24 de junio de 2009

Y volver a reír.

Tu tempestad y mi calma se me suceden a veces con los días, a veces con los meses. Entremedio me quedo mirando al cielo esperando la lluvia y una llamada perdida tuya en mi celular, en tenerte de nuevo a medio metro con tantos secretos por contar y tan pocas instancias para hacerlo. Que me partas de un costado a otro sin saberlo, como siempre, que me dejes rebotando en tu sonrisa mientras yo, para evitarte, bajo al suelo los ojos ocultándote otro secreto más. Uno que me gustaría lamerte en la oreja.
Poco a poco te siento menos cerca y canto internamente mi victoria. Días, horas después, una vereda, un refrigerador, una marca de alcohol determinada, me recuerdan los más casos a una fantasía, los menos a una vivencia. Y me repito que no es sano, porque de partida no sabes, y porque finalmente nunca podrá ser, pero no puedo evitar pensar en lo suave que podría sentirse tu respiración entre mis dientes.
Volver a soñar sobre tu recuerdo se me hace cada vez más fácil; en cierto modo me he resignado a un fantasma de mi propia fantasía basada en ti acompañándome en tu espera. Y es como si supiera que cualquiera de estas noches cuando coartada por un vuelo, por una nebulosa, podré entrecruzar mis dedos con los tuyos por más rato del que se supone una amiga lo haría. Y que entonces el frío que no sienta me permita acercarte a mi cuerpo, y mi boca contra la tuya me dará los segundos necesarios para saber si ese día, y desde ese día, me librarás de tí.

10 de junio de 2009

Amuleto.

Sucedió en una de esas noches frías de Santiago, con esas ganas que me dan a veces de vomitar por la soledad. Tenía un libro de Bolaño abandonado a mi costado, los pies helados y en los ojos asomándome el cliché de unas lagrimas melancólicas. Ahora, ¿de qué?, no tengo idea; sólo sabía que me sentía sola y que por vivir con mi familia en una casa llena de no fumadores no podía prender un cigarro y ver cómo se disolvía el humo hacia el techo para paladear verdaderamente mi pseudo tristeza.
Y pasó que justo esa noche, tan igual a la otras, menos fría pero más larga que las demás, me decidí por suicidarme. Así no más: estoy aburrida, estoy sola, y hasta las hojas del libro que estoy leyendo pueden trepanarme las muñecas. Sentada en la cama, de fuera me veía como la imagen más pacífica de mi misma, la respiración acompasada, ritmo cardíaco normal, pestañeos que se sucedían con regularidad muy dentro de lo común. Pero por detro estrellaba el libro contra el espejo y me rebanama los muslos hasta que alguna arteria perdida en mi carne dejara su graffiti en las paredes como único grito de existencia, porque, claro, yo me quedaría impertérrita observando aquella sangre que manaría con cada empuje de mi corazón exaltado con la paz que sólo viene del conocimiento y aceptacion de la propia muerte.
Y fue ahí que me decidí, que encontré la cura a todos mis males. No a adornarme la piel con quemaduras de cigarrillos, no a rascarme con el mango de un cepillo de dientes la garganta maltratada, no a esconder la cabeza en una almohada cuando me forzara a llorar a gritos mudos con la cara rojísima y lágrimas secas, no: la cura estaba en la muerte, en el abandono, en mandarse un Larra frente al espejo porque sobre todo, la muerte mía tenía que ser con estilo.
Es desde ahí que me las voy ingeniando todos los días a parir una buena muerte, que deje huella, y mi carta de despedida a este con el que siempre me he tratado con mutua pero cordial indiferencia está cada vez más larga y con más borrones de pasta azul apelotonada. Y es extraño, esto de saberlo ya todo, introducir hasta mi muerte en un esquema inamovible, porque me da una tranquilidad que sólo otros pro-suicidas como yo podrían llegar a comprender. Respiro con más propiedad, ya no me río entre dientes y voy metódicamente entregando trabajos para la universidad y haciendo diagramas de fechas, opiniones y hechos luego de leer con anticipación antes de las pruebas.
La sensación que tengo es la misma que a uno le da cuando ve la fecha de caducidad de su comida favorita cuando está revisando el refrigerador durante los ataques de gula: sabe cuando terminará todo, y la opción de comérsela está en sus manos y mente a decidir. Pero por mucho que no sepa cuándo lo va a hacer, sabe que es ya un hecho consumado, y da el tiempo de aplazarlo justo antes del día en que el alimento se corrompa y empiece a incubar hongos.
Eso es. Yo sé cuando voy a terminarme, conozco mi mes y año, sé perfectamente cuando me venzo. Ahora tengo la certeza de que voy a lanzarme a la crianza de margaritas con la carne aun fresca, pero a punto de resquebrajarse.

5 de abril de 2009

Lucky.

Primero el susto en aumento y después el alivio, y su brazo sobre mi cara estirándose por los cigarros cuyas volutas de humo se irán extinguiendo hacia el techo mientras se apacigua el candor entre mis piernas.
Siento las arrugas de la sábana imprimiéndose en mi espalda y trato de recordar cada pliegue de su piel que hasta ahora nunca ha fallado en dejarme la mía tibia y dulce. Volteo para mirarlo y unos cuantos mechones de pelo adheridos a mi cuello por el sudor se ponen tirantes, mientras otros, desparramados por la almohada, van formando elevaciones como olas oscuras opuestas al blanco de las fundas. Sin poder evitarlo alzo la mano y destruyo con el índice el anillo formado recién por su boca redondeada, y lo despierto de su ensoñación cuando el humo gris se deshilacha como una u en el ahora tibio aire de la noche de invierno con las ventanas cerradas.
Me mira y me desarma con una sonrisa que creo conocer tanto pero que nunca he sabido predecir. Apoyo la mano destructora de sus emanaciones sobre su vientre y estiro la boca pidiéndole una fumada. Él acerca el cigarro contenido entre sus dedos y lo deja quieto entre mis labios mientras chupo suavemente. En los segundos que inhalo lentamente él se me acerca y deja su boca entreabierta frente a la mía, para que le sople el humo de mis pulmones hasta los suyos, para darnos luego unos de esos besos suaves que se regalaban con tanto celo en la primera adolescencia, presionando apenas los labios.
Sonríe de nuevo, blanco contra blanco, su piel intermediaria entre el género y sus dientes, y trato de mantenerme lo más quieta posible con mi mano en su cintura. Afuera se escucha el viento y el golpeteo de las hojas con las primeras gotas de lluvia que me servirán de pretexto para tenerlo conmigo toda la noche, hasta el café de la mañana. Sus ojos me perforan como adivinándome el pensamiento, y acomodando una pierna sobre las mías da una nueva fumada y apunta sus círculos de humo hacia la punta de mi nariz, para que yo no tenga que moverme para alterarlos.
No puedo evitar una sonrisa y cerrar los ojos, concentrándome en los puntos de calor que se van extendiendo en mi cuerpo por el contacto con el suyo. Trato de envolverme en la tibieza de sus dedos acariciéandome la nuca y liberando mi pelo de su tirantez por la presión de mi cabeza, extendiéndolos sobre la almohada y pasando sus dedos por él, una, dos, mil veces. Aprieto la carne de su cintura y me cobijo bajo su hombro con un gesto inconciente que debe de haberle parecido algo coqueto, por la forma en que me mira.
Se estira de nuevo, pero ahora para apagar el cigarro en el cenicero del velador. Tratando de separarse lo menos de mi piel alarga el brazo y toma la ropa de cama, dejando algunas frazadas enrolladas a nuestros pies para que en plena noche no despertemos por el calor. Me tapa suavemente, mirando cada lugar donde la sábana toca mi piel mientras la acomoda encima mío, y yo miro sus pestañas y ojos viajar por mi cuerpo como si lo viera por primera vez. Finalmente quedamos frente a frente, nos damos el beso de buenas noches, más calmado y suave que todos los anteriores para no sacarnos mutuamente del agradable sopor en que nos encontramos, y nuestras pestañas se cierran una sobre la otra, entremezclándose hasta el amanecer.

And we made sweet love.

Fue concebido detrás de un banco de plaza una noche tibia de Noviembre en que los futuros padres perdieron su virginidad. Su existencia fue percibida cuando ella, a los cuatro meses, dijo que estaba hecha una vaca y que era raro, porque a ella nunca le engordaba el estómago, sino las caderas y los muslos.
Nació prematuro en Julio y a los abuelos de ambas familias les tocó costear los gastos médicos; la joven madre creyó que desde ese día el niño fue odiado por sus padres y trató de enmendar el daño bautizándolo con el nombre de su suegro: Juan.
Cuando cumplió un año y medio sus papás aplazaron definitivamente los planes de matrimonio y él se fue con otra, mientras su mamá entraba a trabajar al primer café con piernas en el cual al jefe no le molestó la piel suelta de su abdomen y los pechos lacios por amamantar.
Desde el principio, María percibió que su nieto era extraño. Introvertido y calmado, el pequeño era capaz de quedarse horas enteras encerrando hormigas, baratas y gusanos en latas antiguas de conservas que muchas veces rebanaron ligeramente sus dedos sin ningún quedijo de parte del niño. Lo que María nunca notó es que Juan no dejaba a los insectos en libertad, sino que esperaba a estar solo en su rincón favorito del patio para aplastar las baratas contra la pared utilizando una piedra laja y sorber los gusanos enteros para sentir cómo se deslizaban, granitos de tierra y todo, por su garganta.
A los cuatro años su madre quedó embarazada de nuevo. Sufrió una hemorragia luego de un aborto clandestino y Juan quedó vitualmente huérfano, al no recibir llamada de su padre desde los dos años. Su abuela decidió meterlo al colegio de la comuna para trabajar como cajera en un Santa Isabel.
Juan no pudo encajar con los niños de su curso. El silencio, su semblante pálido y sus puños cerrados a los costados de sus bolsillos comenzaron a despertar sospechas en sus compañeros, y sus extraños hábitos alimenticios terminaron por espantarlos y decidieron prohibirle el privilegio de utilizar los únicos dos columpios del patio de los preescolares. En casa, Juan pegaba lentejas a un papel con forma de persona que le habían mandado de tarea y después hurgaba el nogal del fondo con un palo para botar los nidos que en él había. Una vez cayeron de uno de ellos tres pajaritos recién salidos del cascarón que el destrozó contra la pared de concreto.
En la casa, la abuela ni lo veía. Llegaba todos los días a las doce y media y se iba a las seis de la mañana. El niño, solo, engullía puré de caja y vienesas fritas que la vecina le llevaba a la hora de la cena. La once consistía en un vaso de Cola Cao cuya mitad el niño desparramaba por el desagüe del lavaplatos. A la vuelta del colegio, cuando no estaba ocupado atormentando a los seres vivos de los alrededores, se quedaba viendo las teleseries venezolanas y brasileras donde los buenos siempre ganaban luego de que el villano se saliera con la suya un par de veces.
Un día, su padre ausente llegó de visita, para comprobar si la madre de Juan seguía viviendo en el mismo barrio de siempre. En su lugar encontró un niño con las rodillas negras de tanto buscar insectos en el patio y las manos astilladas por las ramas del nogal. Le dejó un billete de cinco mil pesos sobre la mesa y la promesa de volver el martes próximo, que no cumplió. Juan masticó lentamente el papel arrugado y se tragó la promesa junto con el aroma de su padre, una mezcla de cigarros baratos y aceite de motor, con la esperanza de guardarlo por siempre dentro de sí.
Del colegio ahora regresaba con moretones en los antebrazos y pantorrillas por ser lanzado de un lado a otro por sus compañeros por las extremidades durante el recreo. Él no lloraba ni parpadeaba; sólo se sorbía rápidamente los mocos de su nariz sucia o se los limpiaba con la manga.
Las teleseries le dieron una idea. A las doce de la noche del día siguiente, su abuela no lo encontró cuando llegó a la casa. Fue a poner denuncia en carabineros, quienes le dijeron que tenía que esperar cuarenta y ocho horas para declararlo como perdido. A las ocho de la mañana de ese día miércoles, los compañeros de Juan lo encontraron en el patio del colegio.
Sujeto del cable de la tele, el cuello de Juan se cerró a las once veintidós de la noche anterior. Su cuerpo brillaba a treinta centímetros del suelo gracias a las gotitas del rocío, y un pequeño hilo de saliva colgaba de la boca a la que nunca se le escuchó palabra. Sus puños, cerrados, estaban manchados de tierra. Cuando fue descolgado de la barra de los columpios, de la mano derecha se deslizó el único gusano que se salvó del estómago del niño.
Fue la primera y última manifestación de su orgullo infantil. En su teleserie ganaba el bueno, vengándose al fin de todos los malos y consiguiendo que nunca, nunca más, alguien se balanceara en los columpios.

1 de marzo de 2009

I never meant to brag.

Tuve el déjà vu de la noche en que entramos a ese local en que tocaban música en vivo y las sillas era todas distintas, como para que se mostrara su eclecticidad hasta en el mobiliario, y donde finalmente una astilla me cagó las pantys del muslo a la pantorrilla con un hoyo grande que se iba deshilachando hacia abajo. Allá donde pediste una canción, no me acuerdo bien cuál, pero no me gustó y sonriendo te dije que era buena. Qué terrible fui, fue sólo por robarte un beso y consolarme del terrible atentado de la silla a mi vestimenta.
Y duespués, qué fue, ¿vino?. Sí, vino tinto, porque después de un rato los labios se te pusieron rojos, rojos, y tu saliva estaba un tanto amarga pero aún dulce. Rica, como tú y como el vino. Y después mi canción, la que me imaginé bailando encima de la mesa pero que mi propia copa de vino aun no me daba el valor de hacer.
También está en mi recuerdo el resplandor suave de tus uñas cuando jugabas a golpear y girar suavemente la caja de fósforos sobre la mesa; brillo, que de alguna manera, sentía te rebotaba en los dientes cada vez que sonreías por cada juego de palabras estúpido que me dió por inventar esa noche.
Nos veíamos tan lindas, tan tontas, dentro de nuestra alternatividad auto impuesta tanto en actitud como vestuario. Y lo mejor era que a nadie le importaba, porque o estaban todos borrachos o todos en plan de estarlo. Y me acordé tan patentemente que la primera copa de vino que pediste yo la probé después que tú, dejando la marca de mi brillo labial sobre el tuyo, en el mismo lado del vidrio.
También que a la vuelta corrimos de la mano, riéndonos ebrias, y encontramos un paradero que no tenía ningún aviso en el panel. Entonces que pegamos los labios bien fuerte cada una por su lado para besarnos entre el plástico transparente aún con la iluminación blanca por el borde.
De todos los besos que nos dimos esa noche, ése fue el mejor. Yo creo que es porque la luz me lo dejó tatuado en la retina, como una foto, que siempre me va a recordar lo locas que estábamos y los bien que siempre lo pasamos esas primeras noches de invierno, esquivando las pozas.

28 de diciembre de 2008

Get what you deserve.

"El naranjo se está muriendo."
Alzo la vista de los hielos que flotan en la bebida. Como si el naranjo fuera la excusa, que porque el árbol se muere, nosotros también.
De ahí, de un tirón, que soy medio puta, un poco agresiva, un poco negativa. Esperé cinco minutos de tu perorata viendo como un hielo se caía sobre el otro, pensando en comprarte o no todo el discurso autosustentado de tu futura desaparición.
"Agresiva, ya. Negativa, también. Pero puta, nunca."
Tu risa corta el aire, mi garganta y las hojas del naranjo. Puta, sí, me dices. De todas maneras. ¿Que acaso, en el carrete, no me comiste la boca? Cuando nos conocimos, ¿te acordai?
Intento descifrar mis conductas sobre las espirales de la mesa. Necesita una nueva capa de pintura y algo que evite que se oxide, ahí, bajo el naranjo.
Trato de echarte, imaginando, ojalá con una cachetada de tu parte para permitir la escena en que yo te pego en la entrepierna y no puedas decirme nada. Pero no me sale. Ni siquiera trato de abrir la boca, porque me va a a temblar la voz. Y ahí, sigues, que tal cosa, que tal otra, que los ojitos que le hago a todo el mundo, que porqué tambien hiciste lo esto y lo otro. Y yo veo pasar en mi cabeza un inventario de mis secretos que viste tras las puertas y dentro de los cajones, o quizás los ojos lanzados hacia tu cuello cuando esa noche el frío empezaba a calar hondo pero ninguno de los dos sintió nada.
"Me llama la atención, ¿sabi? Que siempre has sido capaz de contestarme todo lo que has hecho desde que estamos juntos, pero de la noche en que te conocí, nada."
Qué estupidez, decirte que fue aburrimiento, que fueron los deseos de provocar envidia, de venganza. Cuatro meses a la basura sólo por disimular y no confirmar tus teorías sobre mi comportamiento liberal. Te he tratado de decir burdamente ya de antes, que la química y el destino y cosas que ni yo me creo. Pero nada.
"Lo que pasa es que tu no quieres reconocer que no podías aguantar pasar el fin de año sin pareja" me animo a decir.
Se cae una hoja sobre la mesa, a pesar de ser pleno verano. Miras cómicamente la sombra alargada por el sol de la tarde y con la mueca irónica de a quien le gusta patear estómagos cuando la persona ya ha caído me dices que ahora puede explicarse que yo haya nacido en enero, que yo puedo haber nacido muerta de adentro como el naranjo a pesar de ser verano.
Y como si no bastara, me dices que yo te gustaba en serio. "Pero de ahí... te conocí. Eso, te conocí. Y cagaste todo".
Yo ahora me esfuerzo por llorar. Pestañeo, mojando mis ojos, imaginándome caminando sola por la casa, al fin, sin tí, agradablemente sola de nuevo, rasgando con ansias los minutos que faltan para que te vayas dando un portazo y me devuelvas la intimidad. Quiero que te vayas para que yo recoja las naranjas podridas de las ramas y botarlas, después regar el tronco de éste único árbol en mi patio para hablarle mi día sin mencionarle que tú ya no eres la distracción no placentera de mis días.
Quizás si estoy muerta por dentro.

8 de diciembre de 2008

I see the lie.

Derrepente me fijé que era la imagen congelada en una ventana y me sentí profética.
Cuando no hay ni un alma en las calles y caminando estiro el cuello buscando sonrisas y besos en los balcones
Y me gusta cuando está nublado porque así siento que la madrugada no se acaba nunca,
que el pelo se me va limpiando del cigarro con cada caricia del aire frío cortándome el cráneo.
Por eso cuando la ví pasar con el abrigo cruzado sobre los brazos mirando hacia arriba, le sonreí y le tiré un beso.

18 de noviembre de 2008

Just stay alive.

Finalmente nunca es tan tarde y se supone que te puedes arrepentir, pero la verdad es que no creo que seas capaz de desdibujarte los rastros de mi lengua en tu espalda o mis uñas enterradas a tus caderas.
Al menos, aprovéchate y piensa en nosotros en las tardes lánguidas de domingo en que después de almuerzo no tengas nada más que hacer, y apuesto que el recuerdo de mis suspiros entrecortados en tu oreja aun serán capaces de arrancarte una sonrisa.
Guárdalo como el mejor secreto, porque ninguno de los dos quiere hacerse responsable de lo que el humo amargo fue capaz de reunir luego de tantos intentos fallidos a lo largo de los años. Sé que compensamos más de lo que debiésemos y que nos dejamos llevar, pero ambos sabemos que de ahora en adelante, si te ignoro, será por escoger el menor de dos males.
Mejor vuelve a tu polola, que yo me devuelvo a mi vida con una nueva cicatriz para acariciar. Ojalá que con el avance de las horas no quiera que me la abras de nuevo.

13 de noviembre de 2008

Cartografía.

Me ha pasado que mirándome a las puertas del metro no me he reconocido. Pero no con esos espasmos de desconocimiento, como de mirarse y encontrarse más avejentada o más guapa, no, hablo de verdaderamente desconocerse. Haberme acostumbado tanto a mi propio reflejo que me llama la atención la manera en que se inclina mi nariz, los párpados, el ángulo de las pestañas y la sombra de mis pómulos. Y después de un rato me miro y me pierdo en mí, me comienzo a desesperar al ver que esa imagen del reflejo corresponde a un referente verdadero, y que aquél referente obedece al aspecto físico que se refleja y se desdibuja para mí, y no puedo creer, por unos instantes, que yo sea yo; que la gente, al hablar conmigo, haya visto esa cara, esos labios dibujándose en palabras, y no les haya llamado la atención que esa persona con quien conversaban estuviese encerrada en aquél cuerpo.
Son esos momentos en que creo vislumbrar los inicios de mi locura, y para evitarla momentáneamente, aparto la vista de mis ojos por un segundo, y la vuelvo a centrar luego en mí, para agradecerle a lo que sea que lo decidió, el haberme dado esta cara y este cuerpo, que tan bien han sabido aguantarme dentro de sí.

9 de noviembre de 2008

I like it rough.

Me voy a hacer la loca.
La que aquí no pasa nada.
Para ver, si así, con indiferencia
Logro interesarte de una vez por todas,
O si sin ti
finalmente seré feliz.

4 de noviembre de 2008

Encore.

"Cómeme".
Eso. Envolverme en papel de chocolate y esperarte en la puerta de tu casa con esa palabra escrita en la tarjeta del regalo.
No, muy malpensable. No es que no quiero que malpienses, pero ¿cómo voy a hacer para irme en la micro con un letrero de "cómeme" amarrado al cuello y los brazos pegados al cuerpo por el papel aluminio?
No, mejor no, mejor te regalo unos chocolates y la tarjeta la escondo entre el papel de regalo y el del chocolate.
Pero en vez de "cómeme", le voy a poner "te quiero. gracias por ser mi amigo"
Sí, eso mejor.
Así me ahorro un par de explicaciones y no te pierdo de una manera tan estúpida.

23 de octubre de 2008

De tripas corazón.

Sería tan lindo estar hueca por dentro. Como un huevo, un hoyito por debajo que bota todo, todo, y queda igual para el resto, nadie se da cuenta y uno lo puede adornar con lentejuelas y témpera mezclada con cola fría. Queda súper lindo. Así, como un huevito de pascua, quiero que me sequen y me pinten. Quiero ser bonita, y no quiero llorar más.

29 de septiembre de 2008

Carmensita.

Al susodicho lo ví el viernes tocando quitarra en sensual pose que, combinada con el vino de guinda y el rock de los setenta, me provocaron algo así como una apoplejía imaginaria que curiosamente desbordaba imágenes de escenas eróticas a velocidad vertiginosa. Lo ví, de nuevo, al día siguiente, y esta vez hice como si nada y le fui a hablar.
Fue ameno, me sentí media jote pero siempre buena embajadora de mi persona. No pude evitar encontrarlo algo pastelito, pero su perfección anatómica obviaba cualquier defecto de personalidad. Conversamos unos diez minutos y llegó uno de sus amigos a pedirle un cigarro, él se lo dió y se excusó para ir al baño, dejándome a mí y al recién llegado hablando nimiedades.

Y resulta que el adonis no volvió. Se fue a revisar no sé que cosa, y yo cada vez más desesperada al ver cómo la mirada de mi nuevo interlocutor cambiaba de enfoque y empezaba a considerame en un plano digamos más allá del casual.
Me llegó a mí el turno de excusarme, y me fui a compartir la derrota con un amigo. Al decirle "Parece que no estaba ni ahí" me dijo "¿Porqué? ¿Se fue al baño o algo?" me sentí reverendamente estúpida. Comprendí de un sólo golpe una estrategia masculina que para no herir recurre a una salida quizá algo cobarde y que me molestó más de lo que quise admitir. Me sentí arrastrada, patética, fea, tonta y con cero profundidad. Miré una vez más al fruto de mi lujuria y el medidor de patetismo me subió tres grados, volví la vista rápidamente y recité mentalmente todo mi salmo coprolálico a ese metro ochenta de sex appeal y ojos claros.
Después putié a la primavera un poco, me terminé de un trago la cerveza y me evaporé del lugar.

Yeneréishon écs.

"Todo el mundo tiene un «extraño fundamental» en su vida, Andy, un extraño que sin quererlo ejerce un raro poder sobre uno. A lo mejor es el chico con los pantalones vaqueros cortados que te siega el césped, o la mujer que te registra el libro en la biblioteca... un extraño que si vuelves a casa y encuentras que te ha dejado un mensaje en el contestador automático que dice: «Déjalo todo. Te quiero. Ven conmigo a Florida», te irías con él."
Me encanta ese libro.

29 de agosto de 2008

Sólo para mí.

Esta soy yo, prostituyéndome de una manera deliciosa. Qué tanto que ya no sea la misma que hace cuatro meses, no es tampoco que esté irreconocible. Y ya, ahora puedo soltarme el pelo y jugar a que viene el verano, como si me gustara toda esa parafernalia de cuerpos exhibiéndose y jugos de frutas naturales con hielo picado, porque ahora soy otra, una puta, una puta producto de la sobreexposición a trabajos mentales prolongados que me han dejado el cerebro del tamaño de una pasita del Valle de Elqui.
Ya me veo a mí, en esa calle sin bifurcaciones ni letreros, con los anteojos de sol cuneta y el brazo afuera como taxista, pero de copiloto, imitando la típica escena de libertad adolescente hollywoodesca de sacar la mano por la ventana y hacerla subir y bajar por las olas de aire. Y la velocidad que entra por la ventana y desordena el pelo pero no la sonrisa, y menos la juventud, los pies apoyados en el tablero con algodones entre los dedos para que no se corra el esmalte y en la radio una canción antigua cuya letra se recuerda a medida que suena.
Yo quise transformarme en esta idea de mí misma, y si me cambia la actitud es porque no tengo el presupuesto para renovar el vestuario. Por ahora me conformo con la lycra imaginaria y la red que enfunda las piernas, parada en mi propia y utópica esquina, esperando a ese auto, justo ése auto, que bajará el vidrio y hará que esta profesión se vuelva lucrativa.
Pero ojo, que aquí por la falta de sinapsis y el exceso de literatura, se me ha pegado lo metafórico y lo de no limpiar lo devuelto con toalla nova, y es por eso que ahora dejo expuesto este lado b de un análisis interno muy extenso y que no necesariamente algo tiene que ver con el mercadeo sexual.
Finalmente, reconocer que lo mío no es más que una proyección mental que de absurda tiene tanto como a mí me falta el estoicismo. Seguiré leyendome esos libritos de bolsillo con las posiciones y comiéndome un sandwich, haciendo hora en Baquedano y jurándome que la dieta la empiezo mañana y que en un mes más estaré rica e irreconocible como me creo ahora. Pero bueno, de algún lado tengo que partir, y si no parto apenas yo quiera es porque siempre he pensado que esto de la prostitución necesita del proxeneta. Es que no soy buena en matemáticas y me dejo convencer con facilidad.

1 de agosto de 2008

Cosquilla.

Era tan lindo cuando salíamos al balcón y hacíamos que nos gustaba ver el atardecer cuando a ninguno de los dos nos gustaba el sol. Esperábamos que dentro la fiesta se encendiera como sólo lo hacen en las noches de verano y entonces yo me arrimaba tí alegando que me daba frío la brisa tibia de las diez y media. Me mirabas y yo contaba las entrellas en tus ojos sintiéndome hermosamente cliché, sin saber qué decirte. Veía cómo la sal se te pegaba en el pelo y hacía como que tu mano en mi hombro echaba allí raíces y nos quedábamos ahí en el balcón coordinando nuestra respiración, hasta que alguien llegaba con una cerveza en la mano y con tono alegre le comentaba a la comitiva que lo pudiese haber seguido que nuestra amistad era envidiable.
Eso fue el verano pasado y a mi tus ramas se me quedaron enredadas en el pelo. No me las saco porque las manos se me pusieron rígidas cuando las crucé a la espalda de tu nueva polola, cuando la abracé como a una hermana.

19 de julio de 2008

Catcher

Resulta que estoy total y completamente enamorada. Con él me acuesto cada vez que puedo sin temor a que nos oigan e ignorando los anticonceptivos, total, que el embarazo no me importa y él ya es muy viejo para embarazar a nadie.
Algunos especulan que él ya ha muerto pero a mí la lujuria no me la quitan con sus recortes de diario y discusiones de foro en internet. Porque a pesar de los cuatro años que lo vengo conociendo y todavia no sé nada de él, me encanta, me revuelve todo cada vez que cuento las cicatrices en su pecho y las ojeras de panda que luce en cada imagen. Trato en vano de acercarme a su mente como me sé capaz de acercar a su cuerpo y por eso inspecciono todo lo posible para leer lo mismo que a él le gusta, para entrar en esa tormenta tan artística y trillada que ya es propia del medio en el que el y yo estamos inmersos.
La diferencia es que sé de hecho que él desapareció hace más de trece años, pero eso no evita que me visite cada vez que lo evoco y que yo desee conversar con él para que me encuentre inteligente, para decirle que yo estoy enamorada y que él no es otra de mis obsesiones pasajeras como a los dieciséis fueron los huesos. No, yo quiero que sepa que haré lo posible por ayudarlo, pero que no quiero cambiar quien es, porque me gusta esa oscuridad y sufrimiento propios de su persona. Además, a mi me gusta el tormento que exuda por cada poro y queda más que perfecto en mi historia como aquel a quien amé devotamente pero que no fui capaz de ayudar, y que aun a pesar de mi presencia constante terminó desapareciendo y dejando su auto a un costado del camino.
Me gusta pensar que podré pavonear las lágrimas que por él voy a llorar así como las sendas de rímel que bajarán por mi cara por su culpa, de su profundidad mental, sus oscuros comentarios sobre el existencialismo que me susurrará todas las noches que yo quiera al oído luego de que hayamos hecho el amor.

After Eight

Exquisito dolor es aquel que se disfruta. El que se anhela: el que inspira.
Desafortunado es el que siempre se siente.
Cuando viendo fotos ajenas, escuchando inspiraciones líricas ajenas, sintiendo como dos manos ajenas se juntan,
se sufre.

26 de junio de 2008

Edwards

No me toleran mucho. Lo más triste de todo es que la gente que se acerca a mí lo hace por interés, por su imagen; algo así como para que los demás digan que por hablar conmigo tiene que ser una persona muy cuerda o muy buena. Algo de ese estilo. Que si son capaces de sostener una conversación conmigo por más de minuto y medio sin que se les note incómodos es porque son terriblemente empáticos, porque saben como comunicarse hasta con los más desvalidos, los más cagados de la cabeza, como yo.
Pero esas conversaciones triviales y siempre comentadas no duran mucho. Ya sea porque pierden el interés luego de un rato o se sienten perturbados, la mayoría de las veces se contentan con palmearame en la espalda deseandome una mejora en mi día o una mirada de lástima, de conocer más el mundo, de haber sido capaces de llegar a la adultez bien parados, de conmiseración. Y aunque me dan asco no les digo nada y los dejo esparcir mi fama, que cuenten lo sombrío que soy, lo increible que es que aun siga vivo con lo negro que lo veo todo. Que no son capaces de comprenderme, pero que igual soy "buena onda". Eso, y una mierda.
Por dentro quizás se alegran de no ser yo. Se contentan por ser capaces de disfrutar de una pizza entre amigos, de concentrarse para estudiar, que no comprenden cómo alguien puede ser tan inteligente pero estar tan atormentado, y se alegran del futuro orden de sus vidas, de las promesas de futuros éxitos, de vidas con pocos sobresaltos y anécdotas de cóctel.
Y yo voy a ser una de esas anécdotas: el loco que estudiaba con ellos en su "oh tan buena universidad" pero que claramente tenía trastornos de personalidad o psicológicos, que teía temas no resueltos con mis padres, un guevón desplazado que no conversaba con nadie. Obvio, después de su introducción exagerada de detalles sobre lo sombría de mi persona, procederían a narrar como hazaña épica esa tarde en que, apiadándose del leproso, le tendieron una mano y bajaron su magna mirada ante sus ojos suplicantes, y le preguntaron cual cura confesor "y a tí, hijo mío ¿qué te aproblema?" De cómo asinitieron ante mis cavilaciones, mientras se daban cuenta que las miradas se giraban hacia ellos y los murmullos comenzaban, cómo sonreían sutilmente para hacerse los que escuchaban pero realmente guardaban mis comentarios más extraños, para reproducirlos una y mil veces despues con la presición de un reloj suizo.
Y mientras ellos tras sus camarones y copas de champaña de segunda clase brinden en mi memoria con su sonrisita hipócria, yo, años antes, estaré lamentándome de sus patéticas y poco emocionantes situaciones, agradeciéndole a los cortes en mis muslos y mis brazos, las imágenes grotescas en mi cabeza y las uñas en las costillas, pensando que si bien soy más anecdótico de lo que quiero asumir, al menos puedo decir que yo viví realmente, que yo he visto el lado oscuro y que camino todos los días por aquellas calles en las que ellos ni sueñan en pisar. Y que yo me saqué el velo de los ojos y estoy ya tan acostumbrado a mi realidad que soy capaz de expresarla en tono monocorde y como si me importara poco más que una mosca, cuando por dentro me regodeo de su asco e interés ambiguos que mi persona les provoca.
Si al fin y al cabo no quiero que me dejen solo. Hasta yo me doy cuenta que lo que quiero es llamar la atención. Pero me justifico de interesante y verdadero conocedor de la vida, acato mi manera de pensar como verdadera, cruda, sin disfraces, en vez de considerar que verdaderamte puedo estar enfermo. Me siento lúcido por unos instantes y pienso en dejar de llamar la atención de esta manera, pero la verdad es que no quiero.
Si lo que verdaderamente le gusta a la gente común es el morbo. Las costras, el pus, las heridas ajenas. El dolor ajeno. Y yo se los doy.
Una relación emisor-receptor perfecta, actual. Bien acorde a los tiempos.

16 de junio de 2008

Sunburn

Como cuando para hipnotizarte te piden que pienses en aquel momento en que fuiste más feliz y hubieses deseado morir para llevarte contigo ese recuerdo perfecto, yo siempre escojo el mismo momento una y otra vez.
Es una pieza, pero el entorno no es el que importa.
Es una cama. Una tarde de primavera, con la ventana abierta hacia el atardecer cálido de los primeros días de Octubre y que contra mi espalda hacían llegar los rayos del sol. Pero la verdad es que de esto yo no veía nada porque tenía ante mis ojos mi propia sombra proyectada en la piel suave de un cuello en aquel entonces amado, mientras por la nariz me dejaba drogar por su olor y sólo entreabría los labios para no darle un beso. Me hacía la dormida, me acuerdo, y creo haber cerrado los ojos para dejar que sólo la luz entrara por los párpados, y me sentía el corazón palpitar en las orejas.Por todas partes me llegaba algo, y todavía soy capaz de sentir mi pierna izquierda entre otro par, mi brazo bajo su cintura y el otro sobre su pecho, todo inmóvil porque todo calzaba perfecto. No soy capaz de describir mis latidos irregulares, que creo se saltaba bombeos por la pura felicidad. Podría haber muerto. Ojalá hubiese muerto.En ése momento no tenía idea de traiciones, de esconderle cosas a mis papás, de preguntarme una y otra vez lo que estaba haciendo, si estaba bien sólo porque así se sentía. Me acuerdo que omitiamos el hecho que por uno de los lados había un compromiso, y que eso hacía de nuestro abrazo algo aun más especial.Porque nadie podía saberlo, o nos odiarían apenas supieran.
Y ahí termina. Cuando escuchamos a su mamá subir la escalera, y tuvimos que desprendernos del segundo útero con tanto dolor como la primera vez. Yo me senté en la cama con aire indifernte, mientras su madre tocaba la puerta de la pieza y nos preguntaba cómo estábamos.
De ahí no sé que pasó. No me acuerdo qué hicimos después, pero de lo que estoy segura es que ni siquiera intentamos abrazarnos nuevamente. No sería lo mismo y tampoco deseabamos tratar, porque ya lo sabíamos; se había terminado.Pero aun tengo su olor dulce en la nariz, el que a pesar de los años sigo reconociendo como su perfume cuando alguien se cruza por la calle. Tengo el sol tatuado en la espalda y las piernas siempre tibias entre las suyas, y la certeza que tengo para coleccionar uno de los momentos más hermosos de mi vida que sólo el olvido involuntario me puede arrebatar.