10 de diciembre de 2012

Airplanes

Antes no estaba bien, pero sobrevivía.
No digo que me esté muriendo. Pero si me detengo a pensar no puedo evitar sentir esa presión en el pecho, darme cuenta de cómo sale el aire, empujarlo fuerte para que salga de mí.
Que nadie me saca la luz blanca de unas cortinas semi transaparentes, la ultima mañana que supe iba a despertar contigo. Qué injusto que entonces empezara a dolerme el frío de tu respiración sobre mi hombro. Que nos hubiéramos dejado de ver un mes para que no nos pasara lo que me empezó a pasar en ese momento, y que nos demoráramos horas en encontrar una pieza a esa hora.
Y días después abrazarte y huir de tu cara, y dejarte parado en la entrada del metro mientras yo escapaba de mí, y me decía que yo ya sabía que esto me iba a pasar, que siempre que alguien se va, algo de tristeza va a haber. Y que después el tiempo haría que querer verte fuera un deseo menos fuerte, que cuando alguna amiga que sabía de tí me preguntara que cuándo te había visto yo le contestara que te habías devuelto sin rastro de pena.
Sobrevivía. Pero si logré engañar a mis amigas era porque quería mentirme a mí también. Porque me dije, te juro me dije que extrañándote estaba siendo estúpida. Que tú con tu madurez, tu experiencia de vida y tus amores pasados (tus amores de verdad), ya habías vivido esto. Que podías querer verme como quien se pregunta por ese amigo de la infancia, con nostalgia pero sin esa punzada de incertidumbre, esa impotencia. Y luego estaba yo, con lo diferente a tí que soy, lo niña que me sentía que estaba contigo, lo mucho que aprendí contigo cuando yo no te había enseñado nada. No tenías nada de mí que extrañar. No podías hacer más que recordarme con cariño. Así que a mí me quedaba olvidarte y estimarte por el resto de mi vida. Pero superarte.
Y antes no estaba bien, pero sobrevivía. Dejé de verte y bloquée tus actualizaciones en Facebook. No podía verte en fotos con los mismos pantalones rotos que más de alguna vez te saqué y tiré al otro costado de la pieza.
Antes estaba bien. Antes de saber que mi menosprecio por mi mísma no necesariamente se fue contigo en el avión. Antes de darme cuenta de que, tal como yo te tenía impreso en mis recuerdos que me obligaba a sepultar para dejar de ilusionar tu persona en la distancia, tú podías estar haciendo lo mismo

.
No me esty muriendo, pero te extraño. Y qué rabia, qué rabia, esto no tenía que pasarme. Pero te extraño y quiero invitarte a una cerveza. Quiero conversar sin el compromiso de intentar impresionarte, escucharte sin la presión de tratar de coquetear contigo. Esperar a que el día empiece a morir para que me digas que nos vayamos a tu casa y después, mucho después, darte la espalda y sentir tu brazo abarcando mi cintura, tu pierna sobre las mías.
No me estoy muriendo, pero quiero verte. Y tengo demasiado orgullo para decirte todo esto. No porque sienta que no eres digno de tal confesión, no, para nada. Es porque soy demasiado orgullosa como para decírtelo por una pantalla que te permita ver cómo inevitablemente me quiebro, porque soy una llorona y hablar desde mis profundidades siempre me hace llorar. Y te he dicho que me carga llorar.
No me estoy muriendo, pero quería decírtelo. No estoy enamorada de tí, pero te extraño. Puedo vivir sin tí, pero a una parte de mí le cuesta.
A esa misma parte que hace que algunas veces, cuando a punto de dormir, te acerques a mi memoria y sienta esa impotencia, esa rabia de no quedarme dormida con tu respiración sobre mi hombro. La que ya no está tan bien, la que no sobrevive tanto.
La misma parte de mí que me impulsó a escribir esto por la mínima posibilidad de que la leas.

30 de mayo de 2012


La incertidumbre, la intriga. Esa sensación en el estómago que cuesta admitir que se extraña.
El alcohol ayuda, siempre.
Y estar contra una pared, no escuchar ni los propios pensamientos por la música y las voces, y hacerme la que no entiendo, la excusa, sí, la excusa de mirar hacia arriba, a los ojos, sonreír y decir “¿ah?”, ayuda también.
“Que eres muy linda”
“Gracias”
Una piscola fría que niegue el invierno que empieza afuera, ignorar que no hay plata para el taxi, que esta noche no dependo de mi y que probablemente lo pase normal, más o menos. Nada del otro mundo.
“¿Viniste sola?”
Preguntar por la pareja de ese modo escomo preguntarle el apellido de quien se te olvidó el nombre, como decirle “¿y cómo te busco en Facebook?”
“No, con unas amigas no más”
“¿Querí bailar?”
Y la sensación en la guata cambia. No, no quiero bailar.
“Ya po, dale”
No, no quiero tener que gritarte mi nombre en la oreja, tener que responder qué hago, si vengo acá siempre. No me interesa de qué signo seas. Se me fue la sensación rica, del susto amortiguado, de saberme observada, pero de lejos. Ya no es el cosquilleo agradable, no, ahora es el asco. El pánico.
“¿Qué?”
“Un magíster”
“Buena”
Cállate, cállate, te importa un pepino y a mi también. Pero ayuda pretender. Hacer como que los cinco minutos de interacción puedan ser el principio de una historia que contaremos mil veces. Borrarse, anularse, crearse de nuevo ante los ojos de una persona.
El cinismo, el coqueteo, y más alcohol, ayudan.
Abrir la boca, cerrar lo ojos, levantar los brazos, ponerse a saltar. Ahora es posible alejarse unos centímetros.
“Me encanta esta canción”
Y tú me aburriste. La verdad es que nunca tuviste oportunidad. No eres tú, soy yo. Yo, yo estoy cagada. Yo, siempre. Te usé, sí, te usé: fuiste el momentáneo alimento de mi ego. Y ahora necesitas desaparecer.
Y empieza la táctica, lanzarse en picada cada vez que nuestras caras coinciden en enfrentarse. Pánico. Aléjate de mí, qué asco, no, no de nuevo, córtala. No quiero.
“Oye, sabes, quiero ir a buscar a mis amigas”
Sí, sabes. Chao conmigo.
“Dale, nos vemos”
La separación alivia. Perno. Guácala. Eso me digo: “qué tipo más latero”.
Pero no importa que no me acuerde después de tu cara, que solo evoque detalles ínfimos. La luz de la calle que te rebotaba en la oreja, el momento congelado en el que alzaste tu brazo para ofrecerme un trago de tu vaso. No importa como lo haya pasado durante, que apenas me tocaste la cintura bailando me quise  morir, quería escaparme, tirarte el trago encima, da lo mismo. Lo que importa fue el rato, los segundos, en los que de lejos no era nada, pero podía ser, pero aun no era. Que me miraras, bastaba. Te estoy agradecida.
Otro trago más ayuda.
Todo para sentirme un poquito menos sola. 

10 de abril de 2012

Me gustaría decir que fue la influencia de los años preguntándome de ti a la distancia, pero la verdad es que aún no he trabajado mis movimientos en profundidad, ya que sólo me he quedado en las consecuencias. No te conozco en lo más mínimo a pesar de saber de ti hace ya demasiado tiempo.
No sé si pensarte cínica o románticamente, si debiera imaginarte la curva del cuello o burlarme de cómo hablas; no sé, de hecho, si debiera pensarte en absoluto.
He dicho muchas veces en este último tiempo que no quiero sobrepensar nada. Que quiero regirme por los principios básicos y remolados que ensalzan la simpleza mental de tu sexo en lo que a sentimentalismos se refiere (qué egoísta, ¿cierto?), para no caer en el pecado autodestructivo de tratar de descifrar cada gesto o ausencia de éste. Siento que cada deseo que puede nacer -en este momento- en torno a tu ausencia sería una obligación premeditada más que un reflejo de lo que pienso o quiero hacer.
Una parte de mí no puede evitar el querer arrancarte de brazos ajenos sólo para sacudirte un rato, tentarte lo más posible, e idealmente dejarte colgando de algunas hebras de la respiración que cae de mi boca. Y que en un escenario perfecto yo descifre tu figura bajo la tela y te deje jadeando, inconcluso, para irme con media sonrisa y medio pito dentro de mi cartera.
Pero la otra parte de mí, la realista, la que conoció tu boca por breves instantes, sabe que de llegar el momento yo desecharía mi plan y cambiaría los roles de nuevo. Porque si fui yo la que te dio un beso, después fuiste tú el que no quiso dármelo de vuelta.
Entonces vienen los pensamientos como cascada, y chocan con las pocas cosas que he llegado a saber de ti y lo que intuyo debe estar pasando ahora en tu vida. Qué ilusa, qué tierna, pensar que alguna vez pude haber dejado una mella en tu cerebro que fuera más que momentánea, pero con el pasar de los años no he sido capaz de aprender que alguien como yo es incapaz de convivir con alguien como tú.
Pero, quién, dime, ¿quién? va a sacarme este picor de los dedos por sentir entre ellos la carne de tus caderas. O las ganas terribles que tengo de volver menos inocentes que antes a escuchar música en silencio mientras el humo amargo nos gritaba dentro de la cabeza. Quién, por favor, será el que retome tu tarea y me remezca del ombligo hacia abajo con una palabra mal dirigida por ti, mal entendida por mí; quién va a ser el que se asegure que la próxima vez nadie pegue un grito que nos interrumpa y yo pueda seguir lo que comencé.
Dime, quién, porque doy por seguro que no vas a ser tú.

25 de marzo de 2012

Me aburrí de besar a desconocidos, de seguir acostándome con el mismo hombre que no le importa que no lo ame. Estoy cansada de dejarme querer una noche por mujeres delgadas, sólo para que me acaricien en la cara y me digan que soy linda, para pedirles que vayan a buscar a un amigo que tenga marihuana.
Me cansé de seguir buscando a hombres apáticos, a los que no les intereso más que para conversar, a los que les conviene que sea atrevida, que los agarre de la polera para acercar sus caras a la mía. No quiero seguir mientiéndome con el discurso de independencia, cuando en verdad me quedo pegada mirando mi celular esperando por un mensaje que nunca llega.
Me aburrí de ser cínica, de creer que por la piel se llega a la ternura, que si no dejo rastros de mi memoria en el recuerdo ajeno a mí me va a doler menos. Llevo años mintiéndome y estoy cansada.
No quiero seguir despertando arrepentida, no quiero seguir duchándome apurada en casas ajenas, de tener que pedir toalla y desodorante a la rápida. Porque siempre llego a mi casa a ducharme de nuevo con tal de volver a mi propio olor.
Quiero amanecer un día y rehusarme a abandonar el calor ajeno. Quiero hundir mi nariz en la curva de un cuello y querer quedarme ahí horas.
Quiero dejar de buscar canciones, de buscar películas, cualquier cosa que me diga que somos más los despechados que los amantes. Quiero cambiarme de equipo, quiero ser cliché, quiero dejar de actuar en base a mis impulsos y quedarme sola, bien sola, un rato.
No me importa el origen bioquímico de todo esto, quiero abandonar ese argumento que he esgrimido por años para coartar mi soltería. Por primera vez en mi vida estoy dispuesta a dejar de engañarme, pero no puedo hacerlo sola.
Ya no.

24 de enero de 2012

Nadie supo.
Fue sólo el fin de semana siguiente que decidí confesarme a la única alma que escucharía ese secreto realizado en público. Y con qué público, con qué descaro me lancé, me hastié, volví y repetí.
"Mentira, ¿cuándo?", me preguntó incrédula después, cuando ya mi breve historia escapó de mis labios y encontraron resguardo en ella. "No sé" le dije. Y seguí: "en un momento estábamos en la cocina y... zas"
No pude evitar sonreír maliciosamente, "y lo mejor de todo es que nadie cachó. Cuando bailábamos y apagaban las luces, de nuevo. Y cuando las prendían había distancia prudente".
Me miró con los ojos bien abiertos, "mentira. La hiciste. Nadie cachó. Y él cachó menos."
"Si sé" le respondo. "Pero era algo tenía que hacer, se venía desde que nos conocimos en el preu. Y siempre pensé que era bonita".
Nos lanzamos una mirada cómplice, sin mencionar que en la misma fiesta que nos conocimos por él, yo no sólo había besado a otra persona, sino que a una mujer, una que él conocía. Y mientras alzábamos los tragos casi simultáneamente, ella escondía lo que me diría más tarde; que él estuvo mirándome toda la noche y que yo le hablaba poco, que ella sabía de esto y que él tenía los signos inconfundibles del capricho.
Cada una acercó su vaso a los labios y sorbetea ligeramente un trago más fuerte de lo normal, por haber llegado temprano a la fiesta.
Se detiene un poco, y evaluándome, me mira.
"¿Eres bisexual?"
"No, weona".
Risas.

Más y más

- ¿Te estás comiendo los cueros de nuevo?
- Córtala, mamá.
Liberó su mano de las suyas, donde un pulgar enrollado en un parche curita le había llamado la atención a los dedos de su madre.
- ¿Estás bien?
Tomó aire, como cada vez que alguien se envalentona para mentir, haciendo tan evidente el engaño que finalmente se termina confesando todo lo contrario. Pensó soltar ese suspiro que volvía una y otra vez, pesadamente, y responderle de manera cínica, pero algo le dijo que no lo hiciera. Exhaló bajo y dijo:
- No. No, no estoy bien.
Se quedó mirando la taza frente a ella y sin saber cómo, se decidió a hablar. Nimiedades sin sentido, en su perspectiva, pero que de alguna manera en su acumulación le pesaban más que cualquier problema irresoluble. De alguna manera supo que ella la entendería, que, sin mirarla, comprendería su vergüenza, percibiría el tono patético con el que imprimiría cada una de sus palabras.
Si. Patético.

Las mañanas eran lo peor. Partir el día con el borboteo del hervidor malo, que se las arreglaba para rebotar escandalosamente cada vez que las burbujas en su interior ardían. Lo que le cargaba era cómo, simplemente hace unas semanas, ese sonido parecía despertarla, anticipando el sabor de un café medio quemado por el apuro en su camino al metro, un sonido que recordaba los segundos de intimidad placentera que los saltitos del hervidor parecían impregnarle a la mañana. Saberse tan feliz con algo tan cotidiano en su pasado llegaba a asquearla. Era casi como una toma de película en la que podía verse doble: ella en el pasado, completamente vestida y arreglada, sonriendo como maníaca mientras daba vueltas por la cocina, con su banda sonora personal consistente en el agua que saltaba alegremente dentro del jarrón; y ella ahora, observándose cínica, con ganas de romper el velo del tiempo y zarandear a la pobre estúpida que no se daba cuenta que se estaba dejando llevar de nuevo.
Sí, se había estado comiendo los cueritos de los dedos de nuevo. Le molestaba pasarse el índice sobre el pulgar y sentir esas durezas secas, y no podía evitar el tironearlas como fuera, dedos, dientes, hasta quedar sangrando, hasta que le dolía. Cuando se quedaba parada en la esquina de la cocina mirando el hervidor, su mano escapaba de la prisión del brazo opuesto y aterrizaba, pulgar primero, en la boca, y sufría una terrible tortura mientras ella, con la mirada fija en el hervidor que cada vez estaba más caliente, lo mordía.
Sus manos estaban hechas un asco. Eso era lo número uno. Sus manos.
Ella, que siempre se vanaglorió de sus dedos largos, sus uñas perfectas y siempre pintadas. La que ahora sólo se molestaba en cortarlas desprolijamente y tirarles una capa rápida de calcio para que no se le quebraran, la misma que antes no salía de la casa sin crema de manos en su cartera. Ella, de manos secas, aferrando un mug de té caliente, las llaves colgando de un dedo y su pelo alborotado que le revoloteaba los lados de la cara cuando bajaba corriendo las escaleras, atrasada de nuevo.
Esa era otra cosa. Malditas mañanas, siempre la sorprendían al tercer timbrazo de la alarma más dormida que despierta. Estaba durmiendo pésimo, y cada día le costaba más despegarse de la misma cama que por las noches parecía repelerla. Y ella luchaba, dando vueltas hasta las tres de la mañana, pateando las frazadas porque se ponía a transpirar, levantándose a cada rato a buscar un plumón porque el frío le hacía doler las rodillas. Amanecía con el pelo pegado a la nuca, los hombros congelados, y el olor de su propia saliva en la cara y en su almohada. La pesadez de sus propios párpados le recordaba la ducha, el desayuno, la corrida, el metro, la oficina. La rutina. Y entonces su cama se aferraba a ella con garras y dientes, tratando de convencerla de lo fútil de su lucha contra la vida y que siempre sería mejor seguir durmiendo, sin saber nada. Justo cuando comenzaba a dejarse tentar, la cuarta alarma explotaba a un costado y ella maldecía en voz alta por la media hora de retraso que acababa de echarse encima. Partía entonces al baño arrastrando los pies, y nuevamente se veía hace un par de meses saltando a abrir el grifo después de haberse despertado dos minutos antes que el reloj y apagara la alarma del celular como diciéndole “te gané de nuevo, tontito!”. Y la risita tonta de alegría.
Descubrir que de nuevo las hormigas habían invadido su cepillo de dientes la recibía como cachetada. Su cepillo la carroña y las hormigas los buitres. Lo sacudía con más hastío que asco bajo el chorro de la ducha, y pensaba su boca como el nicho oscuro e indeseable en el cual esconder esas cerdas recorridas por montones de patitas cafés. “Putas”, se decía, cediendo la lucha de antemano, porque había que estar loca para llenar su departamento de insecticida si sabía que lo más probable es que las muy malditas vivieran entre las paredes, y que por cada agujero tapado en polvos blancos dos más surgirían como si nada, entre el pegamento de las baldosas y por detrás de la taza del wáter. Invitadas por la curiosidad y la costumbre arrebatada, rondaban por los rincones esperando una miga y conformándose con un cepillo, a la espera de esa salvación que ya no llegaría. Esperándolo a él.
Él, con sus panes dulces, los sobres de mermelada que dejaba desparramados por la cocina cuando llegaba de sorpresa a tomar once (“una light para ti y una normal para mí”), el guacamole de cuando veían películas. Él y todos esos malditos olores de cuando, atacado por la inspiración, atacaba las pocas sartenes y cubiertos que tenía e inventaba una receta que siempre quedaba a medio comer sobre la mesa, mientras ellos se enredaban bajo el mantel y olvidaban levantar los platos una vez en la cama.
Y ahora, que los olores invadían otra cocina, el guacamole quedaba olvidado sobre un sillón ajeno, y la película se proyectaba sobre él y sobre otra.
Ella se rindió antes que las hormigas. Se fue olvidando de meter la crema en la cartera y le complicaba pintarse las uñas porque el esmalte se le saltaba a los dos días. Ya no dejaba comida afuera porque ni se acordaba de comprar algo que exigiera preparación: mientras más plástico fuera y dentro del envase congelado, mejor. Su cocina no olía bien hace semanas y parecía como si su departamento entero hubiera sufrido las consecuencias de ello, ahora que la tele la prendía para tener bulla de fondo y a veces perdía los ojos en las lentejuelas de algún programa de baile.
Sentía el latido de las hormigas que se deslizaban silenciosamente por las paredes, como buscando un nuevo lugar por conquistar, sin entender qué había pasado con aquél perfecto escenario comestible que ahora brillaba por su ausencia. Entonces ahora migraban a otros lados de su departamento, preguntando porqué, que dónde estaba, que cuándo volvía, que porqué se había ido. No comprendían como alguien se había envalentonado para arrebatarles el ecosistema perfecto que, una vez hallado, es difícil de abandonar.
Y ella, que no le quedaba otra que quedarse mirando el hervidor iluminado por los tubos fríos de la cocina, el único resabio que no podía dejar ir. Se dejaba atormentar por los acordes finales de la ebullición, esperando, como antes, para servir un té, imaginando lo desconcertados que debían estar esos malditos insectos de escuchar el hervidor sin que ahora significara el anticipo de una once pantagruélica que dejara sus huellas sobre la mesa. Sólo el hervidor, torturándolas, mintiéndoles acerca de lo que podría haber sido pero que ya no sería nunca más.

- Tengo el departamento lleno de hormigas, mamá.
Y se echó a llorar.


29 de diciembre de 2011

My body is a cage

Las luces me gustan amarillas.
Las blancas son de baño, de cocina, de hospital. Las siento ascépticas, indiferentes. Hirientes, casi. Algo de la luz blanca, especialmente de la de tubo (la que siempre parpadea un poco cuando se prende), me da la impresión de apersonalidad, o de una necesidad innecesaria de una imagen nítida, en la que se note cada línea fuera de lugar, una espinilla que antes podría haber pasado desapercibida, el atroz desencanto de los colores en una explosión fría y desinteresada de iluminación.
Salí con alguien a quien le gustaba que nos acostáramos a la luz de las velas, para dibujar siluetas vibrantes en las paredes mientras cada uno improvisaba su propios movimientos sobre el otro, envueltos por el calor cómplice de esa llamita. Yo lo molestaba diciéndole que era terriblemente cliché, pero por dentro agradecía el gesto de usar una luz suave sobre mi piel, en vez de la irradiación de morgue de los tubos de neon. Más allá del gesto romántico que nunca fue, esa vela solitaría que ardió -todo menos indferente- en contra del contraste de nuestras pieles, se convirtió para mí en el total opuesto a la luz examinadora y helada del tubo; frío contra calor, suavidad versus dureza.
Por eso me molestaba tanto cuando tú, cada vez que recuperábamos la respiración, te levantaras hacia el baño y prendieras la luz para entrar, dejando la puerta abierta. El rayo blanco me golpeaba en la cara y me despertaba de cualquier sopor relajado en el que podía estar sumiéndome y convertía toda la situación pasada en algo real. Algo analizable desde puntos de vista, introducía el cinicismo del pensamiento sobre la primalidad del gesto, y, honestamente, me despertaba de la película mental que estábamos filmando.
Nunca podría haberte dicho que por eso quise dejar de verte. La razón parece un tanto estúpida, así que le busqué transfondo a mi decisión. Que tu rutina de ir al baño después del sexo en verdad traducía un problema mayor, o que delataba nuestras diferencias tan cruelmente como esa luz que me iluminaba con cinismo. Pero a pesar de todo, era eso: que mientras yo trataba de desperezarme en una cama ajena que de a poco comenzaba a flotar hacia mi propiedad, tú me la arrebatabas con la realidad de... bueno, la realidad.
Y yo siempre que he querido vivir en una película.

7 de agosto de 2011

Consuelo.

Llevábamos poco tiempo de conocernos cuando ya sabíamos, silentes, que éramos la una para la otra. No nos habíamos dicho nada (ese tipo de cosas no se dicen), pero había algo en nuestra manera de tratarnos que delataba el amor y admiración que se nos escapan por los poros. En mi caso, es en forma de retos y garabatos, recriminaciones cariñosas que nunca cruzan la línea hacia la violencia o la seriedad; y ella me halaga constantemente, sea en mi manera de vestir hasta por cómo he dicho algo.
Firmamos un contrato implícito de siempre estar juntas, al relatarnos la vida en trasnoches y más cervezas de las que me gustaría admitir. Nos enamoramos como dos amigas pueden hacerlo: sin ataduras, sin restricciones, y sin ningún tipo de atracción erótica a pesar de sabernos hermosas, la una a la otra. Nos cuidamos como hermanas, nos maltratamos como pareja, nos decimos la verdad que desnuda y duele, sabiendo que el espacio que nos conformamos para nuestro habitar es tan seguro que no podemos destruirlo por descuido, pero que al tiempo es tan frágil que llega a ser hermoso.
Siento que hay distintos tipos de amistad y que ninguno desmerece al otro. Cada uno tiene su valía, su importancia en la vida de quien lo disfruta, y no voy a desmedrar la amistad que tengo con ella al compararla a otra.
Pero tengo imágenes de ella tatuadas en el cerebro, y sé que a través de los años no van a difuminarse con el sol. Los cigarros, los kilos, las lágrimas y el miedo van y vienen, pero estoy segura, confiada, de que mientras tenga a esta amiga en mi vida, la primavera llegará junto con su cumpleaños, para hacerme sonreír.

5 de noviembre de 2010

Just ain't fair.

Y todavía.
Nada para mí.

Me equivoqué de buffet, parece.
O tengo mala técnica.
Confundí catar con bulimia, y ahora se me intensificó el reflejo.
Me sube cuando miro otra comida.
(De ahí que no pruebe otras cosas.)
Y me acerque a platos que creo saber lo que son (la intuición), pero nunca he pasado de las migas. La cremita de los bordes.
De ahí la conciencia en culpa y el abandono. Una nunca sabe como algo distinto va a engordarla. Y llega otra, toma el pastel entero, se lo lleva, y lo come lentamente. Y yo la veo disfrutarlo.
Y me digo: "Mierda, podría habermelo comido yo".
Y me consuelo: "Pero hay mas cosas en el menú".

(Pero hasta ahora no he querido comerme ninguna, porque temo que me toque algo amargo. Temo que me toque una textura viscosa. Temo que se disuelva muy rapido. Temo que. Temo que.)

Temo acercarme a la mesa, y del ímpetu, botar el plato al suelo. Por tomarlo con la mano y sonrisa falsa, en vez del tenedor entre dos dedos. De nuevo.
Por gula.
Temo que.

23 de septiembre de 2010

I only apologized to you to make you feel better.

Se despierta con las manos cruzadas sobre el pecho, los hombros congelados, la espalda hecha trizas.
El sol se vislumbra entre el polvo que nunca se asienta porque ella camina todo el día, y los pequeños destellos de oro que caen diagonalmente desde la ventana le hacen compañía mientras ahonda un surco, imaginario, entre cada vértice de su pieza. De la cabecera al pie derecho de la cama, de ahí al izquierdo, desde éste a la esquina izquierda, cruza la pared frente a la puerta a la otra esquina, evita los muebles, llega a la otra pared, la cruza, llega hasta su cama, y repite.
Y la respiración que le sale entre alfileres de los pulmones. Se sujeta el esternón con una mano mientras con la otra se agarra el costado con su dolor punzante del cansancio, pero aun así no se detiene y los pasos se le suceden con maníaco ritmo, uno detrás de otro.
La interrumpen con el almuerzo. Se sienta con las piernas cruzadas en el centro de la pieza, nunca en el escritorio, sobre la silla, no. Observa la bandeja un par de segundos y analiza el orden rutinario de los componentes. Nada trae su valor nutricional, pero ella ve los números explotando desde cada plato: doscientas treinta y cinco, más dos diez, el postre unas ciento cincuenta y el agua nunca sale invicta porque sospecha que le echan algo, así que mínimo cien. Y tiene que tragársela porque llega el almuerzo con las pastillas y ella tiene que abrir la boca, levantar la lengua, con los dedos como gancho abrirse las mejillas y dejar que violen con la mirada su boca.
Poco y nada. Y una hora después se llevan la bandeja y ella camina con el estómago rugiéndole por culpa del agua que le rompe el equilibrio, pero se detiene en una esquina para dejar asentarse al polvo bajo el sol. Escarba la pintura con las uñas, contándole secretos a la pared, cuentos para niños e historias de los insectos qe se le metían bajo la piel y que ella sacaba como fuera, a cuchillazos, con los dientes.
Se sube entonces la bata y le muestra los caminos de la soledad tatuados en sus piernas con recta crueldad, su incomprensión cicatrizada en líneas que se escribieron unas encimas de otras, cada vez menos vacilantes en su ruta y final alteración en su piel. Se pasa los dedos entre los muslos, abre las piernas, cierra el puño y se golpea, para mantener morados los círculos, ahora que no tiene ni uñas, ni papel, y los dientes se le pudrieron.
Después descansa con la mirada en el techo, la cabeza encajándosele en la esquina, y se imagina un día de verano a contraluz.

18 de julio de 2010

Disturbia.

Una monja de mi colegio me dijo una vez, quizá pensando que me estaba haciendo un favor, que yo no era una señorita, o que no me veía como tal. Y que, por ende, no le gustaría a nadie si no comenzaba a parecer una. Dos cosas me pasaron luego de este incidente: lo primero, que apenas se fue me puse a llorar. Lo segundo, que cambié los bototos que usaba en el colegio por unos zapatitos que todas mis compañeras usaban.
No deja de parecerme curioso, sin embargo, la amonestación de la que fui fruto. Encuentro una muy dulce y cómica ironía que justamente, la mujer que decidió criticar mi falta de femeneidad y sus posibles consecuencias, es la misma que escogió casarse con su amigo imaginario.
Digo no más.

22 de junio de 2010

She moves in her own way.

Es la época en que las ventanas gotean desde sus marcos sólo cuando se las mira. Las hojas ya no crujen cuando las pisas, así que ahí el cliché se epieza a romper un poco. Además, uno siempre se abriga mucho o muy poco, así que la fantasía del día de sol de invierno con temperatura perfecta bajo una bufanda pero sin guantes nunca se cumple. Y se rompe un poquito más. Ah, y sin compañía, ese guaterito humano perfecto para cucharear mirando al cielo gris tras el vidrio sobre la cama, ese tipo paliducho pero sonriente que tolera salir a caminar con doce grados, lentito, de la mano. Y crack final, se nos rompió la cinta y no hay cantidad de hipocresía que la una.
En verdad, de la película de Julio lo único que está es la lluvia. Y una posando con un codo apoyado en el marco de la ventana mientras la mano sujeta la mejilla, la mirada melancólica perdida a una distancia que demuestre ensoñación pero no introspección. Eso, y el frizz incontrolable, el chaleco que nunca es de lana con pelitos y suave como alfombra recién comprada. El café queda amargo o dulce, y si no quema la punta de la lengua con malévola intensidad entonces está aguachento o helado.
Pero honestamente, es la época en que la gente está de lo más abrazable. Las capas de ropa los convierte en peluches (y dejémoslo ahí no más, porque esa gente se pone suceptible cuando se le mencionan otro tipo de capas que comienzan a recubrirlas en invierno), y están blanditos, calientitos. Siempre y cuando se dejen abrazar. Ahí comienza a resquebrajarse la sonrisa de nuevo, volvimos al punto de la soledad.
Pero, ¿la verdad? No hay porqué estar abrazando con intenciones libidinosas, jalándose casi el pelo del ajeno hasta marerase en su olor que (obviamente, no puede ser de otra forma en la película invernal) se nos va a quedar pegado en la nariz hasta el momento de ir a acostarse queriendo mandarle el doceavo mensaje del día. No hay necesidad de hacerlo.
Porque a mis amigos le gustan mis abrazos también.

26 de mayo de 2010

He's got looks that books take pages to tell.

Para tí, Vale. Por la micro conversación de hoy, que catapultó este mínimo texto.
Por leerme siempre, por estar ahí, y por ser.
Te quiero, a tí, y a tus ovejas.
***

Manzana harinosa, eso eres.

No voy a recurrir al cliché de la podrida, porque no aplica: a ésas se le nota de lejos lo amargo, lo machucado, el gusano que les viaja por dentro y les pudrió las carnes. Una aprende de vista a alejarse de tales manzanitas que ni sonriendo se les disimula la mancha café y sucia que es su mente, y basta que cuando chica me hayan dicho que ésas no se comen y punto.
No, para nada, tu eres esa manzana que promete, brillando verdecita, tentándome a que te masque hasta hacerme sangrar las encías del entusiasmo casi cinematográfico de probarte. Ese tipo de manzanas engaña hasta al veterano agricultor, porque ni presionándolas con los dedos se evidencia la blandura decepcionante y el sabor venido a menos. No tenía cómo conocer tu naturaleza, aunque igual no dejo de culparme por el hambre ávido que me provocaste.
Es que te veías resplandeciente, frente a mí, mi primera y deliciosa manzana, que debe haber sido tan rica de masticar con todos los dientes posibles. Si hasta ganas de inventarme muelas observándote. Quizás fue la espera o quizás nunca lo supe, pero tantos años de querer comerte me pasaron la cuenta y llegado el momento de acercarte ávida a mis labios, sorpresa, sorpresa: puaj.
Blanda y fome, no tenías ningún jugo ácido que contrastara con la dulzura que se le adivina a la manzana que a una le entran ganas de comer. Lo bueno es que fui prudente y que me bastó con morder un poco tu cáscara
para levantarla y lamer tu carne blanca para descubrir el engaño en que me tenías. Te sigues viendo increíble y de naturaleza tentadora, pero igual, tu textura no me la quitas de la boca con tu perfecta anatomía frutal.
Es que no hay nada más triste que manzana harinosa, y lo peor es que a ella no sólo no le afecta su calidad, sino que es capaz hasta de jactarse de la arenosidad seca bajo su cáscara, y se siente la burla malévola por su secreto descubierto al primer mordisco. La pena es propia, mía, que te tildé de delicia pero que en verdad no valía la pena ni recogerte del cajón lleno de manzanas mejores. Es también la de mi amigas, que te tildan de imbécil, y también de las otras pobres bocas que han tenido el desagrado de comerte.
Pero aun así, no puedo evitar pensar que a pesar de desabrida, es mejor tenerte para devorarte que envidiarte junto la ilusa que te mastica todavía.

4 de mayo de 2010

The tip of the iceberg.

Se te cayó el cielo de los ojos, y a mí me empezó a flotar el estómago al tiempo que un escalofrío me recorrió como un dedo la columna. Sentí como alrededor nuestro el tiempo cambiaba y se ponía más lento, para quebrar el aire con la punta de una cuchara y esperar que sonara como un cristal. Miré al suelo, lo recuerdo, y vi como jugabas a pisar las líneas del suelo y a esquivarlas al tiempo siguiente, justo cuando los gritos dentro de la casa aumentaron y nos alejaron más del resto, nos encerraron en una burbuja perfecta e íntima.
Nos imaginé desde lejos, si quizás se vería extraño cómo comenzaban a viajar tus dedos de tu rodilla a la mía y cómo yo no sólo no hacía nada por impedirlo, sino que me deslizaba lentamente en mi silla para hacerte el camino más corto.
Me derrito un poco de nuevo al recordar tus ojos sonriéndome tras una cortina de pelo que desde que te conocí deseo apartarte de la mirada, pero que justo en ese momento me sirvió de escudo para no desplomarme al piso, los músculos hechos agua. Y sé que fue intencional eso de hablarme en un susurro que ni tú mismo fuiste capaz de escuchar, que provocó que me inclinara en una fingida inocencia a escucharte.
Pensé por tres milésimas de segundo que esto iba a ser igual que siempre. Que yo te agarraría la nuca, dejándote indefenso, y te habría plantado uno de esos besos que por lo veloz es mejor olvidar. Que después de despedirnos en la puerta no te iba a contestar ningún mensaje, ningún mail, aplazaría tantas veces las fechas que terminarías aburriéndote de esperar y olvidándote de mí. Pero no.
Tú me tomaste la nuca y me acurrucaste contra tu cuello, respirándome el pelo una vez que yo comenzaba a reírme de lo desprevenida que me pillaste, de cómo me giraste el mundo en ciento ochenta grados al cobijar con tu mano la mía, nuestros dedos entrelazados, y me raptaste de mi esquema.
Me apoyé en tu pecho y sentí tus latidos contra mi oreja, tan erráticos como los míos, y tragándome la noche con los ojos cerrados supe que no iba a poder esperar a salir contigo apenas me lo pidieras, cuatro segundos más tarde.
El tiempo volvió a su curso normal, pero a ninguno de los dos nos importó.

20 de abril de 2010

Guess what?

Quiero que algo quede claro (y un par de hombres y un grupo quizá mayor de lesbianas lo sabe): las mujeres somos complicadas. A veces ni nosotras nos entendemos.
No, mejor, seré mas precisa. Rebobinemos.
... quiero que quede algo claro (y un par de hombres, un par de lesbianas y un grupo mayor de amistades lo sabe): soy muy complicada. Y la mayoría del tiempo ni yo me entiendo.
Le pondré a usted, querido lector, un ejemplo: imagínese a un tipo de estatura promedio tirando a bajo, coeficiente intelectual más que razonable y una cara más agraciada que no transable. Ahora imagínese a ese pobre sujeto en la mira de cierto animal a quien se encuentra leyendo, que por dos años le juega en un tira y afloja bastante impredecible, y a quien finalmente se sirve en bandeja para desechar dos semanas después por encontrarlo "denso". Eso aquí y en la quebrada del ají es ser CRUEL. Porque ya, no he narrado los pormenores de una situación tal, y tampoco quiero hacerlo (sea ya por no develarlos o por no inventarlos, vaya usted a saber), pero el estar en jugueteo inconsistente es suficiente para enfermar de los nervios al pobre juguetito. Pero bueno, prosigamos.
De ese tipo de decisiones ahora puedo coartarme, pero no es raro que mire las huellas de lo pisado y me pregunte si fui sensata o incluso, justa. Siempre me justifico, pero la verdad, me he descubierto cambiando de parecer tan rápido como algunas cambian de pololo. Y más rápido, incluso. Yo me remito con temor a una canción de cierto cantautor uruguayo que me ha cagado la vida desde que lo conocí, y me asusto por las consecuencias de mis acciones. Pero me convenzo de haber pagado el precio de mis acciones, y sigo viviendo como si nada (porque nada) hubiese pasado en mi perspectiva.
He ahí un ejemplo de aquella porción de mi comportamiento que es errática e impredecible. Y lo que yo quería publicar a los cuatro vientos bajo ciertos códigos de anonimato e información filtrada, es que he caído nuevamente en uno de esos casos de arrepentimiento de los que no sólo me hacen mirar las huellas, sino que me hacen imaginarme golpéandome repetidamente la cabeza contra una pared con toda la frustración propia de aquel gesto.
Porque a veces digo que sí pero tres segundos más tarde me doy cuenta que quería decir que no.
Esta pequeña verborrea, damas y caballeros, se debe a una de estas instancias.
Que sí pero en verdad no (¿cómo no te diste cuenta?), que después me arrepentí y miré hacia arriba. Que te agarro pal weveo pero que quiero agarrarte algo más que eso.
Que, mierda, oh, mierda... no sé qué me pasa pero sé que algo tienes que ver en eso. Que me siento con el valor pero se me va. Que quiero puro pero de ahí no.
Lo bueno es que creo haber encontrado la solución. Lo único que debe suceder es que ahora yo no diga ni haga nada, y que
él, sin preguntarme nada, vaya y se lance a por mí. Y chao los cuestionamientos y viva la vida, que la resaca prefiero guardármela para la mañana siguiente. Que esta vez se diga menos y se haga más, se piense harto, harto menos y se acabó el cuento. Creo, entonces, que él y yo nos debemos un disparate, y creo que en aquel caso ni me preguntaría por el karma.
(Juegue.)

14 de abril de 2010

Made you weak.

Se despertó con la mitad de la cara impresa por una servilleta. Abrió los ojos despacito, el sol de la mañana de enero perforando las ventanas hacia sus párpados. La pieza estaba inundada de luz: el mantel blanco la rebotaba en las copas, cada una en su lugar, tenedores y cuchillos dibujaban en el techo pequeños arcoiris que re repetían en cada plato, cada fuente de plata, y le llegaba con dolorosa claridad a los ojos.
Apoyando los codos en la mesa, miró serena a su alrededor. Cada puesto en el comedor estaba inmaculado, pero unas cuantas moscas comenzaban a revolotear encima de las fuentes, cruzando los rayos del sol y posándose con tranquilidad en la carne, el queso endurecido, las frutillas en crema agria. Pestañeó lento y miro hacia sus brazos cruzados sobre la mesa, su piel y vellos resplandeciendo por esa luz esperanzadora de la mañana. Los zumbidos de las moscas rompían la pureza de escena; eso, y ella misma. El prístino mantel tenía a su lado una mancha grande, morada rojiza, bajo la única copa que fue utilizada la noche pasada. El sabor amargo de su boca le hizo darse cuenta que la única persona bebiendo de aquella copa fue ella.
Ella, con el tinto en la mano, el pelo revuelto de los rulos que se había hecho hace horas, bailando alrededor de la mesa desierta al mix que había preparado hace semanas. La botella, vacía, abandonada en el suelo, se la había casi terminado de tomar antes de caer rendida en uno de los puestos del medio, frente al ventanal y a espaldas de la pared, con la coma desparramándose a su lado. Y ahora, el cerdo con piña pudriéndose frente a sus ojos, un cigarro aplastado en su cabeza dorada, la ensalada arruinada por la ceniza, y ella que no lograba sacudirse la noche de encima. Cerró los ojos y suspiró, su pelo cayéndole en puntitas redondeadas contra su espalda, haciéndole cosquillas al trozo de piel desnuda, entre el cierre abierto de su vestido.
Se vio de zapatos altos, la copa (la primera) en la mano, esperando con un ligero taconeo frente a la puerta mientras caminaba en círculos por el pasillo. El reloj de la entrada la mantuvo calmada la primera hora. A las once se exaltó, a las doce se retiró al comedor, a la una y media ya se había terminado la botella de vino y yacía con la pera sobre el mantel, los brazos cayéndole flojos a sus costados y la mirada perdida en la silla de al frente. Y después la mañana, con su sol inclemente y despejador.
El sol rebotó sus rayos en un cuchillo frente a ella, guiñándole en arcoiris desde de su filo. Ella alargó la mano derecha, tomó el cuchilo y estiró el antebrazo izquierdo por la mesa. Bufó una risa y sintiendo la punta helada del cuchillo contra su muñeca, cerró los ojos y se puso a llorar.
No importa. Iría a trabajar como todos los días, vistiendose para nadie, sonriéndole a todo aquel con quien hablara ese día. Llegaría de su alrmuerzo solitario de nuevo a la oficina, detrás de la pantalla, teclearía incansablemente hasta las seis, tomaría el colectivo, llegaría a su casa y ordenaría la mesa.
Se levantó de la silla apoyándose en la mesa, la cabeza retumbandole un poco los recuerdos del vino. Caminó por el comedor, se agachó para recojer sus zapatos y terminó de bajarse el cierre del vestido con la mano que tenía libre, mientras hacía círculos con el cuello, la cara hacia arriba y sus pies que ya conocían el camino de memoria.
Caminando por el pasillo al baño, cambió el rumbo y entró a la cocina, donde se quedó mirando la puerta del refrigerador. Tomó el lapicito que colgaba al cosatdo y lo alargó hacia el calendario sujeto con imanes a la puerta. Trazó delicadamente el dia anterior, con la palabra "cumpelaños" escrita en él, soltó el lápiz y se fue a duchar.

24 de enero de 2010

Borrador.

Uno de los borradores de cosas que he escrito en este blog pero que no he publicado. Sólo por el afán de revivir un poco este espacio, que nunca estuvo muy activo en un principio. De ahí lo fome del título.
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Antes caminaba por la calle con la espalda erguida y el consabido pecho de paloma. Era hermosa: el pelo le caía por los costados de la cara como un par de cataratas oscuras que enmarcaban sus grandes ojos de pestañas largas. Después, el accidente y la mitad de su cara en el pavimento, rasgándose de oreja a nariz y de pómulo a boca. Se odió por no mirar a ambos lados de la calle por estar mirándose en el reflejo de una vitrina frente a ella.Odió su nueva cara, la canción que le explotó en las orejas cuando cayó a tres metros de donde fue impactada, incluso a su vestido rasgado y deshilachado que nunca pudo botar. Ahora mira recelosa temiendo las risas y los dedos que la apunten con burla, y el pelo en chasquilla gruesa para tapar las cicatrices de la frente también se carga sobre el lado derecho de su cara, para evitar mostrar la sonrisa torcida. Ya no se pavonea, pero ha dejado de esconderse: es la nueva imagen de la campaña de carabineros para la conciencia peatonal.

5 de octubre de 2009

Maldita primavera.

Jazmín en flor y a mí que me empieza a gustar el azote del viento cálido cuando se cuelgan sobre mí las estrellas. Tu risa, la cerveza, mi chaleco de mangas cortas y yo sin frío, sin frío, casí frio pero la parrilla encendida y mientras más amarilla la luz estoy más cómoda. Más jazmines y más risas, la espuma perfecta y una cajetilla llena. Sin chalas, el pasto húmedo, tus dedos del pie están verdes y yo también, pero no es el pasto. Maldigo la mesa (que nos separa), bendigo el decoro (que no se me va todavía). Dos sorbos más y te arrastro a una pieza.

24 de junio de 2009

Y volver a reír.

Tu tempestad y mi calma se me suceden a veces con los días, a veces con los meses. Entremedio me quedo mirando al cielo esperando la lluvia y una llamada perdida tuya en mi celular, en tenerte de nuevo a medio metro con tantos secretos por contar y tan pocas instancias para hacerlo. Que me partas de un costado a otro sin saberlo, como siempre, que me dejes rebotando en tu sonrisa mientras yo, para evitarte, bajo al suelo los ojos ocultándote otro secreto más. Uno que me gustaría lamerte en la oreja.
Poco a poco te siento menos cerca y canto internamente mi victoria. Días, horas después, una vereda, un refrigerador, una marca de alcohol determinada, me recuerdan los más casos a una fantasía, los menos a una vivencia. Y me repito que no es sano, porque de partida no sabes, y porque finalmente nunca podrá ser, pero no puedo evitar pensar en lo suave que podría sentirse tu respiración entre mis dientes.
Volver a soñar sobre tu recuerdo se me hace cada vez más fácil; en cierto modo me he resignado a un fantasma de mi propia fantasía basada en ti acompañándome en tu espera. Y es como si supiera que cualquiera de estas noches cuando coartada por un vuelo, por una nebulosa, podré entrecruzar mis dedos con los tuyos por más rato del que se supone una amiga lo haría. Y que entonces el frío que no sienta me permita acercarte a mi cuerpo, y mi boca contra la tuya me dará los segundos necesarios para saber si ese día, y desde ese día, me librarás de tí.

10 de junio de 2009

Amuleto.

Sucedió en una de esas noches frías de Santiago, con esas ganas que me dan a veces de vomitar por la soledad. Tenía un libro de Bolaño abandonado a mi costado, los pies helados y en los ojos asomándome el cliché de unas lagrimas melancólicas. Ahora, ¿de qué?, no tengo idea; sólo sabía que me sentía sola y que por vivir con mi familia en una casa llena de no fumadores no podía prender un cigarro y ver cómo se disolvía el humo hacia el techo para paladear verdaderamente mi pseudo tristeza.
Y pasó que justo esa noche, tan igual a la otras, menos fría pero más larga que las demás, me decidí por suicidarme. Así no más: estoy aburrida, estoy sola, y hasta las hojas del libro que estoy leyendo pueden trepanarme las muñecas. Sentada en la cama, de fuera me veía como la imagen más pacífica de mi misma, la respiración acompasada, ritmo cardíaco normal, pestañeos que se sucedían con regularidad muy dentro de lo común. Pero por detro estrellaba el libro contra el espejo y me rebanama los muslos hasta que alguna arteria perdida en mi carne dejara su graffiti en las paredes como único grito de existencia, porque, claro, yo me quedaría impertérrita observando aquella sangre que manaría con cada empuje de mi corazón exaltado con la paz que sólo viene del conocimiento y aceptacion de la propia muerte.
Y fue ahí que me decidí, que encontré la cura a todos mis males. No a adornarme la piel con quemaduras de cigarrillos, no a rascarme con el mango de un cepillo de dientes la garganta maltratada, no a esconder la cabeza en una almohada cuando me forzara a llorar a gritos mudos con la cara rojísima y lágrimas secas, no: la cura estaba en la muerte, en el abandono, en mandarse un Larra frente al espejo porque sobre todo, la muerte mía tenía que ser con estilo.
Es desde ahí que me las voy ingeniando todos los días a parir una buena muerte, que deje huella, y mi carta de despedida a este con el que siempre me he tratado con mutua pero cordial indiferencia está cada vez más larga y con más borrones de pasta azul apelotonada. Y es extraño, esto de saberlo ya todo, introducir hasta mi muerte en un esquema inamovible, porque me da una tranquilidad que sólo otros pro-suicidas como yo podrían llegar a comprender. Respiro con más propiedad, ya no me río entre dientes y voy metódicamente entregando trabajos para la universidad y haciendo diagramas de fechas, opiniones y hechos luego de leer con anticipación antes de las pruebas.
La sensación que tengo es la misma que a uno le da cuando ve la fecha de caducidad de su comida favorita cuando está revisando el refrigerador durante los ataques de gula: sabe cuando terminará todo, y la opción de comérsela está en sus manos y mente a decidir. Pero por mucho que no sepa cuándo lo va a hacer, sabe que es ya un hecho consumado, y da el tiempo de aplazarlo justo antes del día en que el alimento se corrompa y empiece a incubar hongos.
Eso es. Yo sé cuando voy a terminarme, conozco mi mes y año, sé perfectamente cuando me venzo. Ahora tengo la certeza de que voy a lanzarme a la crianza de margaritas con la carne aun fresca, pero a punto de resquebrajarse.