fair.

Y todavía.
Nada para mí.

Me equivoqué de buffet, parece.
O tengo mala técnica.
Confundí catar con bulimia, y ahora se me intensificó el reflejo.
Me sube cuando miro otra comida.
(De ahí que no pruebe otras cosas.)
Y me acerque a platos que creo saber lo que son (la intuición), pero nunca he pasado de las migas. La cremita de los bordes.
De ahí la conciencia en culpa y el abandono. Una nunca sabe como algo distinto va a engordarla. Y llega otra, toma el pastel entero, se lo lleva, y lo come lentamente. Y yo la veo disfrutarlo.
Y me digo: "Mierda, podría habermelo comido yo".
Y me consuelo: "Pero hay mas cosas en el menú".

(Pero hasta ahora no he querido comerme ninguna, porque temo que me toque algo amargo. Temo que me toque una textura viscosa. Temo que se disuelva muy rapido. Temo que. Temo que.)

Temo acercarme a la mesa, y del ímpetu, botar el plato al suelo. Por tomarlo con la mano y sonrisa falsa, en vez del tenedor entre dos dedos. De nuevo.
Por gula.
Temo que.

23 de septiembre de 2010

I only apologized to you to make you feel better.

Se despierta con las manos cruzadas sobre el pecho, los hombros congelados, la espalda hecha trizas.
El sol se vislumbra entre el polvo que nunca se asienta porque ella camina todo el día, y los pequeños destellos de oro que caen diagonalmente desde la ventana le hacen compañía mientras ahonda un surco, imaginario, entre cada vértice de su pieza. De la cabecera al pie derecho de la cama, de ahí al izquierdo, desde éste a la esquina izquierda, cruza la pared frente a la puerta a la otra esquina, evita los muebles, llega a la otra pared, la cruza, llega hasta su cama, y repite.
Y la respiración que le sale entre alfileres de los pulmones. Se sujeta el esternón con una mano mientras con la otra se agarra el costado con su dolor punzante del cansancio, pero aun así no se detiene y los pasos se le suceden con maníaco ritmo, uno detrás de otro.
La interrumpen con el almuerzo. Se sienta con las piernas cruzadas en el centro de la pieza, nunca en el escritorio, sobre la silla, no. Observa la bandeja un par de segundos y analiza el orden rutinario de los componentes. Nada trae su valor nutricional, pero ella ve los números explotando desde cada plato: doscientas treinta y cinco, más dos diez, el postre unas ciento cincuenta y el agua nunca sale invicta porque sospecha que le echan algo, así que mínimo cien. Y tiene que tragársela porque llega el almuerzo con las pastillas y ella tiene que abrir la boca, levantar la lengua, con los dedos como gancho abrirse las mejillas y dejar que violen con la mirada su boca.
Poco y nada. Y una hora después se llevan la bandeja y ella camina con el estómago rugiéndole por culpa del agua que le rompe el equilibrio, pero se detiene en una esquina para dejar asentarse al polvo bajo el sol. Escarba la pintura con las uñas, contándole secretos a la pared, cuentos para niños e historias de los insectos qe se le metían bajo la piel y que ella sacaba como fuera, a cuchillazos, con los dientes.
Se sube entonces la bata y le muestra los caminos de la soledad tatuados en sus piernas con recta crueldad, su incomprensión cicatrizada en líneas que se escribieron unas encimas de otras, cada vez menos vacilantes en su ruta y final alteración en su piel. Se pasa los dedos entre los muslos, abre las piernas, cierra el puño y se golpea, para mantener morados los círculos, ahora que no tiene ni uñas, ni papel, y los dientes se le pudrieron.
Después descansa con la mirada en el techo, la cabeza encajándosele en la esquina, y se imagina un día de verano a contraluz.

18 de julio de 2010

Disturbia.

Una monja de mi colegio me dijo una vez, quizá pensando que me estaba haciendo un favor, que yo no era una señorita, o que no me veía como tal. Y que, por ende, no le gustaría a nadie si no comenzaba a parecer una. Dos cosas me pasaron luego de este incidente: lo primero, que apenas se fue me puse a llorar. Lo segundo, que cambié los bototos que usaba en el colegio por unos zapatitos que todas mis compañeras usaban.
No deja de parecerme curioso, sin embargo, la amonestación de la que fui fruto. Encuentro una muy dulce y cómica ironía que justamente, la mujer que decidió criticar mi falta de femeneidad y sus posibles consecuencias, es la misma que escogió casarse con su amigo imaginario.
Digo no más.

22 de junio de 2010

She moves in her own way.

Es la época en que las ventanas gotean desde sus marcos sólo cuando se las mira. Las hojas ya no crujen cuando las pisas, así que ahí el cliché se epieza a romper un poco. Además, uno siempre se abriga mucho o muy poco, así que la fantasía del día de sol de invierno con temperatura perfecta bajo una bufanda pero sin guantes nunca se cumple. Y se rompe un poquito más. Ah, y sin compañía, ese guaterito humano perfecto para cucharear mirando al cielo gris tras el vidrio sobre la cama, ese tipo paliducho pero sonriente que tolera salir a caminar con doce grados, lentito, de la mano. Y crack final, se nos rompió la cinta y no hay cantidad de hipocresía que la una.
En verdad, de la película de Julio lo único que está es la lluvia. Y una posando con un codo apoyado en el marco de la ventana mientras la mano sujeta la mejilla, la mirada melancólica perdida a una distancia que demuestre ensoñación pero no introspección. Eso, y el frizz incontrolable, el chaleco que nunca es de lana con pelitos y suave como alfombra recién comprada. El café queda amargo o dulce, y si no quema la punta de la lengua con malévola intensidad entonces está aguachento o helado.
Pero honestamente, es la época en que la gente está de lo más abrazable. Las capas de ropa los convierte en peluches (y dejémoslo ahí no más, porque esa gente se pone suceptible cuando se le mencionan otro tipo de capas que comienzan a recubrirlas en invierno), y están blanditos, calientitos. Siempre y cuando se dejen abrazar. Ahí comienza a resquebrajarse la sonrisa de nuevo, volvimos al punto de la soledad.
Pero, ¿la verdad? No hay porqué estar abrazando con intenciones libidinosas, jalándose casi el pelo del ajeno hasta marerase en su olor que (obviamente, no puede ser de otra forma en la película invernal) se nos va a quedar pegado en la nariz hasta el momento de ir a acostarse queriendo mandarle el doceavo mensaje del día. No hay necesidad de hacerlo.
Porque a mis amigos le gustan mis abrazos también.

26 de mayo de 2010

He's got looks that books take pages to tell.

Para tí, Vale. Por la micro conversación de hoy, que catapultó este mínimo texto.
Por leerme siempre, por estar ahí, y por ser.
Te quiero, a tí, y a tus ovejas.
***

Manzana harinosa, eso eres.

No voy a recurrir al cliché de la podrida, porque no aplica: a ésas se le nota de lejos lo amargo, lo machucado, el gusano que les viaja por dentro y les pudrió las carnes. Una aprende de vista a alejarse de tales manzanitas que ni sonriendo se les disimula la mancha café y sucia que es su mente, y basta que cuando chica me hayan dicho que ésas no se comen y punto.
No, para nada, tu eres esa manzana que promete, brillando verdecita, tentándome a que te masque hasta hacerme sangrar las encías del entusiasmo casi cinematográfico de probarte. Ese tipo de manzanas engaña hasta al veterano agricultor, porque ni presionándolas con los dedos se evidencia la blandura decepcionante y el sabor venido a menos. No tenía cómo conocer tu naturaleza, aunque igual no dejo de culparme por el hambre ávido que me provocaste.
Es que te veías resplandeciente, frente a mí, mi primera y deliciosa manzana, que debe haber sido tan rica de masticar con todos los dientes posibles. Si hasta ganas de inventarme muelas observándote. Quizás fue la espera o quizás nunca lo supe, pero tantos años de querer comerte me pasaron la cuenta y llegado el momento de acercarte ávida a mis labios, sorpresa, sorpresa: puaj.
Blanda y fome, no tenías ningún jugo ácido que contrastara con la dulzura que se le adivina a la manzana que a una le entran ganas de comer. Lo bueno es que fui prudente y que me bastó con morder un poco tu cáscara
para levantarla y lamer tu carne blanca para descubrir el engaño en que me tenías. Te sigues viendo increíble y de naturaleza tentadora, pero igual, tu textura no me la quitas de la boca con tu perfecta anatomía frutal.
Es que no hay nada más triste que manzana harinosa, y lo peor es que a ella no sólo no le afecta su calidad, sino que es capaz hasta de jactarse de la arenosidad seca bajo su cáscara, y se siente la burla malévola por su secreto descubierto al primer mordisco. La pena es propia, mía, que te tildé de delicia pero que en verdad no valía la pena ni recogerte del cajón lleno de manzanas mejores. Es también la de mi amigas, que te tildan de imbécil, y también de las otras pobres bocas que han tenido el desagrado de comerte.
Pero aun así, no puedo evitar pensar que a pesar de desabrida, es mejor tenerte para devorarte que envidiarte junto la ilusa que te mastica todavía.

4 de mayo de 2010

The tip of the iceberg.

Se te cayó el cielo de los ojos, y a mí me empezó a flotar el estómago al tiempo que un escalofrío me recorrió como un dedo la columna. Sentí como alrededor nuestro el tiempo cambiaba y se ponía más lento, para quebrar el aire con la punta de una cuchara y esperar que sonara como un cristal. Miré al suelo, lo recuerdo, y vi como jugabas a pisar las líneas del suelo y a esquivarlas al tiempo siguiente, justo cuando los gritos dentro de la casa aumentaron y nos alejaron más del resto, nos encerraron en una burbuja perfecta e íntima.
Nos imaginé desde lejos, si quizás se vería extraño cómo comenzaban a viajar tus dedos de tu rodilla a la mía y cómo yo no sólo no hacía nada por impedirlo, sino que me deslizaba lentamente en mi silla para hacerte el camino más corto.
Me derrito un poco de nuevo al recordar tus ojos sonriéndome tras una cortina de pelo que desde que te conocí deseo apartarte de la mirada, pero que justo en ese momento me sirvió de escudo para no desplomarme al piso, los músculos hechos agua. Y sé que fue intencional eso de hablarme en un susurro que ni tú mismo fuiste capaz de escuchar, que provocó que me inclinara en una fingida inocencia a escucharte.
Pensé por tres milésimas de segundo que esto iba a ser igual que siempre. Que yo te agarraría la nuca, dejándote indefenso, y te habría plantado uno de esos besos que por lo veloz es mejor olvidar. Que después de despedirnos en la puerta no te iba a contestar ningún mensaje, ningún mail, aplazaría tantas veces las fechas que terminarías aburriéndote de esperar y olvidándote de mí. Pero no.
Tú me tomaste la nuca y me acurrucaste contra tu cuello, respirándome el pelo una vez que yo comenzaba a reírme de lo desprevenida que me pillaste, de cómo me giraste el mundo en ciento ochenta grados al cobijar con tu mano la mía, nuestros dedos entrelazados, y me raptaste de mi esquema.
Me apoyé en tu pecho y sentí tus latidos contra mi oreja, tan erráticos como los míos, y tragándome la noche con los ojos cerrados supe que no iba a poder esperar a salir contigo apenas me lo pidieras, cuatro segundos más tarde.
El tiempo volvió a su curso normal, pero a ninguno de los dos nos importó.

20 de abril de 2010

Guess what?

Quiero que algo quede claro (y un par de hombres y un grupo quizá mayor de lesbianas lo sabe): las mujeres somos complicadas. A veces ni nosotras nos entendemos.
No, mejor, seré mas precisa. Rebobinemos.
... quiero que quede algo claro (y un par de hombres, un par de lesbianas y un grupo mayor de amistades lo sabe): soy muy complicada. Y la mayoría del tiempo ni yo me entiendo.
Le pondré a usted, querido lector, un ejemplo: imagínese a un tipo de estatura promedio tirando a bajo, coeficiente intelectual más que razonable y una cara más agraciada que no transable. Ahora imagínese a ese pobre sujeto en la mira de cierto animal a quien se encuentra leyendo, que por dos años le juega en un tira y afloja bastante impredecible, y a quien finalmente se sirve en bandeja para desechar dos semanas después por encontrarlo "denso". Eso aquí y en la quebrada del ají es ser CRUEL. Porque ya, no he narrado los pormenores de una situación tal, y tampoco quiero hacerlo (sea ya por no develarlos o por no inventarlos, vaya usted a saber), pero el estar en jugueteo inconsistente es suficiente para enfermar de los nervios al pobre juguetito. Pero bueno, prosigamos.
De ese tipo de decisiones ahora puedo coartarme, pero no es raro que mire las huellas de lo pisado y me pregunte si fui sensata o incluso, justa. Siempre me justifico, pero la verdad, me he descubierto cambiando de parecer tan rápido como algunas cambian de pololo. Y más rápido, incluso. Yo me remito con temor a una canción de cierto cantautor uruguayo que me ha cagado la vida desde que lo conocí, y me asusto por las consecuencias de mis acciones. Pero me convenzo de haber pagado el precio de mis acciones, y sigo viviendo como si nada (porque nada) hubiese pasado en mi perspectiva.
He ahí un ejemplo de aquella porción de mi comportamiento que es errática e impredecible. Y lo que yo quería publicar a los cuatro vientos bajo ciertos códigos de anonimato e información filtrada, es que he caído nuevamente en uno de esos casos de arrepentimiento de los que no sólo me hacen mirar las huellas, sino que me hacen imaginarme golpéandome repetidamente la cabeza contra una pared con toda la frustración propia de aquel gesto.
Porque a veces digo que sí pero tres segundos más tarde me doy cuenta que quería decir que no.
Esta pequeña verborrea, damas y caballeros, se debe a una de estas instancias.
Que sí pero en verdad no (¿cómo no te diste cuenta?), que después me arrepentí y miré hacia arriba. Que te agarro pal weveo pero que quiero agarrarte algo más que eso.
Que, mierda, oh, mierda... no sé qué me pasa pero sé que algo tienes que ver en eso. Que me siento con el valor pero se me va. Que quiero puro pero de ahí no.
Lo bueno es que creo haber encontrado la solución. Lo único que debe suceder es que ahora yo no diga ni haga nada, y que
él, sin preguntarme nada, vaya y se lance a por mí. Y chao los cuestionamientos y viva la vida, que la resaca prefiero guardármela para la mañana siguiente. Que esta vez se diga menos y se haga más, se piense harto, harto menos y se acabó el cuento. Creo, entonces, que él y yo nos debemos un disparate, y creo que en aquel caso ni me preguntaría por el karma.
(Juegue.)

14 de abril de 2010

Made you weak.

Se despertó con la mitad de la cara impresa por una servilleta. Abrió los ojos despacito, el sol de la mañana de enero perforando las ventanas hacia sus párpados. La pieza estaba inundada de luz: el mantel blanco la rebotaba en las copas, cada una en su lugar, tenedores y cuchillos dibujaban en el techo pequeños arcoiris que re repetían en cada plato, cada fuente de plata, y le llegaba con dolorosa claridad a los ojos.
Apoyando los codos en la mesa, miró serena a su alrededor. Cada puesto en el comedor estaba inmaculado, pero unas cuantas moscas comenzaban a revolotear encima de las fuentes, cruzando los rayos del sol y posándose con tranquilidad en la carne, el queso endurecido, las frutillas en crema agria. Pestañeó lento y miro hacia sus brazos cruzados sobre la mesa, su piel y vellos resplandeciendo por esa luz esperanzadora de la mañana. Los zumbidos de las moscas rompían la pureza de escena; eso, y ella misma. El prístino mantel tenía a su lado una mancha grande, morada rojiza, bajo la única copa que fue utilizada la noche pasada. El sabor amargo de su boca le hizo darse cuenta que la única persona bebiendo de aquella copa fue ella.
Ella, con el tinto en la mano, el pelo revuelto de los rulos que se había hecho hace horas, bailando alrededor de la mesa desierta al mix que había preparado hace semanas. La botella, vacía, abandonada en el suelo, se la había casi terminado de tomar antes de caer rendida en uno de los puestos del medio, frente al ventanal y a espaldas de la pared, con la coma desparramándose a su lado. Y ahora, el cerdo con piña pudriéndose frente a sus ojos, un cigarro aplastado en su cabeza dorada, la ensalada arruinada por la ceniza, y ella que no lograba sacudirse la noche de encima. Cerró los ojos y suspiró, su pelo cayéndole en puntitas redondeadas contra su espalda, haciéndole cosquillas al trozo de piel desnuda, entre el cierre abierto de su vestido.
Se vio de zapatos altos, la copa (la primera) en la mano, esperando con un ligero taconeo frente a la puerta mientras caminaba en círculos por el pasillo. El reloj de la entrada la mantuvo calmada la primera hora. A las once se exaltó, a las doce se retiró al comedor, a la una y media ya se había terminado la botella de vino y yacía con la pera sobre el mantel, los brazos cayéndole flojos a sus costados y la mirada perdida en la silla de al frente. Y después la mañana, con su sol inclemente y despejador.
El sol rebotó sus rayos en un cuchillo frente a ella, guiñándole en arcoiris desde de su filo. Ella alargó la mano derecha, tomó el cuchilo y estiró el antebrazo izquierdo por la mesa. Bufó una risa y sintiendo la punta helada del cuchillo contra su muñeca, cerró los ojos y se puso a llorar.
No importa. Iría a trabajar como todos los días, vistiendose para nadie, sonriéndole a todo aquel con quien hablara ese día. Llegaría de su alrmuerzo solitario de nuevo a la oficina, detrás de la pantalla, teclearía incansablemente hasta las seis, tomaría el colectivo, llegaría a su casa y ordenaría la mesa.
Se levantó de la silla apoyándose en la mesa, la cabeza retumbandole un poco los recuerdos del vino. Caminó por el comedor, se agachó para recojer sus zapatos y terminó de bajarse el cierre del vestido con la mano que tenía libre, mientras hacía círculos con el cuello, la cara hacia arriba y sus pies que ya conocían el camino de memoria.
Caminando por el pasillo al baño, cambió el rumbo y entró a la cocina, donde se quedó mirando la puerta del refrigerador. Tomó el lapicito que colgaba al cosatdo y lo alargó hacia el calendario sujeto con imanes a la puerta. Trazó delicadamente el dia anterior, con la palabra "cumpelaños" escrita en él, soltó el lápiz y se fue a duchar.

24 de enero de 2010

Borrador.

Uno de los borradores de cosas que he escrito en este blog pero que no he publicado. Sólo por el afán de revivir un poco este espacio, que nunca estuvo muy activo en un principio. De ahí lo fome del título.
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Antes caminaba por la calle con la espalda erguida y el consabido pecho de paloma. Era hermosa: el pelo le caía por los costados de la cara como un par de cataratas oscuras que enmarcaban sus grandes ojos de pestañas largas. Después, el accidente y la mitad de su cara en el pavimento, rasgándose de oreja a nariz y de pómulo a boca. Se odió por no mirar a ambos lados de la calle por estar mirándose en el reflejo de una vitrina frente a ella.Odió su nueva cara, la canción que le explotó en las orejas cuando cayó a tres metros de donde fue impactada, incluso a su vestido rasgado y deshilachado que nunca pudo botar. Ahora mira recelosa temiendo las risas y los dedos que la apunten con burla, y el pelo en chasquilla gruesa para tapar las cicatrices de la frente también se carga sobre el lado derecho de su cara, para evitar mostrar la sonrisa torcida. Ya no se pavonea, pero ha dejado de esconderse: es la nueva imagen de la campaña de carabineros para la conciencia peatonal.

5 de octubre de 2009

Maldita primavera.

Jazmín en flor y a mí que me empieza a gustar el azote del viento cálido cuando se cuelgan sobre mí las estrellas. Tu risa, la cerveza, mi chaleco de mangas cortas y yo sin frío, sin frío, casí frio pero la parrilla encendida y mientras más amarilla la luz estoy más cómoda. Más jazmines y más risas, la espuma perfecta y una cajetilla llena. Sin chalas, el pasto húmedo, tus dedos del pie están verdes y yo también, pero no es el pasto. Maldigo la mesa (que nos separa), bendigo el decoro (que no se me va todavía). Dos sorbos más y te arrastro a una pieza.

24 de junio de 2009

Y volver a reír.

Tu tempestad y mi calma se me suceden a veces con los días, a veces con los meses. Entremedio me quedo mirando al cielo esperando la lluvia y una llamada perdida tuya en mi celular, en tenerte de nuevo a medio metro con tantos secretos por contar y tan pocas instancias para hacerlo. Que me partas de un costado a otro sin saberlo, como siempre, que me dejes rebotando en tu sonrisa mientras yo, para evitarte, bajo al suelo los ojos ocultándote otro secreto más. Uno que me gustaría lamerte en la oreja.
Poco a poco te siento menos cerca y canto internamente mi victoria. Días, horas después, una vereda, un refrigerador, una marca de alcohol determinada, me recuerdan los más casos a una fantasía, los menos a una vivencia. Y me repito que no es sano, porque de partida no sabes, y porque finalmente nunca podrá ser, pero no puedo evitar pensar en lo suave que podría sentirse tu respiración entre mis dientes.
Volver a soñar sobre tu recuerdo se me hace cada vez más fácil; en cierto modo me he resignado a un fantasma de mi propia fantasía basada en ti acompañándome en tu espera. Y es como si supiera que cualquiera de estas noches cuando coartada por un vuelo, por una nebulosa, podré entrecruzar mis dedos con los tuyos por más rato del que se supone una amiga lo haría. Y que entonces el frío que no sienta me permita acercarte a mi cuerpo, y mi boca contra la tuya me dará los segundos necesarios para saber si ese día, y desde ese día, me librarás de tí.

10 de junio de 2009

Amuleto.

Sucedió en una de esas noches frías de Santiago, con esas ganas que me dan a veces de vomitar por la soledad. Tenía un libro de Bolaño abandonado a mi costado, los pies helados y en los ojos asomándome el cliché de unas lagrimas melancólicas. Ahora, ¿de qué?, no tengo idea; sólo sabía que me sentía sola y que por vivir con mi familia en una casa llena de no fumadores no podía prender un cigarro y ver cómo se disolvía el humo hacia el techo para paladear verdaderamente mi pseudo tristeza.
Y pasó que justo esa noche, tan igual a la otras, menos fría pero más larga que las demás, me decidí por suicidarme. Así no más: estoy aburrida, estoy sola, y hasta las hojas del libro que estoy leyendo pueden trepanarme las muñecas. Sentada en la cama, de fuera me veía como la imagen más pacífica de mi misma, la respiración acompasada, ritmo cardíaco normal, pestañeos que se sucedían con regularidad muy dentro de lo común. Pero por detro estrellaba el libro contra el espejo y me rebanama los muslos hasta que alguna arteria perdida en mi carne dejara su graffiti en las paredes como único grito de existencia, porque, claro, yo me quedaría impertérrita observando aquella sangre que manaría con cada empuje de mi corazón exaltado con la paz que sólo viene del conocimiento y aceptacion de la propia muerte.
Y fue ahí que me decidí, que encontré la cura a todos mis males. No a adornarme la piel con quemaduras de cigarrillos, no a rascarme con el mango de un cepillo de dientes la garganta maltratada, no a esconder la cabeza en una almohada cuando me forzara a llorar a gritos mudos con la cara rojísima y lágrimas secas, no: la cura estaba en la muerte, en el abandono, en mandarse un Larra frente al espejo porque sobre todo, la muerte mía tenía que ser con estilo.
Es desde ahí que me las voy ingeniando todos los días a parir una buena muerte, que deje huella, y mi carta de despedida a este con el que siempre me he tratado con mutua pero cordial indiferencia está cada vez más larga y con más borrones de pasta azul apelotonada. Y es extraño, esto de saberlo ya todo, introducir hasta mi muerte en un esquema inamovible, porque me da una tranquilidad que sólo otros pro-suicidas como yo podrían llegar a comprender. Respiro con más propiedad, ya no me río entre dientes y voy metódicamente entregando trabajos para la universidad y haciendo diagramas de fechas, opiniones y hechos luego de leer con anticipación antes de las pruebas.
La sensación que tengo es la misma que a uno le da cuando ve la fecha de caducidad de su comida favorita cuando está revisando el refrigerador durante los ataques de gula: sabe cuando terminará todo, y la opción de comérsela está en sus manos y mente a decidir. Pero por mucho que no sepa cuándo lo va a hacer, sabe que es ya un hecho consumado, y da el tiempo de aplazarlo justo antes del día en que el alimento se corrompa y empiece a incubar hongos.
Eso es. Yo sé cuando voy a terminarme, conozco mi mes y año, sé perfectamente cuando me venzo. Ahora tengo la certeza de que voy a lanzarme a la crianza de margaritas con la carne aun fresca, pero a punto de resquebrajarse.

5 de abril de 2009

Lucky.

Primero el susto en aumento y después el alivio, y su brazo sobre mi cara estirándose por los cigarros cuyas volutas de humo se irán extinguiendo hacia el techo mientras se apacigua el candor entre mis piernas.
Siento las arrugas de la sábana imprimiéndose en mi espalda y trato de recordar cada pliegue de su piel que hasta ahora nunca ha fallado en dejarme la mía tibia y dulce. Volteo para mirarlo y unos cuantos mechones de pelo adheridos a mi cuello por el sudor se ponen tirantes, mientras otros, desparramados por la almohada, van formando elevaciones como olas oscuras opuestas al blanco de las fundas. Sin poder evitarlo alzo la mano y destruyo con el índice el anillo formado recién por su boca redondeada, y lo despierto de su ensoñación cuando el humo gris se deshilacha como una u en el ahora tibio aire de la noche de invierno con las ventanas cerradas.
Me mira y me desarma con una sonrisa que creo conocer tanto pero que nunca he sabido predecir. Apoyo la mano destructora de sus emanaciones sobre su vientre y estiro la boca pidiéndole una fumada. Él acerca el cigarro contenido entre sus dedos y lo deja quieto entre mis labios mientras chupo suavemente. En los segundos que inhalo lentamente él se me acerca y deja su boca entreabierta frente a la mía, para que le sople el humo de mis pulmones hasta los suyos, para darnos luego unos de esos besos suaves que se regalaban con tanto celo en la primera adolescencia, presionando apenas los labios.
Sonríe de nuevo, blanco contra blanco, su piel intermediaria entre el género y sus dientes, y trato de mantenerme lo más quieta posible con mi mano en su cintura. Afuera se escucha el viento y el golpeteo de las hojas con las primeras gotas de lluvia que me servirán de pretexto para tenerlo conmigo toda la noche, hasta el café de la mañana. Sus ojos me perforan como adivinándome el pensamiento, y acomodando una pierna sobre las mías da una nueva fumada y apunta sus círculos de humo hacia la punta de mi nariz, para que yo no tenga que moverme para alterarlos.
No puedo evitar una sonrisa y cerrar los ojos, concentrándome en los puntos de calor que se van extendiendo en mi cuerpo por el contacto con el suyo. Trato de envolverme en la tibieza de sus dedos acariciéandome la nuca y liberando mi pelo de su tirantez por la presión de mi cabeza, extendiéndolos sobre la almohada y pasando sus dedos por él, una, dos, mil veces. Aprieto la carne de su cintura y me cobijo bajo su hombro con un gesto inconciente que debe de haberle parecido algo coqueto, por la forma en que me mira.
Se estira de nuevo, pero ahora para apagar el cigarro en el cenicero del velador. Tratando de separarse lo menos de mi piel alarga el brazo y toma la ropa de cama, dejando algunas frazadas enrolladas a nuestros pies para que en plena noche no despertemos por el calor. Me tapa suavemente, mirando cada lugar donde la sábana toca mi piel mientras la acomoda encima mío, y yo miro sus pestañas y ojos viajar por mi cuerpo como si lo viera por primera vez. Finalmente quedamos frente a frente, nos damos el beso de buenas noches, más calmado y suave que todos los anteriores para no sacarnos mutuamente del agradable sopor en que nos encontramos, y nuestras pestañas se cierran una sobre la otra, entremezclándose hasta el amanecer.

And we made sweet love.

Fue concebido detrás de un banco de plaza una noche tibia de Noviembre en que los futuros padres perdieron su virginidad. Su existencia fue percibida cuando ella, a los cuatro meses, dijo que estaba hecha una vaca y que era raro, porque a ella nunca le engordaba el estómago, sino las caderas y los muslos.
Nació prematuro en Julio y a los abuelos de ambas familias les tocó costear los gastos médicos; la joven madre creyó que desde ese día el niño fue odiado por sus padres y trató de enmendar el daño bautizándolo con el nombre de su suegro: Juan.
Cuando cumplió un año y medio sus papás aplazaron definitivamente los planes de matrimonio y él se fue con otra, mientras su mamá entraba a trabajar al primer café con piernas en el cual al jefe no le molestó la piel suelta de su abdomen y los pechos lacios por amamantar.
Desde el principio, María percibió que su nieto era extraño. Introvertido y calmado, el pequeño era capaz de quedarse horas enteras encerrando hormigas, baratas y gusanos en latas antiguas de conservas que muchas veces rebanaron ligeramente sus dedos sin ningún quedijo de parte del niño. Lo que María nunca notó es que Juan no dejaba a los insectos en libertad, sino que esperaba a estar solo en su rincón favorito del patio para aplastar las baratas contra la pared utilizando una piedra laja y sorber los gusanos enteros para sentir cómo se deslizaban, granitos de tierra y todo, por su garganta.
A los cuatro años su madre quedó embarazada de nuevo. Sufrió una hemorragia luego de un aborto clandestino y Juan quedó vitualmente huérfano, al no recibir llamada de su padre desde los dos años. Su abuela decidió meterlo al colegio de la comuna para trabajar como cajera en un Santa Isabel.
Juan no pudo encajar con los niños de su curso. El silencio, su semblante pálido y sus puños cerrados a los costados de sus bolsillos comenzaron a despertar sospechas en sus compañeros, y sus extraños hábitos alimenticios terminaron por espantarlos y decidieron prohibirle el privilegio de utilizar los únicos dos columpios del patio de los preescolares. En casa, Juan pegaba lentejas a un papel con forma de persona que le habían mandado de tarea y después hurgaba el nogal del fondo con un palo para botar los nidos que en él había. Una vez cayeron de uno de ellos tres pajaritos recién salidos del cascarón que el destrozó contra la pared de concreto.
En la casa, la abuela ni lo veía. Llegaba todos los días a las doce y media y se iba a las seis de la mañana. El niño, solo, engullía puré de caja y vienesas fritas que la vecina le llevaba a la hora de la cena. La once consistía en un vaso de Cola Cao cuya mitad el niño desparramaba por el desagüe del lavaplatos. A la vuelta del colegio, cuando no estaba ocupado atormentando a los seres vivos de los alrededores, se quedaba viendo las teleseries venezolanas y brasileras donde los buenos siempre ganaban luego de que el villano se saliera con la suya un par de veces.
Un día, su padre ausente llegó de visita, para comprobar si la madre de Juan seguía viviendo en el mismo barrio de siempre. En su lugar encontró un niño con las rodillas negras de tanto buscar insectos en el patio y las manos astilladas por las ramas del nogal. Le dejó un billete de cinco mil pesos sobre la mesa y la promesa de volver el martes próximo, que no cumplió. Juan masticó lentamente el papel arrugado y se tragó la promesa junto con el aroma de su padre, una mezcla de cigarros baratos y aceite de motor, con la esperanza de guardarlo por siempre dentro de sí.
Del colegio ahora regresaba con moretones en los antebrazos y pantorrillas por ser lanzado de un lado a otro por sus compañeros por las extremidades durante el recreo. Él no lloraba ni parpadeaba; sólo se sorbía rápidamente los mocos de su nariz sucia o se los limpiaba con la manga.
Las teleseries le dieron una idea. A las doce de la noche del día siguiente, su abuela no lo encontró cuando llegó a la casa. Fue a poner denuncia en carabineros, quienes le dijeron que tenía que esperar cuarenta y ocho horas para declararlo como perdido. A las ocho de la mañana de ese día miércoles, los compañeros de Juan lo encontraron en el patio del colegio.
Sujeto del cable de la tele, el cuello de Juan se cerró a las once veintidós de la noche anterior. Su cuerpo brillaba a treinta centímetros del suelo gracias a las gotitas del rocío, y un pequeño hilo de saliva colgaba de la boca a la que nunca se le escuchó palabra. Sus puños, cerrados, estaban manchados de tierra. Cuando fue descolgado de la barra de los columpios, de la mano derecha se deslizó el único gusano que se salvó del estómago del niño.
Fue la primera y última manifestación de su orgullo infantil. En su teleserie ganaba el bueno, vengándose al fin de todos los malos y consiguiendo que nunca, nunca más, alguien se balanceara en los columpios.

1 de marzo de 2009

I never meant to brag.

Tuve el déjà vu de la noche en que entramos a ese local en que tocaban música en vivo y las sillas era todas distintas, como para que se mostrara su eclecticidad hasta en el mobiliario, y donde finalmente una astilla me cagó las pantys del muslo a la pantorrilla con un hoyo grande que se iba deshilachando hacia abajo. Allá donde pediste una canción, no me acuerdo bien cuál, pero no me gustó y sonriendo te dije que era buena. Qué terrible fui, fue sólo por robarte un beso y consolarme del terrible atentado de la silla a mi vestimenta.
Y duespués, qué fue, ¿vino?. Sí, vino tinto, porque después de un rato los labios se te pusieron rojos, rojos, y tu saliva estaba un tanto amarga pero aún dulce. Rica, como tú y como el vino. Y después mi canción, la que me imaginé bailando encima de la mesa pero que mi propia copa de vino aun no me daba el valor de hacer.
También está en mi recuerdo el resplandor suave de tus uñas cuando jugabas a golpear y girar suavemente la caja de fósforos sobre la mesa; brillo, que de alguna manera, sentía te rebotaba en los dientes cada vez que sonreías por cada juego de palabras estúpido que me dió por inventar esa noche.
Nos veíamos tan lindas, tan tontas, dentro de nuestra alternatividad auto impuesta tanto en actitud como vestuario. Y lo mejor era que a nadie le importaba, porque o estaban todos borrachos o todos en plan de estarlo. Y me acordé tan patentemente que la primera copa de vino que pediste yo la probé después que tú, dejando la marca de mi brillo labial sobre el tuyo, en el mismo lado del vidrio.
También que a la vuelta corrimos de la mano, riéndonos ebrias, y encontramos un paradero que no tenía ningún aviso en el panel. Entonces que pegamos los labios bien fuerte cada una por su lado para besarnos entre el plástico transparente aún con la iluminación blanca por el borde.
De todos los besos que nos dimos esa noche, ése fue el mejor. Yo creo que es porque la luz me lo dejó tatuado en la retina, como una foto, que siempre me va a recordar lo locas que estábamos y los bien que siempre lo pasamos esas primeras noches de invierno, esquivando las pozas.

28 de diciembre de 2008

Get what you deserve.

"El naranjo se está muriendo."
Alzo la vista de los hielos que flotan en la bebida. Como si el naranjo fuera la excusa, que porque el árbol se muere, nosotros también.
De ahí, de un tirón, que soy medio puta, un poco agresiva, un poco negativa. Esperé cinco minutos de tu perorata viendo como un hielo se caía sobre el otro, pensando en comprarte o no todo el discurso autosustentado de tu futura desaparición.
"Agresiva, ya. Negativa, también. Pero puta, nunca."
Tu risa corta el aire, mi garganta y las hojas del naranjo. Puta, sí, me dices. De todas maneras. ¿Que acaso, en el carrete, no me comiste la boca? Cuando nos conocimos, ¿te acordai?
Intento descifrar mis conductas sobre las espirales de la mesa. Necesita una nueva capa de pintura y algo que evite que se oxide, ahí, bajo el naranjo.
Trato de echarte, imaginando, ojalá con una cachetada de tu parte para permitir la escena en que yo te pego en la entrepierna y no puedas decirme nada. Pero no me sale. Ni siquiera trato de abrir la boca, porque me va a a temblar la voz. Y ahí, sigues, que tal cosa, que tal otra, que los ojitos que le hago a todo el mundo, que porqué tambien hiciste lo esto y lo otro. Y yo veo pasar en mi cabeza un inventario de mis secretos que viste tras las puertas y dentro de los cajones, o quizás los ojos lanzados hacia tu cuello cuando esa noche el frío empezaba a calar hondo pero ninguno de los dos sintió nada.
"Me llama la atención, ¿sabi? Que siempre has sido capaz de contestarme todo lo que has hecho desde que estamos juntos, pero de la noche en que te conocí, nada."
Qué estupidez, decirte que fue aburrimiento, que fueron los deseos de provocar envidia, de venganza. Cuatro meses a la basura sólo por disimular y no confirmar tus teorías sobre mi comportamiento liberal. Te he tratado de decir burdamente ya de antes, que la química y el destino y cosas que ni yo me creo. Pero nada.
"Lo que pasa es que tu no quieres reconocer que no podías aguantar pasar el fin de año sin pareja" me animo a decir.
Se cae una hoja sobre la mesa, a pesar de ser pleno verano. Miras cómicamente la sombra alargada por el sol de la tarde y con la mueca irónica de a quien le gusta patear estómagos cuando la persona ya ha caído me dices que ahora puede explicarse que yo haya nacido en enero, que yo puedo haber nacido muerta de adentro como el naranjo a pesar de ser verano.
Y como si no bastara, me dices que yo te gustaba en serio. "Pero de ahí... te conocí. Eso, te conocí. Y cagaste todo".
Yo ahora me esfuerzo por llorar. Pestañeo, mojando mis ojos, imaginándome caminando sola por la casa, al fin, sin tí, agradablemente sola de nuevo, rasgando con ansias los minutos que faltan para que te vayas dando un portazo y me devuelvas la intimidad. Quiero que te vayas para que yo recoja las naranjas podridas de las ramas y botarlas, después regar el tronco de éste único árbol en mi patio para hablarle mi día sin mencionarle que tú ya no eres la distracción no placentera de mis días.
Quizás si estoy muerta por dentro.

8 de diciembre de 2008

I see the lie.

Derrepente me fijé que era la imagen congelada en una ventana y me sentí profética.
Cuando no hay ni un alma en las calles y caminando estiro el cuello buscando sonrisas y besos en los balcones
Y me gusta cuando está nublado porque así siento que la madrugada no se acaba nunca,
que el pelo se me va limpiando del cigarro con cada caricia del aire frío cortándome el cráneo.
Por eso cuando la ví pasar con el abrigo cruzado sobre los brazos mirando hacia arriba, le sonreí y le tiré un beso.

18 de noviembre de 2008

Just stay alive.

Finalmente nunca es tan tarde y se supone que te puedes arrepentir, pero la verdad es que no creo que seas capaz de desdibujarte los rastros de mi lengua en tu espalda o mis uñas enterradas a tus caderas.
Al menos, aprovéchate y piensa en nosotros en las tardes lánguidas de domingo en que después de almuerzo no tengas nada más que hacer, y apuesto que el recuerdo de mis suspiros entrecortados en tu oreja aun serán capaces de arrancarte una sonrisa.
Guárdalo como el mejor secreto, porque ninguno de los dos quiere hacerse responsable de lo que el humo amargo fue capaz de reunir luego de tantos intentos fallidos a lo largo de los años. Sé que compensamos más de lo que debiésemos y que nos dejamos llevar, pero ambos sabemos que de ahora en adelante, si te ignoro, será por escoger el menor de dos males.
Mejor vuelve a tu polola, que yo me devuelvo a mi vida con una nueva cicatriz para acariciar. Ojalá que con el avance de las horas no quiera que me la abras de nuevo.

13 de noviembre de 2008

Cartografía.

Me ha pasado que mirándome a las puertas del metro no me he reconocido. Pero no con esos espasmos de desconocimiento, como de mirarse y encontrarse más avejentada o más guapa, no, hablo de verdaderamente desconocerse. Haberme acostumbado tanto a mi propio reflejo que me llama la atención la manera en que se inclina mi nariz, los párpados, el ángulo de las pestañas y la sombra de mis pómulos. Y después de un rato me miro y me pierdo en mí, me comienzo a desesperar al ver que esa imagen del reflejo corresponde a un referente verdadero, y que aquél referente obedece al aspecto físico que se refleja y se desdibuja para mí, y no puedo creer, por unos instantes, que yo sea yo; que la gente, al hablar conmigo, haya visto esa cara, esos labios dibujándose en palabras, y no les haya llamado la atención que esa persona con quien conversaban estuviese encerrada en aquél cuerpo.
Son esos momentos en que creo vislumbrar los inicios de mi locura, y para evitarla momentáneamente, aparto la vista de mis ojos por un segundo, y la vuelvo a centrar luego en mí, para agradecerle a lo que sea que lo decidió, el haberme dado esta cara y este cuerpo, que tan bien han sabido aguantarme dentro de sí.

9 de noviembre de 2008

I like it rough.

Me voy a hacer la loca.
La que aquí no pasa nada.
Para ver, si así, con indiferencia
Logro interesarte de una vez por todas,
O si sin ti
finalmente seré feliz.