1 de agosto de 2008
Cosquilla.
19 de julio de 2008
Catcher
Algunos especulan que él ya ha muerto pero a mí la lujuria no me la quitan con sus recortes de diario y discusiones de foro en internet. Porque a pesar de los cuatro años que lo vengo conociendo y todavia no sé nada de él, me encanta, me revuelve todo cada vez que cuento las cicatrices en su pecho y las ojeras de panda que luce en cada imagen. Trato en vano de acercarme a su mente como me sé capaz de acercar a su cuerpo y por eso inspecciono todo lo posible para leer lo mismo que a él le gusta, para entrar en esa tormenta tan artística y trillada que ya es propia del medio en el que el y yo estamos inmersos.
La diferencia es que sé de hecho que él desapareció hace más de trece años, pero eso no evita que me visite cada vez que lo evoco y que yo desee conversar con él para que me encuentre inteligente, para decirle que yo estoy enamorada y que él no es otra de mis obsesiones pasajeras como a los dieciséis fueron los huesos. No, yo quiero que sepa que haré lo posible por ayudarlo, pero que no quiero cambiar quien es, porque me gusta esa oscuridad y sufrimiento propios de su persona. Además, a mi me gusta el tormento que exuda por cada poro y queda más que perfecto en mi historia como aquel a quien amé devotamente pero que no fui capaz de ayudar, y que aun a pesar de mi presencia constante terminó desapareciendo y dejando su auto a un costado del camino.
Me gusta pensar que podré pavonear las lágrimas que por él voy a llorar así como las sendas de rímel que bajarán por mi cara por su culpa, de su profundidad mental, sus oscuros comentarios sobre el existencialismo que me susurrará todas las noches que yo quiera al oído luego de que hayamos hecho el amor.
After Eight
Exquisito dolor es aquel que se disfruta. El que se anhela: el que inspira.
Desafortunado es el que siempre se siente.
Cuando viendo fotos ajenas, escuchando inspiraciones líricas ajenas, sintiendo como dos manos ajenas se juntan,
se sufre.
26 de junio de 2008
Edwards
16 de junio de 2008
Sunburn
19 de mayo de 2008
Arrebato
El vagón comenzó a temblar. Las luces a nuestros costados se apagaban y prendían erráticas, denunciando el pulso moribundo del tren, vibrándonos en la piel el apocalipsis.
Sentada en el suelo en un extremo del vagón sentí como sus entrañas entre las ruedas comenzaban a arder, sacando un chirrido agudo de los rieles que sucumbían bajo el paso del armazón de metal y todos a quienes contenía. Comenzaron los gritos de los desconocidos, búsqueda frenética de miradas cómplices en el caos, invocaciones celestiales, nombres de amantes pasados.
Las luces se apagaron y las bocas se deformaron en su brillar anaranjado, una visión del infierno para todos aquellos que creían no merecerlo. Volvieron a prenderse titilando recuperando en nosotros una momentánea paz, hasta que vimos cómo el suelo comenzaba a resquebrajarse y derretirse por el calor, los gritos cada vez más agudos.
Volví desesperada la cabeza a la derecha. Sentada junto a mí se mantenía impasible una joven con audífonos, mirando hacia el frente como si lo que estuviera presenciando no fuera más que un montón de sucesiones icónicas de su banda sonora personal; los acordes finales de su película.
Y en tres segundos, mientras el agujero de acero hirviente se abría a lo largo del vagón, los extraños se abrazaban, se ponían en posición fetal, se cubrían los ojos y callaban, yo la tomé por la barbilla, la giré hacia mi cara, y la besé.
20 de abril de 2008
Veneno
Voy a abrazarte en mi mente todos los días si es que no deseas que te toque.
Voy a llorar cuando no me veas para que pienses que soy fuerte, para sujetarte mientras caes y sigues cayendo y yo no tenga más que hacer que callar y estar.
Odiaré al mundo como tu lo harás. Te querré como tu extrañarás. Recibiré tus insultos, tus golpes, tus gritos de dolor.
Estaré para ti aunque no quieras.
Y ojalá un día veamos salir juntas el sol.
5 de abril de 2008
Diez cosas.
En las ventanas de internet un libro de 500 páginas para el lunes, un trabajo de 11 para el martes y una fiesta de una muy buena amiga mía a la cual le deben estar cantando el cumpleaños feliz en este mismo momento.
Y es extraño, pero entre el momento familiar de hora y media del que acabo de salir, el casi llanto con una película que no se supone lo provoque y una llamada por teléfono a alguien a quien debería haber ido a ver, me dí cuenta de lo mucho que me hace falta reir.
Como esa canción de Postal Service, siento que no me río desde Enero, de las seis tardes con mis amigas respirando el aire salino de la playa y riéndonos tomadas del brazo por las calles nocturnas de Viña. Hace tiempo no me río como corresponde, pero no significa que me sienta miserable o que ahora sea algo así como una desadaptada social, no. Sólo que el pensamiento me azotó la cabeza cuando abrí el libro que no merece ser leído con apresuramiento y el stress de un trabajo a la vuelta de la esquina y que aún no está ni esbozado se me apoyó en los hombros.
Me hace falta esa carcajada ebria, joven, lúcida en su propia inocencia por haber brotado muy rápido. Esas que no se planean ni se buscan cuando se va a un lugar en el que se sabe uno la va a pasar bien. Quiero de esas que te toman por sorpresa y nos dejan llorando y sin aliento aferrados de algún hombro amigo.
No sé. Simplemente me di cuenta, y extraño esa risa sobremanera.
Pero nada que hacer, ya que no la puedo ir a buscar.
(Muchos adjetivos, me dijeron, pero no puedo corregirme en este momento de verborrea pura. Nada que hacer)
23 de marzo de 2008
Sometimes
Tocándose la nuca, busque una pequeña protuberancia. Luego de un rato rascándosela con cuidado, será capaz de tomar su dignidad por uno de los extremos. Hálela y guárdela dentro de un bolsillo bien cosido, para que no se le caiga completamente. Después, tome su celular, conéctese a messenger o escriba un carta. Durante todo este rato, mantenga presionada su dignidad para que no vuelva a su lugar o se caiga al piso. Es necesario mantenerla tranquila, así que si lo considera necesario puede tranquilizarla con algunas palabras convincentes, aunque en la mayoría de los casos suenen un poco falsas.
Posteriormente y luego de escritas las palabras correspondientes, con mucho cuidado tome nuevamente su dignidad desde el bolsillo, y presionándola entre en pulgar y el índice, déjela colgar de manera que esté a punto de rozar el suelo. Sólo en ese momento, le será posible enviar el mensaje, carta u oración que haya escrito en aquel momento de impulsividad.
Una vez enviado, y sin dejar de presionarla fuerte, introduzca nuevamente su dignidad por la protuberancia antes descrita. Una vez allí, comenzará a producirle un picor extraño, que se trasladará a la boca del estómago y le producirá una sensación de incomodidad un tanto particular, que irá cesando paulatinamente, siempre y cuando no recuerde con mucha intensidad las palabras enviadas, ya que puede hacer que su dignidad se sacuda un poco y le produzca espasmos breves en las extremidades o en los hombros, acompañados de una exlamación en general despectiva hacia usted mismo.
La resolución del proceso no radicará luego en su dignidad, pero será directamente proporcional a la distancia a la que usted la mantuvo del piso. Los resultados pueden variar en los extremos de aceptación o rechazo, y lamentablemente no se aceptan ni devoluciones o intercambios de dignidades.
Ante cualquier duda, consulte al fabricante, a pesar que éste no será capaz de responder ante los posibles daños o complicaciones producidos por el proceso descrito anteriormente.
La recomendación principal luego del proceso y que coincide en la mayoría de los casos de consultas, es simplemente A P E C H U G U E.
18 de marzo de 2008
1 de marzo de 2008
Smoke gets in your eyes.
Un fruto de mi impulso, entonces. Pero sin leer entre líneas.
Engañémonos un momento y sintámonos amigos, casi hermanos.
Mirémonos con risa, palmeemonos en la espalda con cada chiste o frase ingeniosa, presentémonos mutuamente a amigos que consideramos dignos del otro.
Cuando nos pregunten por separado la relación que mantenemos, mostremos abiertamente la sonrisa y expresemos cómo nos queremos y confiamos, de lo felices que estamos que cada uno tenga su pareja y que todos sepan comprender el tipo de amistad que supimos desarrollar.
Riámonos de deslices y cosas pasadas, de titubeos, hagámonos los idiotas.
Seamos capaces de mirarnos a los ojos sin un rastro de lujuria, no dejemos que el alcohol nos nuble la mente y deje libres las manos para adelantarse en la mesa, los zapatos olvidados en el suelo.
Recordémonos lo pendejos que éramos y lo ilusionados que estábamos, cada uno por su lado.
Mandémonos cartas, pongámonos sobrenombres, escojámonos de antemano como los padrinos de los respectivos hijos.
Callemos los celos con frases capaces de convencer al diablo, mostremos libertad en los abrazos, hablemos correctamente y toquemos temas que no nos atrevemos a conversar con nadie más.
Seamos capaces de desnudar sólo el alma, brindemos por la amistad, cantemos sin vergüenza y recordemos los programas de la tele que veíamos cuando éramos chicos.
Sólo por un minuto, sigámonos mintiendo como tan bien lo hacemos, terminemos las frases del otro, no nos sorprendamos de lo bien que nos conocemos.
Suicidémonos un poco.
23 de febrero de 2008
Malos hábitos.
Jóvenes emprendedores que no pueden parar de jugar juegos de video mientras sienten a su espalda el trabajo a medio hacer y que a las cuatro de la mañana empezarán a considerar. Uno que espera que alguien se conecte a messenger para salir a tomar algo.
Otra que revisa algún capítulo de alguna serie gringa que aún no ha visto, mientras abre un chocolate con una mano y con la otra se sirve coca cola.
La que se come las uñas. El que se mete el dedo en la nariz. Los que se rebanan un brazo o muslo con un pedazo de vidrio roto preguntándose donde quedó su infancia.
Los que se meten los dedos en la garganta. Las que abren, solas, una segunda botella.
También están los que se quedaron pegados al asiento y la pantalla, tratando de terminar ese informe, esa investigación. Dormir puede esperar.
Y las que escriben y enumeran cuando no tienen nada que decir.
21 de enero de 2008
13 de enero de 2008
8:42
Taconenado por el pasillo de su departamento, ensayó un contoneo de caderas que levantara el vestido de manera sutil y que permitieran a los futuros espectadores una fugaz mirada del encaje rojo que adornaba a si entrepierna. Se sintió irresistible.
Tomó las llaves del plato de peltre al lado de la puerta y las guardó en su cartera con cuidado de no arruinar sus uñas. Con una última mirada al espejo y un alborotamiento rápido de su pelo, se miró contenta y se dijo a sí misma que hoy, si bien no encontraba el amor de su vida, si quizás tendría una buena dosis de coqueteo y porqué no, quizá el beso húmedo de un extraño.
Y con un último mohín de autosuficiencia, abrió la puerta y se dirigió con confianza y autoestima elevadísima, a encontrarse con el taxi que la esperaba en la puerta del edificio y que la llevaría al matrimonio donde, tomando una coca cola light en lata esperaría con un cigarro en la mano frente a la puerta de la iglesia, esperando entrever la armadura de su príncipe azul, inconsiente de la imaginación de una prejuiciosa joven que enfundada en un vestido negro la miraba desde el otro lado de la entrada, y se contaba una historia mental que no podía esperar a escribir.
10 de diciembre de 2007
All Blues
Me molesta que los cajones y las puertas estén semi abiertos o abiertos cuando no corresponde. Me molestan los ruidos que hacen las tapas de los lápices y los pies de las personas hiperquinéticas cuando chocan contra la pata de un banco. Me molesta que la gente escuche música en el celular cuando voy en la micro, o que abra y coma cualquier tipo de cosa cuando están sentados al lado mío. Me molestan las manchas de comida en la cara de la gente y soy incapaz de concentrarme hasta que o les digo que las tienen o se dan cuenta ellos solos. No me gustan los besos ruidosos ni los sonidos al masticar (y qué decir de mascar chicle con la boca abierta...), y mucho menos que la gente se coma las uñas o se coma los cueritos con exagerados y babosos ruidos.
Si, se me puede llamar histérica. Loca, tal vez.
Pero yo misma me sorprendo a veces de mis reacciones, de mis fallecimientos leves cuando algo me pilla de sorpresa o me acuerdo de algo se supone debía olvidar.
La cosa es que me molesto, me enojo y me harto muy facilmente. Y cuando digo muy, me refiero a MUY.
Ahora, toda esa verborrea viene a un punto que simplemente olvidé por el afán de apretar las teclas mientras escucho jazz. La verdad es que esos pensamientos se fueron cayendo a las manos por una razón en específico, que describiré solo como "comportamiento psicópata" que no pienso detallar para no comprometerme. Eso es lo que pasa: estoy hecha una psicópata. Una buscadora en internet, espía en locomoción colectiva, una norteameicana de los 50 preparándose para la bomba atómica con una cantidad estúpida de arvejas en conserva y pizzas congeladas. Estoy atrincherándome contra un enemigo en aprticular con tal que no me tome desprevenida.
Y para eso, la investigación es necesaria. Y me he descubierto a mi misma dilucidando información desde diversas (y no siempre fieles) fuentes. Estoy jugando a la espía y no tengo siquiera binoculares.
Así es como me he convertido en obsesa y no en estratega. Un estratega no se deja atrapar, no se fuma un cigarro mientras camina vestida de negro bajo unos 34 grados de calor sólo porque algo la tomó por sorpresa. No se avreguenza de teclear y buscar en algunas páginas claves ciertas respuestas para sus interrogantes porque no pueda creer que haya caído tan bajo, que se haya metamorfoseado en serpiente maquivélica sin saberlo. No.
No se da cuenta que las obsesiones la consumen, la llenan y la excusan.
Y una obsesa tiene presente, siempre y a cada minuto, lo dcepcionada que está de ella misma, lo trágica que encuentra su sitación y lo nada que puede hacer para revertirla. Se da cuenta que es adicta a algo y que no puede controlar lo que haga por mucho que se averguenze de ello.
Y eso soy ahora. Una obsesiva, histérica, compulsiva y maniática adicta.
Para decirlo en chileno: UNA LOCA DE MIERDA.
23 de octubre de 2007
Me asustas
boca y tengo los
ojos rojos. Quince
minutos de
autodestrucción, y
lo tengo claro.
Pero el dolor de
estómago y la
garganta rasposa
no me molestan.
(Que quede claro que esto no es poesía vanguardista. Es sólo una manera de transcribir directamente de cómo fue en el papel.)
1 de octubre de 2007
Checkmarks
Al lado de tu nombre puse tres estrellitas. El máximo, eso sí, es de cinco. O sea, bien, pero no sorprendente. Justo como tu personalidad: normal, pero no espectacular. Igual, también, que tu conversación, tu ropa, tus ideas y tus cambios de ánimo. Nada del otro mundo, nada que me afecte mucho al conocer o al dejar.
Diré que fuiste un interludio agradable, un tiempo de espera de comerciales en la cual la mayoría de la gente se para a rellenar su vaso o para ir al baño. Yo, en cambio, decidí variar mi rutina y ver qué pasaba en aquellos cinco minutos de propaganda contigo en vez de comer papafritas.
¿Alguna vez voy a arrepentirme de lo que hice? No, no creo. Es que sin mentirte, no lo pasé mal. Pero tampoco bien. Tampoco me enamoré de ti, pero no me diste lo mismo.
Es que contigo nunca fue blanco y negro, nunca fue ni cima ni depresión en el gráfico, nunca fue ni sol ni nieve.
Es que contigo, todo fue mas bien gris.
19 de septiembre de 2007
People are strange.
Lo que pasa es que yo soy muy cobarde, y aunque me hago la osada en realidad soy muy gallina.
Me excuso pensando que el momento no puede ser el propicio, que vas a pensar mal de mí, que todo va a ser muy incómodo o que simplemente la voy a estar cagando.
Pero la vida es correr riesgos, supuestamente, pero el hacerlo me da vergüenza. Me tupo, y me carga.
Y yo que siempre digo que es mejor arrepentirse de lo que uno hizo de lo que se dejó de hacer, pero contigo no puedo. Cuando apareces tu en la ecuación me importa más de lo que debiera, y no sé porqué, porqué cuando más oportunidades se me dan menos las tomo, o porqué me paso tantas películas y me digo a mi misma "ya, la próxima vez juro que me atrevo", pero no.
Nunca me atrevo, y siempre, siempre, me quedo con las ganas.
Es que quizá no te he reiterado lo suficiente con mis gestos que no me molestaría para nada que fueras tú el que me diera un beso.
27 de agosto de 2007
AmásVe
Andrea tiene diecisiete años. Ha pololeado dos veces y besado a cinco personas, entre la cuales hay una mujer.
Esa mujer se llama Violeta, y ella sí que se llama así. Le gustó Andrea cuando estaban en segundo medio, y finalmente se atrevió a besarla en la soledad de un camarín de niñas a principios del año siguiente. Andrea en esa época se encontraba pololeando por segunda vez, con el que luego describiría como "un pelotudo que se juraba alternativo" y con quien casi perdió su virginidad. No le molestó mayormente el beso de Violeta, ya que consideraba que, al ser mujer, no contaba como engaño en su actual relación. Pero de todos modos, no quiso contarle absolutamente nada de eso al pelotudo.
Violeta es lesbiana. Andrea no fue la última mujer en la que se fijó, y ciertamente no fue la primera.
Al principio estuvo Carla. La bella, sensual, mayor e inteligente Carla. Carla encerró a Violeta en un baño cuando ésta tenía catorce años. Le arrancó de los labios su primer beso y de debajo de su falda se llevó en los dedos un húmedo recuerdo. Violeta, por su parte, se dejó hacer gustosa. Reverenciaba ciegamente a Carla, y cualquier cosa que ella hiciese estaría bien. Y no había nada hasta el momento, para Violeta, que se sintiera tan bien como estar encerrada en un baño con Carla con su mano entre las piernas.
Después de Carla vino la joven sin nombre, a quien nunca escuchó hablar. De ella no sabe mucho (por no decir nada), ya que apenas le vió la cara cuando la sacó a bailar en una discoteque de bellavista. La conoció sólo por esa noche, y se escabulló de ella alegando que necesitaba ir al baño. Es que no besaba bien.
Andrea fue su tercera, y de lejos, más fuerte relación hasta el momento. Violeta se encargó de ser la nueva Carla de la situación, la que profundizaba los besos y abría las blusas colegiales de su amiga. Y ella fue la antigua Violeta, la que cerraba los ojos y ahogaba los suspiros entrecortados.
Nunca se sentían mejor que estando juntas. Andrea siguió pololeando porque no le veía el inconveniente, aunque se empezó a dar cuenta de las fallas del pelotudo. Y Violeta no decía nada, miraba, callaba y esperaba el día en que Andrea se decidiese en terminar.
El problema es que Andrea se dió cuenta que por muy feliz que la hiecese Violeta, siempre le faltaría algo que no podría suplir. Disfrazó su heterosexualidad por confusión y que no sé que hacer, que yo no te quiero de la misma manera que tú a mí, ojalá me perdones algún día, te quiero tanto.
Violeta se fue alzando una ceja y sin decir una palabra, las manos ardiéndole por una cachetada.
Ambas tenían dieciséis.
4 de agosto de 2007
Weapon.
¿Cuántas veces no hemos sido sorprendidos por una frase milagrosa y fructífera explotar en nuestra cabeza mientras leemos una obra ajena? ¿Y cuántas de esas frases son las que luego pasamos con letra indescrifrable y rápida al papel por temor a que se nos escapen, que luego ramificarán en muchas otras frases más haciendo brotar un árbol de palabras?
¿Nunca les ha sucedido el leer algunos versos, y robarse una idea, para escribirla luego de pasada por el vocabulario propio, y darse cuenta con satisfacción que el talento parece perdurar con el robo?
La verdad es que muchas veces me he visto tecleando y anotando poseídamente después de leer a amigos, genios o anónimos. Y quizás alguna de esas cosas de las que más orgullosa estoy de haber escrito fue fruto del más vil de los plagios, y más de una vez me he acordado de la fuente original de mi ingenio cuando repaso algunos de mis escritos antiguos.
Seré honesta y admitiré que ahora mismo no estoy escribiendo yo. Caí en la verborrea ajena y me apropié de unas cuantas letras para hacerlas mías y jugar con ellas a mi antojo.
Pero no me siento mal ni al confesarlo ni al hacerlo. Me acostumbré a admitir que, por mucho que me contrarie o desagrade, siempre me veré influenciada más por lo que me rodea que por mí misma. Siempre. Al fin y al cabo, yo misma y mis intimidades no son más que mis reacciones ante lo exterior que finalmente hago propios, una especie de cedazo de lo externo. No es extraño, entonces, que lo que piense no lo piense exactamente yo, sino que lo adapté. Me lo robé.
Como retribución por mi pecado, entonces, dejo al ojo ajeno el pleno uso de mi escritura, para que otra persona agregue más eslabones a la cadena de la inspiración y sigamos manteniendo viva a la literatura.