19 de septiembre de 2007

People are strange.

Ganas no me faltan, créeme.
Lo que pasa es que yo soy muy cobarde, y aunque me hago la osada en realidad soy muy gallina.
Me excuso pensando que el momento no puede ser el propicio, que vas a pensar mal de mí, que todo va a ser muy incómodo o que simplemente la voy a estar cagando.
Pero la vida es correr riesgos, supuestamente, pero el hacerlo me da vergüenza. Me tupo, y me carga.
Y yo que siempre digo que es mejor arrepentirse de lo que uno hizo de lo que se dejó de hacer, pero contigo no puedo. Cuando apareces tu en la ecuación me importa más de lo que debiera, y no sé porqué, porqué cuando más oportunidades se me dan menos las tomo, o porqué me paso tantas películas y me digo a mi misma "ya, la próxima vez juro que me atrevo", pero no.
Nunca me atrevo, y siempre, siempre, me quedo con las ganas.

Es que quizá no te he reiterado lo suficiente con mis gestos que no me molestaría para nada que fueras tú el que me diera un beso.

27 de agosto de 2007

AmásVe

Se llama Andrea. O quizá se llama así. No sé. Andrea era el nombre que le dice a la gente, pero no por eso tiene que ser el suyo. No importa. La dejaremos como Andrea.
Andrea tiene diecisiete años. Ha pololeado dos veces y besado a cinco personas, entre la cuales hay una mujer.
Esa mujer se llama Violeta, y ella sí que se llama así. Le gustó Andrea cuando estaban en segundo medio, y finalmente se atrevió a besarla en la soledad de un camarín de niñas a principios del año siguiente. Andrea en esa época se encontraba pololeando por segunda vez, con el que luego describiría como "un pelotudo que se juraba alternativo" y con quien casi perdió su virginidad. No le molestó mayormente el beso de Violeta, ya que consideraba que, al ser mujer, no contaba como engaño en su actual relación. Pero de todos modos, no quiso contarle absolutamente nada de eso al pelotudo.
Violeta es lesbiana. Andrea no fue la última mujer en la que se fijó, y ciertamente no fue la primera.
Al principio estuvo Carla. La bella, sensual, mayor e inteligente Carla. Carla encerró a Violeta en un baño cuando ésta tenía catorce años. Le arrancó de los labios su primer beso y de debajo de su falda se llevó en los dedos un húmedo recuerdo. Violeta, por su parte, se dejó hacer gustosa. Reverenciaba ciegamente a Carla, y cualquier cosa que ella hiciese estaría bien. Y no había nada hasta el momento, para Violeta, que se sintiera tan bien como estar encerrada en un baño con Carla con su mano entre las piernas.
Después de Carla vino la joven sin nombre, a quien nunca escuchó hablar. De ella no sabe mucho (por no decir nada), ya que apenas le vió la cara cuando la sacó a bailar en una discoteque de bellavista. La conoció sólo por esa noche, y se escabulló de ella alegando que necesitaba ir al baño. Es que no besaba bien.
Andrea fue su tercera, y de lejos, más fuerte relación hasta el momento. Violeta se encargó de ser la nueva Carla de la situación, la que profundizaba los besos y abría las blusas colegiales de su amiga. Y ella fue la antigua Violeta, la que cerraba los ojos y ahogaba los suspiros entrecortados.
Nunca se sentían mejor que estando juntas. Andrea siguió pololeando porque no le veía el inconveniente, aunque se empezó a dar cuenta de las fallas del pelotudo. Y Violeta no decía nada, miraba, callaba y esperaba el día en que Andrea se decidiese en terminar.
El problema es que Andrea se dió cuenta que por muy feliz que la hiecese Violeta, siempre le faltaría algo que no podría suplir. Disfrazó su heterosexualidad por confusión y que no sé que hacer, que yo no te quiero de la misma manera que tú a mí, ojalá me perdones algún día, te quiero tanto.
Violeta se fue alzando una ceja y sin decir una palabra, las manos ardiéndole por una cachetada.
Ambas tenían dieciséis.

4 de agosto de 2007

Weapon.

Nosotros, los aficionados a la escritura, no somos más que ladrones de inspiración.
¿Cuántas veces no hemos sido sorprendidos por una frase milagrosa y fructífera explotar en nuestra cabeza mientras leemos una obra ajena? ¿Y cuántas de esas frases son las que luego pasamos con letra indescrifrable y rápida al papel por temor a que se nos escapen, que luego ramificarán en muchas otras frases más haciendo brotar un árbol de palabras?
¿Nunca les ha sucedido el leer algunos versos, y robarse una idea, para escribirla luego de pasada por el vocabulario propio, y darse cuenta con satisfacción que el talento parece perdurar con el robo?
La verdad es que muchas veces me he visto tecleando y anotando poseídamente después de leer a amigos, genios o anónimos. Y quizás alguna de esas cosas de las que más orgullosa estoy de haber escrito fue fruto del más vil de los plagios, y más de una vez me he acordado de la fuente original de mi ingenio cuando repaso algunos de mis escritos antiguos.
Seré honesta y admitiré que ahora mismo no estoy escribiendo yo. Caí en la verborrea ajena y me apropié de unas cuantas letras para hacerlas mías y jugar con ellas a mi antojo.
Pero no me siento mal ni al confesarlo ni al hacerlo. Me acostumbré a admitir que, por mucho que me contrarie o desagrade, siempre me veré influenciada más por lo que me rodea que por mí misma. Siempre. Al fin y al cabo, yo misma y mis intimidades no son más que mis reacciones ante lo exterior que finalmente hago propios, una especie de cedazo de lo externo. No es extraño, entonces, que lo que piense no lo piense exactamente yo, sino que lo adapté. Me lo robé.
Como retribución por mi pecado, entonces, dejo al ojo ajeno el pleno uso de mi escritura, para que otra persona agregue más eslabones a la cadena de la inspiración y sigamos manteniendo viva a la literatura.

17 de julio de 2007

Follow the cops back home

Estoy con pena.
Pero es de esas que me gusta llorar, la que me hace repetir la misma canción hasta sentir un dolor hondo en medio del pecho y el estómago en un puño.
Tengo que asumir que me gusta sufrir. No sufrir a llanto gritado (que a veces hace bien pero es poco privado por su naturaleza chillada), sino con lágrimas lentas que me hacen saborear la sal en los bordes de la boca o correrme por los lados de la cara y caer en las orejas mientras mirao el techo o me siento flotar sobre el piso.
Y de esa pena tengo.
La solitaria, la privada, la que desea un hombro en particular y que por la misma razón de carecer de uno en el momento hace llorar más.

Y la voy a disfrutar porque no tengo otra cosa a la que aferrarme.

12 de junio de 2007

Calculation Theme

Te preguntarás que hacer con la carne blanda que te impide llegarle al alma, a lamerle el corazón. No sabrás que hacer con las manos una vez que hayas tocado todo y te falte aun tanto por tocar, no te sentirás conforme con el sabor a sudor en los dedos y querrás tener en tu lengua su verdadero gusto, su esencia.
Tratarás a ojos cerrados no asombrarte de nuevo con lo que creías ya conocido, vas a tomar de su boca el aliento que recorrió a su pecho, ilusionándote con respirarle la vida para que se funda con la tuya.
Intentarás con la lengua dejarle una estela de secretos sobre la clavícula, o con las uñas testimonios de pertenencia, marcas físicas de lo intangible, evidencias que recuerden tu estadía en su cuerpo porque aún no serás capaz de creer en aquella suerte.
Y cuando llegue la calma tendrás miedo de algún día odiarle, serás conciente de los fines eventuales, y guardarás entonces con la vista la sombra bajo su nariz o la curva de los labios, para no olvidarte nunca del calor que recorre de extremo a extremo y de las espaldas arqueadas con cuellos expuestos.
Y luego pretenderás, cuando se junten sus miradas, que todo es eterno, no mencionarás que te duele el tenerle cerca imaginando su partida, y dormirás sobre su pecho esperando, con una sonrisa, morir dentro del sueño.

10 de junio de 2007

C'est plus pareil

Es preciosa, bellísima. De esa gente que tienen ese no se qué.
Se le postran los amantes a los pies cual hojas al árbol en otoño.
Deja una estela al caminar, feromonas escondidas en la fragancia mitad perfume y mitad ella.
Su sonrisa siempre nace, sacude su pelo cuando habla y nunca deja de mirar a los ojos bajo sus pestañas negras.
Muestra la muñeca cuando sujeta su cigarro, simpre se pinta la boca, camina con el cuello expuesto y la cabeza alzada.
A veces posa su mano sobre una rodilla ajena (causa espasmos)
También acepta que la saquen a bailar (siempre mira al suelo cuando baila)
Se muerde el labio de abajo cuando lo cree necesario (logra que no la dejen de mirar)
En algunas ocasiones ha dejado que la besen sin conocerla (pero que sea suave)
Y ha tenido varias parejas (pero nunca ha dicho te amo)

14 de mayo de 2007

Es una epidemia, una enfermedad de la que quiero contagiarme.
A mi alrededor todo caen como moscas, yo la única imnune al veneno me quedo parada al medio de la habitación con una mueca estúpida de autosuficiencia en la boca mientras dentro el frío se me revela en espasmos que no se calman con los chalecos, y a pesar de eso tengo la cara hirviendo y el pecho saltando y me duele el frío, me quema, me tiembla, me duele, la garganta se me cierra y el cuerpo me tirita y yo no lo controlo, y otra vez la sonrisa idiota en la cara, pero la de falsa alegría por la euforia ajena, la más simulada de todas, la que más facil nace pero más duele mantener, y las palabras que me rasguñan el estómago por dentro de la envidia que me da pronunciarlas y de como siento que me estoy perdiendo de lo mejor de la vida cuando yo nunca he conocido aquello que me hace falta, y otra vez el frío y la garganta que no se quiere abrir y los gritos sordos y las ganas de vomitar, de salirme de mi piel por los ojos pero no puedo llorar, y el frío, y el frío, y el frío, y el frío en el estómago.
Y nadie quien me salve.
Nadie.

8 de mayo de 2007

Believe me, Natalie

De pequeña me gustaban las cucarachas.
Las encontraba inteligentes, astutas.
Recuerdo que solía sostenerlas en la palma de la mano y observaba en qué dirección se movían sus antenas, y a la que apuntaran sería a la cual me dirigiría. Siempre tenía cuidado que no se me cayeran, y caminaba mecánicamente con los ojos fijos en el insecto y no en el suelo, pensando que si quizás se me llegase a caer ocurrirían en el mundo cosas terribles.
La verdad es que concretamente nunca llegué a un destino distinto al anterior. Siempre me encontraba chocando contra las paredes de cemento de mi patio, rasguñándome con ellas las rodillas por no fijarme que estaban ahí y seguir adelantando los pies en mi avanzar.
Un día me fué particularmente difícil encontrar cucarachas en el lugar de siempre. Solían esconderse bajo los maceteros de greda que había en una esquina musgosa por el agua de lluvia, pero aquella vez no logré ver ninguna, a pesar de que incluso me atreví a remover el barro en busca de alguna aunque me daba mucho asco hacerlo. Al levantarme, para ampliar mi búsqueda por más rincones del patio, sentí bajo el tacón de mi zapato un pequeño crujido, como cuando desprevenido uno pisa un cereal.
Cúal no sería mi sorpresa al encontrar bajo la suela a uno de aquellos insectos, destrozado y con sus viscosidades amarillas desparramándose en sus costados, ahora desperdigados por el suelo. Y me asombré tanto que no sabía si llorar o vomitar, mis fantasías de lugares indómitos y destinos salvajes materializados y destruidos en el ser muerto bajo mi propio ser.

Está demás decir que nunca más busqué cucarachas en el patio.

2 de abril de 2007

Too high, baby

Fue como arruinar una pieza de hotel, como fumar en los baños de un colegio, como darle un beso francés a una amiga.
Como sentarse al fondo de la sala para dormir en clase, como caminar por el centro a las cuatro de la mañana, como rozar a un extraño que no le moleste el calor corporal mientras viaja en el metro.
Como cortarse el pelo con cuchillo, como ponerse pestañas postizas de colores, como hacer dedo en la carretera, como ver películas eróticas en el horario de trasnoche.
Se sintió como bañarse en el mar sin ropa cuando despunta el alba, como chapurrear inglés en los conciertos, como encontrarte con tu amor de la infancia, como mirar lujuriosamente a un empresario que camina bajo el sol de Providencia.
Fue como todos mis actos de rebeldía contra mí misma o contra el mundo, los segundos lentos pero efímeros del orgasmo, fue como hacer todo lo que se está mal y por eso se siente tan bien.

Justo así se sintió tu mano bajandome por la espalda, el aire que se deslizó por mi garganta como un cubito de hielo y un beso en la mejilla mal dado que terminó en los labios por despedirme muy rápido.

1 de marzo de 2007

Show me love

Pantorrillas redondas y suaves como la seda cuando se convierte en piel, acaban hacia abajo en un taconeo lento y calculado.
Las medias oscuras las dividen con una costura por la mitad. Descansan. Se cruzan, se descruzan, se junta tobillo con empeine. Avanzan decididas una detrás de la otra cuando se ponen de acuerdo y deciden caminar juntas.
Se quedan serias y tensas, esperando al movimiento hacerlas suyas suevamente.
Coquetean entre ellas cuando sienten la tela de una falda caer alrededor de ellas con abandono, la inusual calidez del nylon que las envuelve y las perlas de sudor que se acumulan un poco más arriba.
Avanzan, se tienden, se separan.
Se descalzan, se desvisten, se agitan, se contraen.
Se encuentran nuevamente, y conocen a otro par, piernas entrelazadas bajo una sábana que, cansada, emana los vapores del amor.
Se adormecen.
Esperan luego a la quietud de la piel ajena, se escabullen del calor, se visten, se ponen los zapatos, y se van.

2 de febrero de 2007

Bittersweet

Viene en una caja que te dan al cumplir los dieciocho.
Viene con unas muelas del juicio que crecieron, extrañamente, desviadas. Un paquete de cigarros, un carnet que sí funciona y un celular con batería.
Trae también un cd que le dijiste a todos que nunca habías escuchado, y apenas se van, lo pones a todo volumen y bailas en ropa interior. La foto del que dijiste ya habías olvidado pero que nunca ha conocido el polvo o el desuso.
El chocolate que sacaste sin pagar del supermercado, maquillaje, porque nunca se sabe, y no falta el paquete de condones que incluye algún optimista.
Si escarbas bien, apuesto que encuentras justo lo que temías encontrar. Ahí está la libreta con las notas mas alta de tu existencia, la tarjeta de cumpleaños de cuando cumpliste ocho años y el beso más dulce que has dado en la vida.
Una calculadora que te enseña funciones y ecuación de la recta. Un mechón de pelo y una pulsera de hospital.
El primer y vergonzoso poema de amor que escribiste. La primera vez que anduviste en bicicleta, la primera vez que te caíste de ella. Está esa vez, también, cuando aprendiste a hacer globos con el chicle.
La espuma de un baño de tina y una mancha de café con leche en la corbata de colegio.
Las lágrimas de rabia.

Y si revisas el fondo de la caja, ahí está.
La madurez acecha, mientras la buscas, intentando morderte la mano y hacerte llorar más por las memorias que por el dolor.

Te mira con sus ojos rasgados, sonriendo malévola y esperando que por algun descuido, pueda saltar a tus dedos y treparte por el brazo para sentarse en tu hombro bien creca de la oreja y con su vocecilla molesta comenzar a enumerarte todas las cosas que ya no hiciste (ballet desde los cuatro, ir a disney, ponerte desde chico los frenillos, haber avanzado los tres centímetros que faltaron en esa fiesta) y recordarte, también, lo que la gente ahora espera de tí ahora que, legalmente, estás en todos tus cabales.
Si la ves dentro de la caja, tápala con ese pedazo de chicle que pegaste por primera vez debajo de un banco, y por si acaso, envuélvela en el primer billete que te pasaron tus papás. Tápala también con algún implemento que algun amigo depravado te regaló y que guardas con verguenza en un cajón y que a veces reconoces te tientas a usar. Y como nunca se sabe, aconsejo que la metas bien apretada dentro del puño con el que diste el golpe mas fuerte a una pared.


Después cierra la caja, y déjala bajo la cama.

24 de enero de 2007

Bullet

Quizá me vaya y me evapore lejos de tí.
Lo que pasa es que nunca me ha gustado estar de segundo en las prioridades personales, así que en cierto modo me da lo mismo.

Pero claro, tu esperarás que yo derrame alguna lágrima o te diga algo que haga que tu garganta se cierre en un suspiro de tristeza y que te des cuenta que en verdad me quieres más de lo que piensas, pero que aún así debes dejarme ir.
Pero te voy a decepcionar. En serio.

Te voy a dejar ahí parada, tus ojos brillando por la espera y en tu boca (no en la mía) la última palabra.

21 de enero de 2007

En la Oscuridad

Aquella perversidad que tenemos los seres humanos de empaparse en la desgracia y llorar tanto con ella que llegamos a disfrutar su compañía es una de nuestras capacidades más asombrosas.
Nos regocijamos en canciones que nos clonan los sentimientos a la perfección y nos taladramos las orejas con las melodías que hacen que el corazón rebote en el pecho y el estómago se llene de vacío.
Confío, eso sí, en el día en que podamos escuchar aquella canción especial sin llorar, en el momento en que nos demos cuenta que el sufrimiento fue necesario pero no eterno, y que hay nuevos y más positivos temas que escuchar.


[te quiero, y cuidate]

16 de enero de 2007

Love like Winter

Quizá es la época o las situaciones que he vivido estas últimas semanas lo que me ha taponeado la cabeza.
Estoy a días de los dieciocho años y no puedo evitar pensar que se me acabaron las palabras y que voy a tener que esperar a rellenarme cual estanque de bencina.
No tengo ideas, no tengo inspiraciones, no tengo tramas en la cabeza.
Lo único que tengo son frases sueltas que explican una de las tantas verdades de la vida a manera de ser la única existente y comprobable.
Y me enredo en mis complicacones y vocabulario complejo de mujer grande.
Pero lo más curioso de todo, es que sigo viéndome desde arriba como la llorona pendeja que almorzaba sola en los recreos y que quedó con problemas de autestima por las burlas que se reviven en mi mente cada vez con más frecuencia.
Y me cuesta creer que esta niña, esta excusa de persona, esta recién concebida criatura..

... esté entrando a primer año de Literatura Hispánica en la Universidad Católica.

De caminos anchos

Me recuperé del susto cuando me dí cuenta que el sueño se me había quedado en la almohada.
Me levanté de la cama sin abrir los ojos y tambalée rumbo al baño para tomar un vaso de agua, con cojines y papeles desperdigados a mis pies cual hojas en otoño.

No prendí la luz por temor a que me hiriera los ojos. En su lugar, los mantuve cerrados y tanteando en busca de la llave boté un cepillo de dientes que resonó en el piso de cerámica como un grito, mis uñas enterradas en las palmas y los dientes apretados al esperar oír una queja de alguna pieza a oscuras.
Por suerte, ningún sonido fue emitido
Así, reanudé mi odisea y abrí la llave con una mano mientras que con la otra recibía con la palma ahuecada el agua para beberla.

Fue refrescante.

5 de diciembre de 2006

Ella esconde cosas.

El sol se arrastra por la calle derritiendo el asfalto, las sombras de la gente se deslizan pegajosas, como chicles derretidos por el calor,
Entre ellos, un cigarro que acaba de sucumbir bajo un zapato, lanzado desde una ventana y que una persona se encargó de asesinar.
Su humo se habia estancado en mis pulmones mientras veía como se escapaba su nubecita por la ventana a través de mis dedos temblorosas por la incertidumbre de sentir que yo ya no sé nada.

27 de noviembre de 2006

Caprice 16

Pasa, pasa querida. Ponte cómoda, deja tu abrigo y tu sombrilla en el perchero que está en el armario.
Siéntate y cuéntame ¿qué es lo que te trae por aquí?
Asuntos importantes, me dices. Pero algún ejemplo podrás darme, querida, como para hacerme una idea de tu incómoda visita.
¿Que me vienes a ver exclusivamente a mi? Vaya, que halagada que me siento.
¿Que parecía necesitarte? Pues, lo admito, el momento te ameritaba, es cierto. Pero no te esperaba con tanta prontitud, mirándome como si me agujereases la frente y obligándome a sonreír con descaro, mentirosa e hipócrita.
¿Que quieres que grite? Si me pasas ese cojín del sillón, lo haré con gusto.
¿Que lo haga más fuerte? No, mi familia ya hace rodar los ojos al verme.
Me dicen que me calme, pero tu niegas con la cabeza ante sus demandas.
Porque tu quieres que me exalte, ¿cierto? Y me infundes las ganas de correr y gritar, pegarle a algo con una sonrisa en la cara y esconderme bajo los brazos. Y gritar y gritar otra vez.
Me provocas mucha incomodidad, me dan ganas de sacarme la piel a tiras.

Pero no saco nada con explicarte, ¿cierto, mi querida Vergüenza?
Porque tu ya lo sabes todo.
Absolutamente todo.

24 de noviembre de 2006

Fluye

el perro que ladrando mira la fiambreria la besa frente a la escaparate y no se detiene a pedirle perdon por haberle golpeado el hombro, que el discman ya no le funciona y las pilas las dejo en la otra cartera, mejor sera que se devuelva y vaya a buscarlas al mall que quedaron de juntarse ahi porque no se veian hace siglos, cuidado con que te caen chispas y no se te vaya a incendiar el pelo porque ahora en dia los ladrones no sabe uno de donde vienen y mejor sera que vayas a depilarte porque asi vestida no sales, no sera que no sabes leer el reglamento y ya no se fuma dentro de los autos porque es muy fuerte asi que comprese otro y no revisó su pelo antes de darse vuelta al escuchar que no hizo la tarea y sólo está perdiendo el tiempo.

21 de noviembre de 2006

Last Tango in Paris

Me encantaría borrarte.
Me encantaría quemar todas las cosas que poseo de tí, pero no puedo hacerlo ya que no me has dado ninguna, probablemente porque nunca te las he pedido.

De cambiar algo lo haría en mi cabeza, que el corazón ya no siente. El estómago lo controla, ¿sabes? Entonces es para mí difícil decidir cuando estoy satisfaciendo mis necesidades que se me demandan todos lo dias, trabajar con las entrañas y dejar de pensar con la cabeza.
Y es por eso que yo terminé como esoty ahora, ¿ves?

Pero me he replanteado algo, últimamente.
Porque sin cabeza, no hay cuerpo.
Pero sin estómago, si hay cabeza.
Entonces, qué pasaría...

¿Qué pasaría si yo ya no quiero más PENDEJADAS?
¿Si me arrepiento de todo lo que (no) te he dicho y mejor me voy a otro lugar?
¿Y si yo te pidiera ayuda con eso, seguirías haciendote el indiferente?

Porque sé que algo no eres, y tu no eres tan HUEVÓN como para no haberte dado cuenta.
Aunque la seguridad en mí ya no se da tan a menudo como me gustaría, te reafirmo lo que dije.

Y yo divago y siempre te omito las cosas que me gustaria decirte.
Como por ejemplo (este ejemplo):

¿QUIÉN CHUCHA TE DIO EL DERECHO DE SABER DE MI EXISTENCIA?

19 de noviembre de 2006

De Cara a la Pared / "Manuel"

Podría dedicarme al engaño y contar una historia de sonrisas y bocas abiertas en éxtasis durante la correspondencia del amor. Contaría de viajes a la playa, cerezas, fotografías y mechones de pelo. Narraría de tardes en silencio, disfrutando del sol en la espalda desnuda, miradas silenciosas y besos largos.
Pero sería una mentira.

[...]

Conocí a Manuel en el Instituto. Era un joven alto, pálido, de mirada un tanto fría que quizá escondía demasiado. Recuerdo que le miraba durante los himnos del primer día, disimulando arreglarme el pelo mientras analizaba su porte, su nariz recta y labios que murmuraban la canción nacional sin emitir sonido alguno.
Estaba parado entre las filas de alumnos del curso superior. Yo, desde mi humilde posición de novata, me sentía cohibida sólo de atreverme a mirarlo. Creo que en ese momento pensé que era una especie de falta de respeto, que yo no tenía los conocimientos suficientes siquiera para enterarme de su existencia. Y en cierta manera, me sentía bien. Llena de mí misma, de mi libertad de observarle sin que nadie me dijese nada.
De improviso me encontré mirando sus ojos, claros, grises. Escondí la cara hacia la derecha, roja como tomate y maldiciéndome por lo bajo de ser tan tonta y fresca. Enderecé lento la cabeza luego, haciéndome la que me había picado un mosquito por mi repentino movimiento. Respiré hondo y esperé a que mi corazón se calmara, mientras los acordes de la canción que se oía por los altavoces se iban terminando.
Durante el tiempo que duraron los discursos de bienvenida sentí que Manuel me agujereaba la nuca de mirarme tan fijo. Yo sólo bajaba la mirada y esperaba que hicieran sonar la campana para mezclarme con la gente y largarme lo más rápido posible sin topármelo.
En un último atrevimiento, respiré hondo y contuve el aire dentro de mí, di vuelta la cabeza como si nada y ahí estaba. Me miraba y me miraba, y yo no corrí mis ojos de los de él. Creo que en ese momento me sonrió un poquito, sólo una mueca, una especie de señal que me dio a entender que no me miraba por casualidad. Y ahí, en ese mismo instante, comencé a desaparecer.

[...]

Habría pasado una semana y media, y a Manuel le vi un par de veces, caminando a la biblioteca y riéndose con unos amigos del curso superior.
Me acuerdo que me llamó mucho la atención cómo se reía. Primero entrecerraba los ojos con una gran sonrisa en la cara, y luego echaba la cabeza hacia atrás dando una carcajada, con la boca así, abierta, que dejaba ver sus dientes blancos. Lo que me pareció extraño fue que lo hiciese con tanta libertad, como si un hombre de mirada tan distante no pudiese sentir como las demás personas, y por tanto, no pudiera expresarse como ellas, con una risa tan abierta y honesta.
Estuve el resto del día acordándome de su voz y del sonido de su risa, que provocaba ecos en mi cerebro y no dejaba espacio para pensamiento alguno.

[...]

En esa época me encontraba viviendo a ocho cuadras del Instituto, en esa casa tan vieja con el parrón fuera de la cocina, siempre bañado por el sol durante el verano, y el limonero flaco, que a pesar de su apariencia enclenque daba los mejores limones de la cuadra, que yo arrancaba furtivamente del árbol y devoraba a gajos haciendo muecas por su acidez.
Me recuerdo tan claramente caminando el trecho que separaba mi casa del Instituto, en uno de esos días que no se sabe bien si son verano u otoño, con pasos aletargados y el bolso colgando flojamente de mi hombro. Ese día no pensaba yo en nada, me fijaba en los detalles de la calzada y esquivaba las primeras hojas secas.
Fue en uno de esos días cuando una voz grave, segura, me llamó por mi nombre y me detuvo en medio de un paso y otro. Me volteé, de manera que el sol me dio en la cara, el calor anaranjado llenó mis ojos y por unos segundos no me dejó ver. Lentamente, mientras me acostumbraba a la luz, se fue recortando contra el sol la figura alta de cabellos oscuros, nariz recta y ojos claros con tanta precisión que por un momento pensé estar soñando, pues ese hombre no podía saber mi nombre, y aún menos usarlo para hablarme.
Con las manos en los bolsillos se acercó dando pasos largos, dos, tres, hasta ponerse a mi lado, y mirando abajo, hacia mi cara, me dedicó otra de esas cordiales sonrisas que yo creía solo podían existir en él sin que se viesen como muecas de desprecio.
No sé aun cómo me las arreglé para volver a caminar, más lento ahora, alargando los segundos con temor a que el momento terminase. El me hablaba con calma, que de dónde vienes, cómo te adaptas al Instituto, que si ya tienes amigos. Cosas banales, pero que sin embargo quedaron grabadas en mi memoria con tal exactitud que cuando cierro los ojos aún veo su figura iluminada por el sol de media tarde, su pelo brillando anaranjado contra el cielo, la sonrisa cada vez que me hablaba y la entonación especial que le daba a las últimas oraciones de una pregunta.
Respondí un poco cortante, pero me aseguré de estar siempre sonriendo, de no parecerle muy tonta o muy joven como para hablar con él de cosas más profundas, para darle a entender que conmigo sí podría hablar de la vida, resolver los misterios del universo juntos siendo yo la interlocutora.
Las ocho cuadras se hicieron muy pronto seis, cuatro y dos. Cierro los ojos y lo veo alejarse ahora de mi casa, yo parada en la puerta sujetando el bolso con ambas manos sobre la falda y él diciendo adiós con la mano, mirando hacia atrás y dejando ver sus dientes a través de los labios entreabiertos. Y yo luego viendo cómo su figura se empequeñecía mientras caminaba derecho y bajaba por el camino polvoriento, hasta que no fue más que un puntito negro en la distancia, que no volvió más la cabeza para mirarme.
Me alegro que no lo hiciese. Si no, le habría asustado y quizá no me habría vuelto a hablar.

[...]

De ese día en adelante, el camino a mi casa fue cada vez más a menudo en compañía de Manuel. El me decía que qué bueno que le quedara de pasada, así me hacía compañía y yo no me aburría mientras las hojas se caían con el viento y el cielo comenzaba a llenarse de nubes.
Entre conversaciones y pasos los días avanzaron, el otoño dio paso al invierno, para mí como un fondo que adornaba el escenario donde el actor principal era Manuel.
Nos comenzamos a hablar de todo, pero sólo durante los minutos de las ocho cuadras, porque en el Instituto él no me hablaba. Yo al principio me desconcerté que no me hablase, pero después de un tiempo terminé por acostumbrarme. Nunca le mencioné nada ni le pregunté, por miedo a que de esa manera yo matase la confianza que tan lentamente se construía y él escogiera otro camino para devolverse a su casa y no me viera más la cara.
Me conformé con lo poco de él que tenía, y miraba con envidia cómo sus compañeras se daban con él libertades que yo no me permitía por pudor, como agarrársele del brazo o correr hacia él gritándole Manuel, Manuel, para echar sus brazos al cuello y darle un beso húmedo en la mejilla.
Veía también como durante el intermedio del almuerzo, él se escabullía con una de sus compañeras, tomados de la mano, y tropezones a tropezones hacia alguna bodega de materiales de la que salían siempre despeinados y sonriendo. Siempre que los veía a ellos dos me imaginaba que la joven de cabellos largos, alta y espigada como actriz, se transformaba en la bajita y delgaducha niña que yo era, su risa la mía que se escondía en la curva del cuello de Manuel mientras le contaba secretos al oído.
Me olvidaba luego de todo, le perdonaba sin que él se enterase que alguna vez me había enojado, cuando nos devolvíamos por la acera mojada y cada uno se protegía la cabeza con el bolso a modo de sombrero.
Y si hacía mucho frío, miraba a ambos lados y me rodeaba los hombros con el brazo, descansando su mano cerrada en puño tan cerca de mi cara que si hubiese querido, me hubiera bastado sólo voltear un poco la cabeza para besársela.
Nunca lo hice.

[...]

Mientras avanzaba el año, ya se devolvía todos los días conmigo y me ignoraba en el Instituto. No recuerdo que me hubiese regalado alguna otra sonrisa mientras estuviésemos dentro del recinto, ya nunca me miró a los ojos durante las horas del recreo.
Yo me puse tímida y no hablaba mucho. No comía nada en el almuerzo porque mi estómago se llenaba de mariposas por anticipación, y esperaba todos los días a que sonara la campana para salir caminando lentito por la puerta del frente, contándome los pasos hasta que Manuel llegaba y me bañaba con sus palabras de hombre grande, de poseedor de misterios que benévolamente accedía a compartir conmigo.
Y así pasaron las tardes y las semanas, mirando al vacío entre las palabras de tiza que formaban espirales dentro de mi cabeza, mientras mis cuadernos se llenaban de retratos torpes de su perfil y contenían cada vez menos ecuaciones y ensayos. Rellenaba el tiempo contándome historias de amor, donde los protagonistas eran siempre los mismos, y cuyas tramas siempre terminaban en una bodega de materiales oscura y con olor a polvo, mientras los secretos se susurraban bajito y se escuchaban fuerte, y salían despacio por una ventana o agujero, elevándose como vapor hasta llegar al sol.

[...]

Pasó que uno de ésos días Manuel llegó corriendo a encontrarme. No me dijo nada, y yo no me atrevía a despegar los labios a pesar de que mi mente bombardeaba frases para iniciar esta vez yo la conversación.
Caminamos despacio, y me ponía un poco nerviosa cómo su respiración le salía tan agitada, y miraba por el rabillo del ojo cómo su pecho subía y bajaba acompasando el aire y calmando su corazón.
Y entre esos latidos de él y pasos míos, el se detuvo de pronto y me tiró del brazo, me agarró la cara con las manos y me besó. Fue para mí tan raro, sentir sus labios delgados pegados a los míos, y ver sus ojos que cerrados con fuerza apenas dejaban a la vista sus pestañas erizadas.
Me soltó brusco después y me tomó del brazo con la misma intensidad, y se puso a correr tan rápido como le daban sus largas piernas, arrastrándome consigo, a tropezones, con los ojos abiertos lo más grande posible para no perderme nada. Me permití soltar una risita, pero estaba un poco asustada porque no sabía qué estaba pasando.
Llegamos a un callejón que se formaba entre las dos paredes de unas casas, semi oculto por un árbol muy grande y seco, negro como el carbón y áspero como una roca de playa.
Manuel pasó entre el hueco que dejaban el árbol y una pared, y me tiró un poco el brazo para que pasara detrás de él, haciéndome sin querer unos rasguñones de los que me percaté al día siguiente cuando me desperté.
En ese callejón ya no me besó más. No me miró a los ojos tampoco, y ninguna palabra salió de sus labios serios que se cerraban con dureza. Tiró ambos bolsos contra la pared opuesta, y a mí me empujó contra la otra, alzándome, separándome las piernas y apoyándose la parte de adentro de mis rodillas contra su cintura.
Yo amarré los brazos detrás de su cuello, demasiado asustada como para preguntarle que era lo que pasaba, ignorando el dolor de mi entrepierna y concentrándome sólo en la respiración agitada de Manuel contra mi hombro, mi espalda manchándose de cal con cada golpe que daba contra la pared.
Cuando hubo terminado, me bajó sin mirarme, y tomó su bolso con una mano mientras con la otra se arreglaba el pelo que con tanta prisa se le había despeinado. Yo me apoyaba en la pared, callada, los ojos abiertos grandes, grandes, buscándole la mirada con urgencia y sin reaccionar ni moverme. Él sólo salió colgándose la correa del bolso al hombro y sin mirarme ni una sola vez a los ojos.

[...]

Después de eso, lo vi llegar al Instituto a través de la ventana que daba a la puerta de entrada, con la cara apoyada entre las manos y el pelo cayéndome flojo sobre la mejilla. Sabía que si bajaba no me dirigiría la palabra, y en caso de que lo hiciese, yo no sabría que decirle.
Esperé a la salida, y caminé lento a mi casa, confundiendo los pasitos de un perro con el caminar pausado de Manuel.
Al verme llegar, mi hermana me preguntó que porqué lloraba. Y yo no le supe contestar.

[...]

Pasaron las semanas, y el sol se atrevió a aparecer cada vez con más frecuencia, recortando ahora una sola sombra contra el asfalto de la acera, deslizando la luz sobre mí y buscando con sus rayos el cuerpo de Manuel.
Él, por su parte, no volvió a devolverse por el mismo camino. Una sola vez lo hizo, pero cuando fue, caminó por la vereda contraria acompañado de dos amigos que con fuertes risotadas apagaron mis propios pasos cansados, y obligaron a mi cuerpo a detenerse en su camino. Los miré alejarse, y una vez más mis ojos se nublaron contra la figura de Manuel, tres puntitos negros bajando animosamente por el camino.

[...]

En el Instituto mandaron a llamar a mis padres. Qué bajó su rendimiento, y mi hermana se pasó tardes enteras tratando de entender mis apuntes entre dibujos de figuras altas pintadas de negro contra un sol de media tarde. Ella me preguntaba por las fórmulas, el vocabulario y mis ojeras. Yo le contestaba lo que sabía, le inventaba lo que no, y le escondía lo que no quería decir.
Pero a pesar de su ayuda yo no logré subir mis notas en el Instituto, y las bajé aún más. Mis padres me fueron a buscar un día, y me hicieron limpiar mi escritorio, me llevaron el bolso, los libros, y uno que otro lápiz que insistía en caerse de su estuche. Que yo no estaba bien, que el próximo año volvía.

[...]

Vi cómo a fin de año a Manuel le pasaban una medalla por la cabeza, le entregaban un diploma, le abrazaban con cierta distancia y le besaban con orgullo en ambas mejillas. Mejor compañero de la clase. Mejor alumno de la generación.
Mi mamá me pasó el brazo por los hombros ese día cuando nos devolvíamos, y yo dejé que las lágrimas corrieran por mi cara sin que ella se diera cuenta.

[...]

Tres semanas después, me enteré por un diario que Don Manuel Carrasco había sido muerto por un choque de autos a las tres de la madrugada, cuando caminaba para devolverse a su casa. Si no hubiera leído el diario aquel día, habría sabido igual. Escuché los frenos, el impacto, y el grito. Una voz grave, seria, que gritaba.

[...]

Esa noche, lo que Manuel no se había llevado de mí en el callejón, se lo llevó con el último aliento, que subió con sus secretos, su boca y mi virginidad, como una débil nubecita, que ascendió y ascendió hasta llegar a la luna.
Ahora la miro todas las noches despejadas, y espero a que, cuando llueva, se devuelvan con las gotas todas las lágrimas, que de tanto salir me dejaron seca por dentro.



[Si, es larguísimo, pero es hasta ahora una de las cosas que he escrito que más me ha gustado. El título original es "Manuel", pero pongo tambíén el título de la canción ya que sin ella no habría historia.]